martes, 5 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XXI

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    A pesar de la temprana hora a la que acudí, me permitieron la entrada en el salón de palacio, donde aguardé al Conde. Mientras tanto, reflexioné sobre cuál podía ser la forma más acertada de comunicarle que su primogénito había muerto a manos de su segundo hijo, quien también era responsable de cinco muertes más. No había logrado dar con ella cuando apareció mi señor seguido de cuatro soldados. Esa vez no le acompañaba su sombra, el cardenal Baptiste. A falta del padre Evelio, debía ser él quien se encargase de la tarea de preparar a los fallecidos antes del entierro y, por tanto, se encontraría ocupado aquella mañana con el reciente cadáver de Clodevinta, además de la misa que debía oficiar no sólo para las familias más pudientes, sino para toda la ciudad.
    Al verme, el Conde me saludó efusivamente, tal vez complacido al comprobar que no tendría que enviar a sus soldados a buscarme por toda Normandía, o seguramente ansioso por escuchar lo que tenía que decirle sobre el asesino de su hijo. Sin más preámbulos, me interrogó directamente por ese espinoso tema que, según decía, no le había dejado dormir en toda la noche.
    – ¿Has venido a entregarte para tu ejecución o para darme noticias?
    – He encontrado al asesino, mi señor. Pero mucho me temo que se trata de alguien muy próximo.
    – Lo cual añade más culpa a su traición. Ardo en deseos de tenerle frente a mí. Llévate a estos hombres y traédmelo con vida.
    – ¿No queréis antes saber quién es?
    – Como digo, apenas he dormido en toda la noche, tiempo más que suficiente para reflexionar. He concluido que prefiero descubrir la identidad del asesino cuando lo tenga delante. Estoy viejo y casi no me quedan fuerzas. No quiero gastar uno de los pocos arrebatos de ira que me quedan sin nadie presente con quien poder desquitarme.
    – ¿Estáis seguro de ello?
    – ¿Estás tú seguro de que saber quién mató a mi hijo?
    Me abstuve de responder. No era necesario, como tampoco que él me confirmara su orden. Nos miramos ambos con determinación en nuestros semblantes. Sus ansias de justicia y venganza, que llevarían una semana consumiéndole, debían ser aún mayores que las mías. De modo que, aun a riesgo de que posteriormente considerase traicionera mi ambigüedad, le ofrecí esa satisfacción que reclamaba.
    – Necesitaré que me acompañe Beldar. ¿Alguien sabe dónde puedo encontrarlo?
    – En el viejo granero, mi capitán – respondió uno de los soldados que acompañaban al Conde –. Se fue no hace mucho, nada más despuntar el alba. Decía que quería hacer prácticas allí para honrar a su hermano.
    – ¡Ni siquiera un día como hoy puede dejar de pensar con el filo de su espada! – exclamó el Conde. – Más le vale estar presente cuando me traigas al traidor. Recuerda: lo quiero con vida.
    – Como deseéis, mi señor.
    Me despedí de él respetuosamente. Los cuatro soldados que traía consigo se unieron a los dos que un instante antes habían sido mis vigilantes. Entendí que volvía a ser su capitán a todos los efectos. No volvería a ser tratado como un criminal. Salimos de palacio en completo silencio. No les dije a dónde nos dirigíamos para evitar que alguien pudiera oírnos, pues el asunto requería discreción.
Mis acompañantes caminaban enérgicos y dispuestos. Debían creer que era el líder de los mercenarios a quien apresaríamos. Seguramente, el cardenal Baptiste habría compartido su errónea teoría con el Conde en presencia de los guardias. Al igual que estos, mi señor pensaría también en Vaughan cuando dije que el asesino de Cristian era alguien próximo. Pero todos estaban equivocados, como pronto les demostraría.
    Me detuve en la puerta de la posada. Ahí estaba él, como si ya me esperase. Delante de los soldados, le expliqué la situación. Éramos siete, debíamos bastar para capturar a un hombre común, pero no a Beldar. No con vida.
    – ¿Necesitas ayuda?
    – Tu presencia no haría sino empeorar las cosas. Quiero que su arresto sea lo menos conflictivo que esté en mi mano. Tengo que hablar con él. Logré averiguar el quién, y no gracias a ti. Vargas me ha dado el cómo. Pero aún no alcanzo a comprender el por qué.
    – ¿Y crees que te lo dirá?
    – En algún momento tendrá que hacerlo. A mí o a su padre.
    – No deberías demorarlo. Si no quieres mi apoyo ni puedo decirte más de lo que ya sabes, ¿a qué has venido?
    – Te debo una disculpa por haberte creído capaz de asesinar y traicionarme para quedarte con Aelis. Y tú me debes una a mí por ocultarme la verdad. Tengo mis dudas sobre cómo acabaría en un enfrentamiento con Beldar, así que quiero estar preparado para lo peor. Sería bueno hacer las paces por lo que pudiera ocurrir.
    – No pensé en ocultártelo hasta que el Conde anunció que te concedía un plazo de siete días. Si lo hubieras sabido entonces te habrías precipitado, y necesitabas ese tiempo para averiguar no sólo que había sido Beldar, también por qué no podía ser nadie más. Si el asesino fuera otro, tal vez el testimonio de Vargas hubiera sido suficiente. Pero tratándose del segundo hijo del Conde...
    – Ya me dijo el hispano. Pero sigo sin entender cómo fuiste capaz de mentirme, sobre eso y sobre más cosas.
    – No creas que me resultó fácil. Aun sin decírtelo, intenté orientarte varias veces, pero siempre acababas sospechando de cualquiera menos de él. Sin duda, su padre pensaría de la misma forma, por eso dejé que siguieras buscando la respuesta por ti mismo a pesar de todo. Pero te juro por los dioses que nunca quise perjudicarte. En el caso de que finalmente no hubieras logrado encontrar al asesino, Vargas y yo lo habríamos delatado ante todos para evitar tu ejecución. Por fortuna, acerté en no subestimarte.
    – Me alegra saber que al menos no lo dejaste al azar. ¿Y en cuanto a Anna-Marine?
    – Tan sólo respeté su deseo de mantenerlo en secreto. Es una mujer de gran carácter, espero que tengas la oportunidad de conocerla mejor.
    – Protégela bien. Ahora son dos las personas a las que te pido que cuides en mi ausencia.
    – Deja de pedir tanto, pequeño hermano. Llegaste a capitán, ganaste una guerra, acabaste con un draugr y has desenmascarado a un vil cobarde sin más ayuda para todo ello que tu propia valía. Te esperarán por siglos en el Valhalla. No tengas prisa en morir hoy.
    Hacía varios días que no me llamaba así, «pequeño hermano». Había llegado a echar de menos esas palabras, y también sus elogios cuando el ánimo me flaqueaba. Había sido un honor luchar a su lado durante tantos años, y así se lo hice saber al despedirme de él.
    Quizá conmovido por nuestra reconciliación, Frey empezó a derramar algunas lágrimas sobre la ciudad. Cuando mis soldados y yo salimos de la misma, les hablé sin dejar de caminar a pesar de la lluvia.
    – Como habréis advertido, vamos al granero. A partir de ahora trataréis al General como si no fuera vuestro superior. Venís conmigo por orden del Conde y estáis a mi cargo. No le obedezcáis en nada de lo que diga, pero procurad no hacerle daño. Lo apresaremos y lo llevaremos ante su padre, este decidirá.
El asombro que habían mostrado mis hombres dio paso al temor. Enfrentarse a su propio general era un asunto serio, más aún tratándose del único heredero que le quedaba al Conde. Pero lo que realmente temían era a la figura de Beldar, que parecía no haber nacido para otra cosa que la batalla. Capturarle vivo sería ardua tarea. Aunque no quise mostrarlo delante de mis subordinados, yo mismo compartía esa inquietud. Sabía que una vez más, en el mismo lugar y a la misma hora que la semana anterior, correría la sangre.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

sábado, 2 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XX

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Mientras los guardias de la puerta de palacio me vigilaban, esperé a que Hugo solicitara a sus compañeros que alguno ocupara el puesto de Sigberto, quien claramente se encontraba demasiado abatido ante la muerte de Clodevinta. Cuando salió un sustituto, nos dirigimos a la posada de inmediato. Allí estaban de celebración, ajenos al crimen que acababa de cometerse. Herger nos recibió llevándose los caballos a la parte trasera. Ya desde el exterior se sentía a Wyndorf, un juglar convertido en mercenario por Vaughan que, cuando no robaba sorbos de cerveza a Orbec, cantaba y tocaba su laúd para animar aún más a sus ebrios compañeros. Al vernos entrar a mis escoltas y a mí, todos los presentes vitorearon y alzaron sus jarras. Me extrañó que Anna-Marine no estuviera en la puerta del local como era costumbre. La encontré en el interior, sentada sobre el regazo de Vaughan. Este le dijo algo al oído. Ella se levantó y se dirigió hacia mí, saludándome de forma sugerente.
    – ¿A qué se debe este festejo? – le pregunté sin reaccionar a sus intentos de seducción – ¿Todavía celebran el fin de la guerra?
    – Celebran que vuelven a ser trece.
    Como esperaba, pude comprobar que Vargas se encontraba en el lugar brindando con los mercenarios, aunque no tan escandalosamente como estos. Anna-Marine continuó explicándome.
    – Además, esta será su última fiesta en la posada. El lunes marcharán de la ciudad. Espero que me lleven con ellos, les echaré de menos si no lo hacen.
    Escudriñé a Vaughan, quien no se había movido de su asiento. Me señaló a su cómplice con la mirada, después asintió y alzó su jarra para disimular frente a mis escoltas. A diferencia de sus hombres, el buen humor del que mostraba estar no parecía del todo sincero. Más le valía que fuera así. Si mis conclusiones sobre él y Vargas eran ciertas, hacía bien en tomarse con seriedad la situación.
    – A ti también te extrañaré si te ejecutan – prosiguió ella ante mi severo semblante –. No te me pongas celoso.
    – ¿Quién dice que lo esté?
    – ¿Por qué nunca te has fijado en mí? Esa Aelis sabe lo afortunada que es y te tiene bien saciado, ¿verdad? Pero esta podría ser tu última noche, mereces algo distinto. Algo nuevo. Tienes tiempo de volver con ella después.
    – No suena mal del todo – le dije siguiéndole la corriente.
    – Si el precio es problema no te preocupes. Es un regalo de tu amigo.
    Detrás de todo aquello pude reconocer la astucia de Vaughan para desprenderme de oídos indeseados. Pese a que hubiera preferido hablar con él directamente, fingí acceder a la repentina propuesta de Anna-Marine. Hugo y su nuevo compañero no mostraron objeción en perderme de vista durante el encuentro privado. Seguramente, agradecerían poder hacer un breve descanso para conversar sobre el desdichado Sigberto. Más aún cuando Herger entregó una jarra de cerveza a cada uno. Anna-Marine y yo continuamos con la farsa. Nos metimos en una habitación, donde permanecimos esperando en un silencio que ella rompió finalmente.
    – Lo que te he dicho ahí fuera no ha sido cosa mía.
    – Eso he observado. Mi respuesta también era fingida. Tengo el cariño de una buena mujer, no necesito más.
    – Eres mejor que tu padre.
    Me volví hacia ella con seriedad.
    – ¿Qué tienes tú que decir de mi padre?
    – No mucho, en realidad. No lo conocía, pero mi madre sí. Alguna vez te habló de la amante que tenía en Villesainte, ¿verdad?
    – ¿Era tu madre?
    – Por aquí la gente de pelo rojizo no suele gustar. Nos evitan, incluso fingen que no nos ven. Mi madre y yo nunca le hemos importado a nadie. Tu padre, en cambio, veía en ella una buena opción para desfogarse cuando le faltaba su esposa. Para él sólo era eso, una amante secreta. Pero para ella, el hombre del norte era el padre de su hija.
    – ¡Somos hermanos!
    – Veo que eres atento.
    – Ahora entiendo. Por eso nunca has querido nada conmigo.
    – Soy una degenerada, pero no tanto como algunos dicen.
    – Me hubiera gustado saberlo. Podría haberte ayudado a tener una vida mejor. El padre Evelio te habría acogido cuando quedaste huérfana, igual que a mí.
    – Lo intentó. Quiso mandarme a un convento por mediación de tu padre. Fue la única vez que mostró algo de interés por mi bienestar. Pero no estoy hecha para esa vida.
    – ¿Entonces el padre Evelio lo sabía?
    – Le pedí que no te dijera nada, igual que a Vaughan.
    – ¿Por qué?
    – No lo sé. Supongo que me incomodaba hablarte de ello. Por eso siempre te he evitado.
    – ¿Y qué ha cambiado ahora? ¿Por qué te has decidido a contármelo?
    – En el fondo eres la única familia que me queda. Si a la mañana te ejecutan, quiero que sepas que habrá alguien que llore tu muerte además de tu amada y tu amigo, aunque este último sea incapaz de admitirlo.
    Por un instante, me olvidé de todo lo relativo a los crímenes. Sólo quería abrazar a mi recién descubierta hermana. Tanto tiempo teniéndola ante mis ojos sin conocer el lazo que nos unía. Podía haber estado ahí cuando me necesitara. Compartir sus penas y sus alegrías. Pero había optado por el silencio, y no podía culparla por ello. Era posible que no me pareciera a Padre tanto como solían decirme. Yo nunca habría engendrado a una hija con otra mujer, a espaldas de Aelis. Y de haberlo hecho, no me habría desentendido de ella. Por primera vez, sentía vergüenza de mis raíces. Quise hablar a Anna-Marine de todo aquello. Sin embargo, la puerta se abrió interrumpiéndonos. Esperaba ver de una vez a Vaughan para tener unas palabras con él. ¿Cómo había podido ocultarme tantas cosas? Pero fue Lucio Vargas quien apareció. Miré a esa mujer que hasta un instante antes no había sido más que una conocida para mí. Ella esbozó una sonrisa no del todo alegre, me acarició la mejilla y salió de la estancia.
    – El hispano escurridizo – dije con cierto desdén, fruto tal vez del estado de ánimo en el que me encontraba, una vez quedamos solos –. ¿Cuándo pensabas hablar conmigo? ¿Cuando el verdugo me afeitara la nuca con el filo de su hacha?
    – Te lo habría contado todo la noche del jueves si me hubieras preguntado. Vaughan así lo dispuso. Y también pretendía hacerlo al día siguiente en la parroquia, donde tú mismo me citaste. Era una carga de la que estaba ansioso por deshacerme. Por desgracia, todo se complicó.
    – Una mujer ha muerto esta misma noche, mientras estabas de celebración. Una víctima más. De haberlo sabido antes lo habría evitado, así como la decapitación del padre Evelio, ya que mencionas su parroquia.
    – Yo tampoco sabía que iban a suceder tales atrocidades. Retrasarlo tanto fue idea de tu amigo, no mía. Decía que así lo descubrirías por tu cuenta y encontrarías algo, además del testimonio de un extranjero, para demostrar tu inocencia. Si yo hubiera acudido al Conde desde el principio, ¿piensas que me habría creído? Me consideraría responsable de la muerte de su primogénito, y no habría contado con el mismo trato que tú. Además, también debía proteger a mi sobrino.
    – Las excusas más tarde. Cuéntame lo sucedido.
    – Como sabrás, aquella noche no había habitaciones libres en la posada. Tadeo durmió con Elfrida y yo al raso. Preferí salir de la ciudad para evitar ser visto. Entonces encontré el depósito de armas de Cristian hijo y decidí resguardarme allí. Pensaba abandonar el lugar en cuanto despuntara el alba, pero no conseguí dormir hasta bien entrada la noche. Cuando desperté, estaban llegando Cristian y Hereward con dos soldados. Avergonzado, me oculté y conseguí que nadie me viera. Decidí esperar a que terminaran sus ejercicios y se fueran para salir de mi escondite, aun a riesgo de llegar tarde a misa. No debía faltar mucho para ello cuando apareció el jinete con tu armadura y tus armas. Al principio creía que eras tú, igual que afirmaban todos los allí presentes. Después me di cuenta de que no era así.
    – ¿Por qué no interviniste para evitar las muertes?
    – Lo habría hecho, pero lo que vi me llevó a permanecer oculto. Él iba a caballo y yo a pie. Él llevaba protección y yo no. Su fuerza, además, era claramente superior a la mía. A la de cualquiera. Y también su destreza. Cargó contra los dos soldados a caballo y cruzó las lanzas, de manera que hirió al hombre que tenía a su izquierda con el arma de su mano derecha y a la inversa. El empuje les hizo girar al tiempo que los tiraba de sus monturas sin que él perdiera el equilibro.
– De ahí la posición cuando los encontraron y la desviación de sus heridas – pensé en voz alta. Acertadamente, él me ignoró y prosiguió con su relato.
    – Ni siquiera el experimentado Hereward pudo detener su mano. Tratando de proteger a su alumno, ordenó a éste que no se moviera y se adelantó todo lo que pudo para impedir al impostor que llegara hasta él. Sólo tras asestarle un letal golpe con el mangual, el atacante por fin bajó de su montura y se quitó el yelmo. Aunque estaba de espaldas a mí, su melena y su voz resultaron fáciles de reconocer.
    – Beldar.
    – Su hermano le suplicó que se detuviera, pero él respondió que era necesario por el futuro de Villesainte. Pidió su perdón y, sin más, atacó. Poco pudo hacer Cristian salvo combatir como mejor sabía. Beldar acabó cortándole la cabeza. La recogió, clavó la espada en la tierra y se largó de allí tan rápidamente como había aparecido.
    – Fue entonces cuando viniste a la posada en busca de ayuda.
    – De las personas a las que podía acudir, Vaughan me pareció la mejor opción. Él y el General siempre se han llevado a matar, así que imaginé que no le costaría creerme.
    – Pues ya tienes a alguien más que te cree. Necesitaré que repitas ante Conde todo cuanto acabas de contarme, y lo harás, llegado el caso.
    Vargas no se negó. Aunque hubiera querido, no le habría dado opción a ello. La verdad había estado en posesión de Vaughan desde el principio. Sin duda, fue eso a lo que se refería cuando le acusé de traidor y me respondió que tenía sus motivos. Debía pensar que había hablado con el hispano y no con el cardenal. Pero a pesar de todo, esa verdad seguía incompleta. Faltaba por aclarar la motivación de Beldar para matar a su propio hermano. Cristian era un heredero modélico, benevolente y respetuoso con el pueblo. Su mandato hubiera sido aún mejor que el de su padre. ¿De qué manera su muerte podía ser necesaria por el futuro de Villesainte? ¿Y por qué, de todas las personas a las que podía haber incriminado para quedar libre de culpa, me eligió a mí? Siempre le fui leal como soldado y como amigo. No entendía qué podía tener en mi contra para provocar con sus actos que me condenaran a muerte o que casi me quemaran viva a Aelis. ¿Qué le había llevado a hacer tanto mal? Sin duda, esas respuestas no las obtendría de Vargas. Tras dar por terminada la conversación, autoricé al hispano a que abandonara la estancia. Mientras lo hacía, volvió a entrar Anna-Marine. Al verla de nuevo no pude contenerme y, por fin, aproveché la ocasión para aferrarme a ella en un sentido abrazo. Se había convertido en un motivo más para resolver todo aquel entuerto. Además, necesitaba algún gesto de cariño después de tanto desasosiego. Si el amor fraternal que siempre observé entre Beldar y Cristian equivalía, aunque sólo fuera en una porción, al que yo sentía por esa hermana a la que acababa de descubrir, ¿cómo el primero había sido capaz de matar al segundo?
    Anna-Marine y yo esperamos un instante para salir. Algo más consolado, le sonreí; mis escoltas debieron pensar que de satisfacción. Sus jarras de cerveza estaban ya vacías, no habrían querido repetir. Les dije que habíamos terminado allí después de acercarme a Vaughan. En ese momento no podía decirle todo lo que me hubiera apetecido, tan sólo le pedí al oído que mandara a alguien para que informa a Aelis, pues debía estar preocupada por mi ausencia. Sin duda, él y Anna-Marine estaban hechos el uno para el otro. Al fin y al cabo, a ambos les gustaba guardar secretos.
    Salimos al exterior. Descubrí que ya estaba amaneciendo. A un lado teníamos el sol, que asomaba por el horizonte, enmarcado por el arco de la entrada a Villesainte, la cual acababan de abrir completamente. Al otro, más allá de palacio, nubes negras se acercaban lentamente, trayendo consigo el llanto de Frey. El plazo había expirado. Aunque finalmente di con el asesino, no por ello mi situación había mejorado. Una semana antes, el Conde recibió una fatal noticia, y esa mañana iba a recibir otra. Cómo reaccionaría al conocerla era un misterio para mí. Fuera como fuese, yo había cumplido mi parte del pacto. El resto estaba en sus manos y las de los dioses.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

miércoles, 29 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XIX

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Sin Aelis, nuestro hogar se sentía vacío. Si no hubiera conseguido salvarla esa mañana, si la hubiera visto morir teniendo después que regresar a la choza en solitario, me habría derrumbado antes siquiera de pasar por la puerta. Al menos tenía la tranquilidad de que estaba a salvo. Ambos lo estábamos, aunque fuera por unas horas.
    Contemplé por última vez mi negra armadura, buscando quizá alguna respuesta. En una semana no había conseguido dar con el asesino de Cristian. Era el mismo que había acabado con el padre Evelio, de eso no me cabía duda, por lo que no podía tratarse de un hombre de Covenant, como acertó a decirme Ludovico. Los Doce de Vaughan, con su misterioso nuevo miembro, podrían impedir una ejecución en la semana, pero dos era demasiado. Seguramente se tomarían medidas para asegurarse de que aquello no volviera a suceder. Otra opción era la huida. Mi caballo, mi espada y mi amada estaban a mi alcance. Todo cuanto necesitaba llevar conmigo. Sería sumamente fácil matar a mis escoltas y marcharnos sin que nadie lo supiera. Pero no era eso lo que Padre me había enseñado, y ya había fallado bastante a su memoria como para, además, añadir la deshonra a mi fracaso. Había hecho un trato con su amigo el Conde, y lo cumpliría pasara lo que pasara. No sería recordado en Villesainte como Van Croff el Cobarde.
    Sin duda, Hugo y Siberto no eran los más despiertos de mis soldados, pero eran leales. Incluso con la guerra ya acabada, se mostraban incómodos a la intemperie, fuera de la protección de los muros de la ciudad, mientras caía la noche. Y aun así, permanecían a mi lado cuando decidí caminar hacia donde se divisaba el castillo de Covenant. Supuse que, si las torres de vigilancia como aquella en la que se ocultaba Aelis habían caído en desuso, era porque previamente se había comprobado la ausencia de actividad nocturna en la lúgubre fortaleza del Barón, pero quería verlo con mis propios ojos. Como era de esperar, la luz de ninguna llama asomaba por sus ventanas. En el interior sólo debía haber oscuridad y muerte. Muy pronto, tal vez a comienzos de la siguiente semana, los Doce de Vaughan lo reclamarían para sí, como se les había prometido a cambio de participar en la defensa de Villesainte. El Conde cumpliría su palabra, máxime si para entonces yo no me encontraba entre los vivos. Ese pensamiento me hizo alzar la vista, clamando en silencio por alguna señal desde el Valhalla, donde me debían estar esperando. Me percaté entonces de que el ojo de Dios ya no dominaba el firmamento. Al igual que las llamas del castillo de Covenant, también se había extinguido.
    – ¡No está! – exclamó Hugo al darse cuenta – ¡Se ha ido! ¿Quién nos protegerá ahora?
    – Acabamos con el mal hace tres noches – le respondí –. La protección de los dioses ha dejado de ser necesaria.
    – El Dios, no los dioses. Sólo hay uno.
    – Si existe más de un credo, ¿cómo saber cuál es el correcto?
    – Porque hay que adorar al Dios Verdadero, quien no lo hace es un pecador.
    – Creía que pecador era quien trataba mal a sus semejantes.
    Por un momento pareció quedarse sin respuesta.
    – Bueno… hay diferentes formas. Vos no sois perverso, pero igualmente pecáis. Por eso, Dios no os permite uniros en matrimonio con una fiel.
– Ese castigo no proviene de ningún dios, sino del hombre. Y puedo señalarte de qué hombre en particular.
– ¡Esos malditos clérigos! – intervino Sigberto.
– De ti sí que no me lo esperaba – le replicó Hugo.
– ¿Cómo tenerles en estima cuando no hacen más que prohibir?
– ¡Han pasado dos años! Olvídala y búscate a otra.
    Los soldados empezaron a discutir. Ignorando cuál era el conflicto, dejé de prestarles atención. Estaba a punto de decirles que nos volvíamos por fin a la torre cuando me pareció oírles mencionar cierto nombre. Les mandé callar de inmediato.
    – ¡Basta! ¿Habéis dicho Clodevinta, la sirvienta de palacio?
    – La misma, capitán – respondió Sigberto entre resoplidos.
    – ¿Y de qué prohibición hablas?
    Hugo intervino para el desagrado de su compañero.
    – El padre Evelio le inculcó la importancia de mantenerse virgen hasta el día de su matrimonio. Y como este cabeza de pera no podía esperar tanto, ella lo dejó.
    Sigberto continuó explicándome, apelando quizás a mi comprensión ante su desdicha.
– Ella quería expiar un pecado que no diré, fue entonces cuando empezó a frecuentar la parroquia. ¡Se lo contaba todo al padre Evelio! No solo era su confesor, también su confidente. Fue entonces cuando el clérigo empezó a llenarle la cabeza con esas ideas. Otras mujeres en secreto son más dispuestas, pero ella siempre ha mantenido que bajo ninguna circunstancia mientras no haya casamiento de por medio. Nadie ha conseguido que rompa la castidad ni una sola vez, por lo que sé. Os ruego no lo comentéis, mi capitán. Si ella se entera de que voy aireando sus intimidades, entonces sí que nunca querrá tener nada que ver conmigo.
    Contesté a Sigberto asegurándole que guardaría el secreto, pero esa respuesta salía de mi boca por sí sola, sin que yo fuera partícipe. Mi mente estaba en otro lugar. Una tormenta de pensamientos se precipitaba sobre mí. Tuve que tomarme tiempo para ponerlos en orden.
La mujer con la que Beldar afirmaba haber yacido mientras su hermano era asesinado, justo era una firmemente convencida ante la idea de mantenerse virgen hasta el matrimonio. ¿Qué podía significar eso? O la forzó, o sencillamente nunca copuló con ella. Clodevinta no tenía motivos para hablar con su señor de asuntos de cama, y menos de uno ligado a algo tan sustancial como la fe. Por tanto, él no debía saberlo. Ni siquiera habría intentado tomarla, simplemente la escogería al azar y la obligaría a esconderse con él en la despensa con el cardenal Baptiste como testigo. Sabría que, tarde o temprano, la entrometida sombra de su padre le diría a este lo que había visto, y así el Conde creería tener la certeza de que su hijo era inocente. Tal vez fuera eso lo que intentó decirme Clodevinta cuando insistió en limpiar la mancha de mi camisa, antes de que el clérigo nos interrumpiera. Al verse incapaz de hablar conmigo, seguramente acudiría al padre Evelio, con quien se sabía que yo tenía confianza. Por eso mi mentor me había pedido que dejara de reñir con Vaughan hasta nuestro frustrado encuentro del viernes. Él sabía la verdad y se disponía a compartirla conmigo. Beldar, que estaba presente, debió sospechar y por eso decidió matar al párroco antes de que este me contara nada, valiéndose de su cabeza amputada para incriminar a Aelis. Pero entonces, ¿por qué me ayudó en mi intento de sacarla del calabozo? Sabía que yo era capaz de cualquier cosa por salvarla. Si me ofreció su capucha fue no solo para evitar que sospechara de él; pretendía acelerar mi ejecución cuando me encontraran en la celda en el lugar de la condenada, y así el asunto de la muerte de su hermano quedaría zanjado conmigo bajo tierra. Y por ello, cuando ese plan falló, me habría facilitado el camino en caso de intentar huir cuando aún podía, creyéndole a él inocente y generando a mi alrededor sospechas a ojos de toda la ciudad.
    Eran muchas las conclusiones a las que estaba llegando de forma apresurada. Aun creyendo saber cómo se habían sucedido los eventos, me faltaba por averiguar lo más importante de todo. ¿Por qué Beldar había matado a su propio hermano? ¿Se habría confabulado con Covenant? De ser así, ¿cómo envió después el Barón a un hombre para que asesinara a su aliado? Ya pensaría en ello más adelante, debía solventar otro dilema con urgencia. Si mis conjeturas eran ciertas, al asesino aún le quedaba una vida más por arrebatar para concluir su plan con impunidad.
    – He de volver a palacio – pensé y dije al mismo tiempo. La pobre Clodevinta corría peligro.
    Sabía que debía pasar por la torre abandonada para informar a Aelis de que mi ausencia se prolongaría más allá de lo acordado, pero no había tiempo. Mis escoltas y yo cabalgamos a toda prisa hacia las puertas de la ciudad. Todavía estaban en proceso de reparación, por lo que no habían logrado cerrarlas del todo y fue fácil que nos dejaran paso, aun habiendo caído la noche. Recorrimos las calles hasta palacio sabiendo que allí costaría más que nos abrieran. Por desgracia, no fue necesario. Las sirvientas limpiaban una mancha de sangre reciente en el empedrado de la plaza, no muy lejos de la puerta, donde dos guardias vigilaban la entrada al tiempo que velaban por la seguridad de las mujeres. Éstas nos explicaron entre lágrimas que una de sus compañeras se había quitado la vida tirándose desde lo alto. Se había empezado a decir que intimaba con el hijo del Conde y que este la había dejado. Nos confirmaron que se trataba de Clodevinta, aunque yo ya lo sabía. ¿Por qué no permití que se expresara cuando acudió a mí? Quería pedirme ayuda pero, en lugar de eso, agoté el poco tiempo del que disponíamos diciéndole lo que creía saber que había entre ella y Beldar. Aunque fue el cardenal quien nos interrumpió, me sentía culpable de esa muerte. Tuve que callar mis dudas sobre si había sido o no un suicidio. Sigberto, en cambio, sí lo creyó, como seguramente casi todos dentro de palacio, incluyendo las propias sirvientas. Sugerí al soldado que, a pesar de la trágica circunstancia, no se desvelara como conocedor de la confianza que había entre la recién fallecida y el padre Evelio, pues hacerlo podía suponer su sentencia de muerte.
    Había llegado tarde. No quedaba nadie que pudiera dar testimonio de primera mano de que Beldar era sospechoso de las muertes. O tal vez sí. Vaughan tuvo razón desde el principio. ¿Intuición? ¿Desconfianza fruto de su mala relación con el General? ¿O había algo más que eso? Recordé entonces que había otro hombre de quien llegué a sospechar, y con el cual no había conseguido hablar hasta ese momento. Un hombre que pasó la noche antes del crimen en un lugar indeterminado y de quien nadie supo hasta mucho después. Si el culpable había resultado no ser él, debía tener otro motivo para ocultarse. Sabía algo y eso era demasiado peligroso dentro de los muros de aquella ciudad en la que estaba atrapado. Pudo haber acudido a Vaughan para pedirle ayuda e informarle de lo que había visto. A diferencia de mí, era evidente que él sí le creería, dada la rivalidad que había entre el General y el jefe de los mercenarios. Siendo mi amigo tan aficionado a estar enterado de todo, aquello bastaría para ganarse su confianza y un lugar en el equipo. Sin duda, ese misterioso duodécimo hombre de Vaughan debía ser el hispano. Y, en tal caso, sabía perfectamente dónde podía encontrarlo. Donde llevaría una semana ocultándose.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

domingo, 26 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVIII

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Menos de un día era el tiempo del que disponía para encontrar al asesino. A la mañana siguiente, tendría que comparecer ante el Conde, si ese acuerdo no había expirado tras los últimos acontecimientos. Debía visitarlo antes aun, tan pronto como fuera posible, para que comprobara que no me había dado a la fuga, presentarle mis disculpas por lo sucedido y asegurarme de que el plazo hasta la mañana del domingo seguía en vigor. Pero al mismo tiempo, consideré prudente esperar a que pasara, al menos, la hora del almuerzo, cuando los estómagos saciados ayudaran a calmar los ánimos.
    Poco después de que Aelis y yo comiéramos ocultos en la torre, apareció por allí Eduardo a lomos de un caballo y sujetando a otro de las riendas. Sabía que no le gustaría la idea, pero tuve que explicarle a Aelis que debía dejarla sola una última vez. El refugio en el que habíamos convertido la torre de vigilancia era para protegerla a ella, no a mí. Había llegado el momento de dirigirme a palacio. Le dije también que no tardaría demasiado, una promesa que tenía intención de cumplir, pero no sabía si estaría en mis posibilidades. Aunque evité mencionar el asunto delante de ella, previamente había dado indicaciones a Eduardo de que, si para el amanecer del día siguiente no tenían noticias mías, le ordenara de mi parte montar a Glissant y abandonar Villesainte. Para ocultar mis inquietudes, cambié a un asunto algo menos serio y aproveché que tenía delante a uno de los Once de Vaughan para preguntarle por algo en lo que no había podido dejar de pensar ni siquiera durante el almuerzo.
    – Esta mañana conté trece mercenarios. Seis soldados impostores frente a la hoguera y otros cuatro sobre la compuerta de la ciudad. Luego el arquero oculto, seguramente Gato, Herger que preparaba este escondite de mientras, y el propio Vaughan a las riendas del carro. Trece en total. ¿Tenéis alguna nueva incorporación? ¿Al fin habéis admitido a Anna-Marine en vuestro grupo?
    Eduardo esbozó una leve sonrisa. La primera que le vi desde la pérdida de su hijo adoptivo.
    – Vaughan sabía que tocarías el tema. Tenemos a uno nuevo, sí. Alguien de confianza. Pero no es ella la única que cumple ese requisito.
    Por orden de su jefe me fue imposible sacarle más. Tampoco era de gran importancia en ese momento. Así que, tras despedirme de Aelis de la forma más tranquilizadora en que me fue posible, mis escoltas y yo nos dirigimos a palacio, a lomos de los dos caballos que nos había llevado Eduardo.
    Imaginaba al cardenal Baptiste más furioso que nunca, oponiéndose enérgicamente a dejarme marchar si no revelaba el paradero de la condenada. Pero nada más llegar, tuve la sensación de que la visita no iría pareja a mis expectativas. Magullado por los golpes que le propiné en la mañana, el aspecto del clérigo era ciertamente lamentable. Se le veía abatido. Debía haber pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien le había puesto en su sitio. Lejos de malmeter en mi contra como era en él costumbre, apenas habló tras mi aparición allí, así que pude conversar con el Conde sin sus incómodas intromisiones. El talente de mi señor también fue más sosegado de lo que cabía esperar. Me preocupaba que, tras lo sucedido, considerase una ofensa mi regreso, presentándose ante él como si no temiera las consecuencias. Pero, lejos de eso, parecía conmovido por lo que definió como un gesto de gran valor. Aproveché no sólo para disculparme, también para convencerle de la inocencia de Aelis. Era mi principal prioridad, de lo demás ya me encargaría yo durante el poco tiempo que me quedara.
    – Si le hubiera notado el menor indicio de sumisión hacia Covenant y, por consecuencia, de traición a Villesainte y a mí, a estas alturas de la semana no me habría costado tanto entregarla como al principio de la misma. Lo que me ha movido esta mañana no ha sido sólo mis sentimientos hacia ella, también la certeza de que es inocente. De lo contrario, yo sería el primero en percatarse y el que más lo sufriría.
     – Eres el capitán más rebelde de toda Normandía – me respondió el Conde –, pero tu padre estaría orgulloso. Sé que mañana me darás lo que quiero o afrontarás las consecuencias sin bajar la vista.
    – Mañana acabará todo, de un modo u otro. Os proporcionaré esa satisfacción que tanto anheláis, tenéis mi palabra.
    Tras la conversación nos despedimos cordialmente, sabiendo que era más que probable que, la próxima vez que nos viéramos, tendría que tratarme como a un criminal. Percibí en sus ojos el impulso de abrazarme. Dada su amistad con Padre y los muchos años que había estado a su servicio, debía considerarme poco menos que un sobrino, por lo que su aprecio hacia mí iría en ese sentido, como también sucedía por mi parte. No obstante, pareció contenerse, limitando su mano a un par de afectuosas palmadas en la espalda. Tal vez por el resquicio de duda que le quedara sobre mi implicación en la muerte de su hijo, o tal vez por miedo a verse superado por los sentimientos si al día siguiente no le quedaba más opción que la de mandarme ejecutar.
    También me despedí de Baptiste. Dado su favorable cambio de actitud, hice lo que pude por reconciliarme con él.
    – Muerto el padre Evelio, ahora sois vos el único clérigo del condado. Villesainte necesita de un guía espiritual que obre con moral y justicia, eso excluye torturar y matar a gente inocente. Os he librado en dos ocasiones de cometer tales errores. ¿Seréis capaz de evitarlo sin mi ayuda a partir de ahora?
    – Cuando uno persigue demonios durante demasiado tiempo, acaba viéndolos donde no los hay. Espero que me ayudéis mañana por tercera y última vez. De ahí en adelante, sí, intentaré valerme por mí mismo.
    Ninguno de los dos dijo más, pero era suficiente. De camino a la salida, pasé junto a Beldar, quien se mostró agradecido por mis años de lealtad y servicio. Al igual que su padre, se mostraba esquivo al expresar los sentimientos. No quise forzarle a ello y nos limitamos a despedirnos llamándonos por nuestros rangos militares, como solíamos hacer cuando había subordinados cerca.
    El General sabía que Aelis y yo nos escondíamos en algún lugar de la zona, así que dio orden de que nadie, salvo mis escoltas, me siguiera al salir de palacio. Aun así, Hugo, Sigberto y yo cabalgamos todo lo rápido que pudimos. Para despistar a quien pudiera estar atento a nuestro rumbo, una vez fuera de la ciudad preferí dirigirme a la choza y esperar allí el ocaso antes de volver con Aelis a la torre de vigilancia. A lo largo de los años en que duró la guerra, nos habíamos acostumbrado a temer a las sombras. A verlas como una amenaza. Esa noche las usaríamos para protegernos. Aunque, ciertamente, tan sólo estaba retrasando lo inevitable.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

jueves, 23 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVII

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    A pesar de la promesa que le hice a Aelis la noche antes, pude ver en sus ojos cómo se preparaba para afrontar el fin. Sentí el llanto de sus amigas y la conmoción de gran parte de los presentes. Pero el vocerío se detuvo de repente. Una certera se clavó en la parte trasera del poste en que se encontraba la condenada, cortando parcialmente su atadura. Aproveché esa distracción para subir al entablado sin que nadie me lo impidiera y golpear con saña al cardenal Baptiste, algo que llevaba tiempo deseando hacer. Hubiera disfrutando plenamente con ello si no fuera porque Aelis aún seguía en peligro. El clérigo cayó sobre la madera. Un pico de su hábito fue alcanzado por las llamas y se prendió. Tuve que hacer frente también al verdugo, que me atacaba con un leño ardiente. Mientras, aunque el oculto arquero seguía disparando, las cuerdas todavía inmovilizaban a la condenada. El fuego casi le tocaba los pies. Los seis soldados a ras de suelo subieron para rodearme. El verdugo se retiró entonces y ayudó al cardenal, que se había incorporado intentando apagar su atuendo en llamas.
    – ¡Aelis, salta! – grité. Una última flecha terminó de cercenar su atadura, liberándola por completo. Tal como le dije, se impulsó para pasar por encima de la hoguera sin tocarla, cayendo en mis brazos.
    – ¡Matadlos a ambos! – ordenó el encolerizado cardenal tras volver a ponerse en pie, revelando su verdadero carácter ante todos los villesaintos. Los soldados desenvainaron sus armas, pero desobedecieron la orden del clérigo. En lugar de eso, bajaron con nosotros del entablado y nos ayudaron a abrirnos paso entre la multitud sin demasiada dificultad. La gente había acudido a la plaza con ganas de espectáculo, y un espectáculo era en lo que se habían convertido el juicio y la ejecución frustrada. Hugo y Sigberto nos seguían, aunque no parecía que terminaran de entender lo que estaba sucediendo. Otros soldados intentaban llegar a nosotros para detenernos, pero el carro en el que llevaron a la condenada hasta la plaza nos estaba esperando con un cochero diferente al que había momentos antes. Los seis soldados nos ayudaron a subir a los cuatro; Hugo, Sigberto, Aelis y yo. Después, se desperdigaron entre la multitud. El nuevo cochero de rostro oculto tiró de las riendas y los caballos se pusieron en marcha. Me volví hacia Aelis, que no lograba salir de de su asombro. Una parte de ella parecía seguir atada en la hoguera, asumiendo que ese sería su final.
    – Te prometí que nos sacaría a ambos de esta.
    – Eso aún está por ver.
    – Volvemos a ser libres y estamos juntos. Es un buen comienzo.
    Le sonreí, consiguiendo que ella me devolviera un gesto similar. Ciertamente, teníamos motivos para sentir alegría. Aún no estábamos a salvo, pero todo transcurría según el plan, o casi todo. Hugo y Sigberto desenvainaron, apuntándome con sus espadas.
    – ¿Qué es esto? – les pregunté.
    – No podemos permitir que huyáis, capitán – respondió Hugo.
    – Ni falta que hace. No saldremos de los dominios de Villesainte.
    Aelis se mostró extrañada ante mis palabras, pero no era momento de dar explicaciones. Algo más apremiante acaparaba mi atención. Una improvisada caballería nos perseguía a través de las calles de la ciudad. Si alguien caía del carro, ya fuera uno de mis escoltas o cualquiera de nosotros, moriría aplastado bajo los cascos de los caballos. No quería que eso ocurriera, así que procuré moverme lo menos posible. Sin embargo, un soldado saltó desde algún edificio y cayó sobre mí, derribándome. Ante la inacción de Hugo y Sigberto, Aelis me ayudó atacando con fiereza a ese hombre, quien la apartó de un empujón, casi tirándola del carruaje. Aproveché el instante en que me soltó para devolverle los golpes que me había propinado. Lo arrojé por un lateral para que estuviera a salvo de los caballos que nos perseguían, aunque no estaba seguro de que mereciera esa preocupación por mi parte. Sus compañeros lo esquivaron y apretaron el ritmo. Si seguían así, acabarían alcanzándonos. Dentro de la ciudad, los jinetes carecían de espacio para rodearnos. En campo abierto sería distinto, y estábamos a punto de llegar a las puertas. Sobre estas, en el adarve, cuatro soldados sostenían un tronco procedente de las obras de reparación. Esperaron a que el carro saliera y, una vez pasamos, arrojaron el madero desde lo alto. Algunos de nuestros persecutores se asustaron y tuvieron que frenarse, otros tropezaron con el repentino obstáculo, cayendo de sus monturas.
Una vez en el exterior de la ciudad, cuando consideramos que nos habían perdido de vista, nos dirigimos a la arboleda, donde se erguía una de las torres de vigilancia, las cuales habían dejado de utilizarse tras el reciente fin de la guerra. Allí nos esperaba Herger, uno de los hombres de Vaughan, a lomos de Glissant.
    Bajamos del carro todos los ocupantes salvo el hombre que había estado guiando a los caballos. Volviéndose hacia nosotros, se retiró el pañuelo que cubría su rostro, mostrando su identidad. Era mi viejo amigo. Aelis me miró, gratamente sorprendida por nuestra reconciliación. Le conté lo que había sucedido la noche antes. Vaughan y Gato asaltaron a mis escoltas, no para poder matarme impunemente, sino para hablar conmigo en confidencia y ofrecerme ayuda. Mi amigo insistió en que él no había cometido los crímenes del domingo y del viernes siguiente, y me dijo que la conversación que me había llevado a estar seguro de ello no fue más que un malentendido. Aunque no quiso aclararme a qué se refería cuando dijo que tenía sus motivos para hacer aquello que hubiera hecho, decidí que creerle y volver a confiar en él era la mejor opción. También era lo que necesitaba. Los soldados que nos habían ayudado no eran sino los Once de Vaughan disfrazados. Sin embargo, los auténticos hombres del Conde no tardarían en aparecer y tendríamos que despistarlos.
    – Cuida de este zoquete –dijo Vaughan a Aelis –. No permitas que vuelva a tomar vino o acabará acusándote de haber asesinado a su abuela.
    De mí no se despidió. Pese a que me había prestado ayuda, aún estaba molesto conmigo por haber dudado de su lealtad. No le culpé por ello. Herger subió al carro. Su jefe azotó a los caballos y estos reanudaron la marcha.
    Mis dos escoltas, Aelis y yo subimos a la torre de vigilancia y cerramos la trampilla. Herger no sólo se había pasado por nuestra choza para recoger a Glissant, también nos había llevado nuestras dos espadas, mantas y algo de comida. Todo ello nos esperaba arriba en la torre. Las bases de la misma estaban cubiertas de tablas, formando un cobertizo que rodeaba la escalera, en el cual nuestro caballo estaría oculto y resguardado. El mejor lugar para esconderse dentro de los dominios de Villesainte. Al menos, durante un día.
    El plazo que me había dado el Conde estaba a punto de expirar y aún no había logrado desenmascarar al asesino. Podíamos darnos a la fuga, como dijo Aelis la noche antes. Desterrarnos para siempre de la ciudad y volver a empezar en otro sitio. Pero yo, por principios, quería llegar hasta el final del asunto. Alguien me había incriminado a mí y luego a ella. Había estado a punto de conseguir que la quemaran viva para no tener que responder por los crímenes que había cometido. Merecíamos una reparación por ese agravio. Y, por supuesto, Cristian, Hereward, el padre Evelio y las otras víctimas merecían que se hiciera justicia.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

lunes, 20 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVI

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Me precipité al asumir cómo acabaría la noche anterior. Al llegar la luz del alba, yo seguía en pie, aunque no por mucho tiempo. Si no me ejecutaban al día siguiente, cuando acabara el plazo, me matarían en vida esa misma mañana de sábado, arrebatándome a Aelis. Tenía por delante una jornada dura y agitada, y así fue como empezó para mis escoltas, que dormían en el suelo de la choza hasta que les desperté a puntapiés.
    – Ya habéis abusado suficiente de mi hospitalidad, ¿no os parece? –dije cuando por fin abrieron los ojos. Uno de ellos miró a su alrededor, descubriendo que se encontraban frente a mi chimenea, calientes y con la ropa seca, aunque esta desprendía un olor que no tardaron en percibir.
    – ¿Qué sucedió anoche? – preguntó el soldado.
    – ¿La desorientación y el dolor de cabeza no bastan para deducirlo?
    – ¿Hemos bebido?
    – Eso sería decir poco. Os habéis bañado. Era una noche difícil para mí, así que paramos en la posada. Le dije al viejo Pierre que necesitaba algo más fuerte que la cerveza. Sacó un licor que tenía guardado y os invité a unas rondas. De haber sabido lo mal que os iba a sentar, habría pedido leche materna para vosotros.
    – Somos soldados del general Beldar – dijo el otro –. No se nos permite emborracharnos.
    – Tiritabais de frío y yo, como capitán vuestro que aún soy, os di permiso. No obstante, si lo preferís mantendremos el asunto en secreto.
    Los dos hombres se mostraron indecisos.
    – A no ser que me hagáis llegar tarde a la ejecución de hoy – les dije cambiando a un tono aún más severo –. Levantad de una vez.
    Me siguieron hasta el establo, donde puse junto a Glissant una cubeta con sobras de verduras y otra con agua para que estuviera bien en mi ausencia, pues ni Aelis ni yo podríamos darle compañía esa mañana. Además, si algo salía mal lo necesitaría provisto de fuerzas. Después nos dirigimos a la entrada de la ciudad, que estaba siendo reparada tras los desperfectos del último ataque de Covenant. Antes de llegar, Hugo y Sigberto nos interceptaron. Ellos serían el relevo. Seguramente, el Conde no me libraría de mi vigilancia hasta haberse celebrado el juicio y la ejecución de Aelis, por temor a lo que pudiera hacer yo para impedirlos. Al menos, también había mediado para que el cardenal Baptiste no la tocara hasta llegado el momento, o eso fue lo que me dieron a entender. Más valía que fuera cierto. Acompañado por mis nuevos y posiblemente últimos escoltas, acudí a la plaza para asegurarme de ello.
    Aún no había comparecido nadie, pero la hoguera ya estaba lista y los más madrugadores esperaban para presenciar el espectáculo que se les había negado seis días antes, cuando era yo el acusado. Varios soldados permanecían en pie a ras de suelo para impedir que alguien intentara subir al entablado. Pese a la abundante lluvia de la noche anterior, parecía que el cardenal Baptiste se había asegurado de conseguir leños secos.
    – Recordádmelo. ¿Qué es lo que se os ha ordenado durante mi vigilancia? – pregunté a Hugo y Sigberto, procurando que nadie nos oyera. El segundo de ellos respondió.
    – Evitar que os deis a la fuga y velar por vuestra seguridad.
    – Justo lo que espero de vosotros. Os mantendréis a mi lado en todo momento y no haréis nada que contradiga eso.
    – Claro, capitán… – contestó Sigberto con extrañeza, antes de intercambiar una mirada con su no menos desconcertado compañero.
    Poco a poco, la plaza se fue llenando. No tuvimos que esperar mucho más hasta que apareció la condenada sobre un carro, de pie y maniatada. Aunque estaba sucia, no parecía haber sufrido daños durante la noche. Sus ojos mostraban valor y dignidad por encima del temor que pudiera sentir. Dos guardias la bajaron del carro, llevándola hasta la hoguera. Allí, el verdugo la ató al poste. El cardenal era ligero condenando a quien fuera a sufrir la agonía de ser quemado vivo, pero el muy cobarde siempre necesitaba delegar en alguien para no tener que mancharse las manos. El Conde y su hijo asomaron desde la terraza de palacio. No se les veía especialmente cómodos con lo que se disponían a presenciar. En la plaza, algunas miradas eran compasivas, otras severas, y las más, indiferentes. En medio de todas ellas estaba la mía. Aelis no tardó en encontrarla, mostrando cierto alivio al percatarse de mi presencia. Intenté expresarle sin palabras el orgullo que sentía por su forma de afrontar la situación. Pasara lo que pasara, yo estaría con ella. Me asintió en señal de comprender. No era momento de mostrar debilidad. A pesar de la distancia y los obstáculos que nos separaban, casi sentía que pudiéramos tocarnos. Pero Baptiste interrumpió ese instante subiendo al entablado y presentándose con su habitual soberbia.
    – Se acusa a esta mujer, Aelis DuCroix, del asesinato de cinco hombres, entre ellos Cristian, hijo y heredero de nuestro Conde, bajo las órdenes del Barón Covenant, mortal enemigo de Villesainte.
    El público estalló en abucheos. Resultaba difícil distinguir cuáles iban destinados a la acusada y a Covenant, y cuáles al clérigo. Conseguí reconocer a Gilsa, Otilia y Elfrida entre la muchedumbre, aprovechando el barullo para lanzar insultos al cardenal Baptiste. Este no pareció reconocerlas. Pidió calma y prosiguió con el juicio, dirigiéndose a la condenada.
    – Es evidente que a través de malas artes y pactos con el Diablo, el Barón te dotó del poder para cometer tales crímenes. Por tanto, debemos añadir también la brujería a la lista. ¿Hay algo más que quieras confesar?
    – Nada salvo negar esas acusaciones. Jamás he cometido brujería ni he matado a nadie. ¿Y vos, cardenal? ¿Tenéis limpia vuestra conciencia o disfrutáis condenando a mujeres a la muerte?
    La pregunta incomodó a Baptiste, así como las risas que esta generó entre el público. Las amigas de Aelis iniciaron un aplauso que yo mismo secundé, y que, poco a poco, acabó resonando en toda la plaza. De nuevo, el cardenal alzó las manos rogando silencio, viéndose obligado a esperar más que la vez anterior para proseguir.
    – Es tu última oportunidad, bruja. ¿Te arrepientes y reniegas de Satanás, aceptando a Jescucristo como tu señor y salvador?
    – Acepto a Jesús y reniego de Satanás, como también reniego de los que actúan inspirados por el segundo al tiempo que dicen cumplir la voluntad del primero. Pero vuelvo y repito: no puedo arrepentirme de un pecado que jamás he cometido.
    En esta ocasión, lo que Aelis despertó entre los presentes fue un murmullo. Estaba dejando en evidencia al cardenal delante de un público cada vez más convencido de su inocencia. El clérigo se mostraba nervioso, dada la incuestionable simpatía que la condenada empezaba a inspirar entre los testigos de esa farsa que pretendía hacer pasar por juicio. Debió temer que le acabaran pidiendo clemencia, pues se apresuró en ordenar al verdugo que procediera con la «purificación». Este, con un leño ardiendo, encendió la hoguera. En un instante estuvo hecho. Ya no habría piedad, era demasiado tarde. Ni para la condenada, ni para el propio cardenal, que se arrepentiría de aquello. Sentiría mi furia en sus carnes. Me había equivocado respecto a cómo acabó el día anterior, pero no me equivocaba sobre cómo terminaría ese.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano