Aun con lluvia, hubiera preferido que el camino hacia el claro del antiguo granero fuera más largo. Junto a la pequeña construcción en ruinas, donde una semana antes se había ocultado el hispano, tres caballos atados se juntaban unos con otros para intentar mitigar el frío. Cada vez más cerca, se oía el inconfundible sonido del acero chocando contra el acero. Finalmente, encontré al temido Beldar con dos de sus hombres, entrenando como solía hacer allí su hermano. ¿Por qué esa emulación? ¿Buscaba acaso una forma de suplir su ausencia convirtiéndose en él? ¿Fingía estar atormentado por la pérdida, o lo que le torturaba era su propio remordimiento? En cualquier caso, su habitual fiereza permanecía intacta sin que ese pesar influyera lo más mínimo. No parecía tener mucha dificultad en enfrentarse a ambos soldados al mismo tiempo, ni siquiera estando desprotegido y a pecho descubierto. Al igual que sus adversarios, se valía de espadas y escudos. Tampoco el frío o el llanto de Frey, cada vez más abundante, parecían repercutir en el empeño de Beldar, pues este únicamente ordenó interrumpir los ejercicios al percatarse de mi presencia. Fui entonces consciente de que no había vuelta atrás. Tendría finalmente que confrontarlo. Además de los obstáculos que tenía para ello, también tuve que lidiar con su actitud. Intentaba guardar las formas hablándome en tono amigable, como si nada sucediera. Como si no fuera consciente de que éramos él o yo.
– ¡Capitán! Presiento que esta mañana os hará falta la capucha que os dejé. Espero que la conservéis.
– Vuestro padre os reclama – le respondí seriamente. Él optó por fingir no percibir mi tono.
– Decidle que no se preocupe. Volveré a tiempo para la misa.
Pretendió reanudar con su entrenamiento. Yo estaba desarmado, mi Slicer seguía en la torre de vigilancia, junto a Aelis. No obstante, me acerqué, interponiéndome entre Beldar y los caballos. Al darse cuenta, volvió a detener las prácticas.
– Sé lo que hiciste – le dije bajando la voz –, y ellos también. Ahora vendrás con nosotros. Debes rendir cuentas ante tu padre.
Para bien o para mal, logré que su sonrisa se desvaneciera. Miró por encima de mi hombro, en dirección a los seis soldados que me acompañaban. Después volvió a fijarse en mí. Me sonrió de nuevo, pero de forma diferente, torcida, mientras exhalaba un resoplido de incredulidad.
– ¿Qué le has dicho a mi padre?
– Todavía nada. Prefiero que lo hagas tú mismo. Ciertamente, yo también necesito escuchar lo que tengas que decir.
– ¿Te atreves a acusarme a mí antes que a ese mercenario insurrecto? ¿Piensas que mi padre lo creerá? Debes estar muy desesperado.
– Alguien te vio, y sé que aquella mañana no pasaste el rato con Clodevinta como afirmabas. Era inocente. Al igual que el padre Evelio, ha muerto por nada. Un sacrifico inútil, pues no ha servido para impedir que te descubra.
– ¿Qué sabes tú de sacrificios?
– ¿Eso fue para ti la muerte de tu hermano?
– ¿Cómo osas? ¡Detén estas acusaciones de inmediato! Soy tu general, te lo ordeno.
– Y yo como enviado del Conde para apresar al asesino de su heredero, te ordeno que dejes de negarlo. Mataste a tu hermano. ¿Por qué? ¿Querías hacerte con el condado?
– Jamás dejaría que algo tan mezquino como la codicia se interpusiera entre Cristian y yo.
– Sé que lo mucho que lo apreciabas, por eso no alcanzo a entender qué fue lo que te llevó a hacerlo. Antes de cortar su cabeza le dijiste que era necesario por el futuro de Villesainte. ¿Cómo es eso posible?
Guardó silencio por un instante. Al fin pareció que comprender que no le quedaba más salida que admitir sus crímenes.
– Lo era, o eso creí en aquel momento. No me siento orgulloso de ninguna de las muertes que he causado entre los nuestros. Pero de todas ellas, la que más me pesa es la suya. Explicártelo no servirá de nada.
– Inténtalo.
– Había encontrado una forma de entrar y salir de los muros de la ciudad sin ser descubierto. Conseguí reunirme con Covenant.
– ¿Te confabulaste con el enemigo?
– No, sólo lo fingí para que me considerase su aliado. Que creyera tener un espía dentro de palacio. Así, en algún momento, conseguiría que se expusiera ante mí, al alcance de mi espada, y yo acabaría con él antes de que llegara a ordenar su ataque definitivo, que como todos temíamos, sería muy pronto. Mi objetivo no era sino evitar la batalla que tuvo lugar el pasado miércoles. La masacre que fue y también la que podría haber sido si la fortuna no hubiera estado de nuestra parte. Desgraciadamente, sólo había un modo de ganarme la confianza del depravado Covenant: derramando sangre de mi propia familia. Con ese irreversible acto de perversión, nuestro enemigo pensaría que estaba bajo su influencia y me aceptaría entre sus filas, pudiendo así ejecutar mi plan. Por eso era necesaria la muerte de mi hermano, aunque yo no la quisiera.
– ¡Cuánto mal hiciste con buenas intenciones como excusa! No me cabe duda de que es así como te justificas a ti mismo, pero te equivocas. Si salvamos la ciudad aquella noche no fue por mediación de la fortuna, sino porque luchamos unidos, como siempre hemos hecho. No debiste tomar esa decisión. Y desde luego, no debiste tomarla solo. Si lo hubieras consultado con tu padre, Hereward, Vaughan y conmigo, entre todos habríamos trazado un plan mejor para acabar con ese draugr.
– Demasiado debatir, como siempre. No habríamos llegado a nada útil. ¡La situación era desesperada! Había que actuar rápido, y yo obré lo mejor que pude.
– Dejaste que nuestro enemigo te engañara, utilizándote para herir a tu padre donde más le dolía, intentando después librarse de ti como de un esclavo más. Por eso mandó a aquel siervo a acuchillarte por la espalda. Una vez cumpliste tu cometido, ya no le eras útil.
Cada vez más enfurecido, Beldar terminó de desatar su cólera ante mis palabras. Alzó su arma. Creía que me atacaría a mí, pero en lugar de eso dirigió su ira hacia los dos soldados que habían entrenado con él, cogiéndoles desprevenidos. A pesar de la resistencia que opusieron, atravesó con la espada a uno y decapitó al otro sin dificultad. Una línea de sangre salpicó su rostro. Después se volvió hacia mis hombres y yo.
– ¡No eres quién para juzgarme! Sabía que no merecía la pena explicártelo. Habéis venido a apresarme, ¿verdad? ¡Vamos! ¡¿Quién quiere ser el próximo en morir?!
– ¡No os mováis! – ordené a mis hombres. Por encima de todo ansiaba justicia, pero también quería evitar que se derramara más sangre innecesaria. Volví a dirigirme a Beldar.
– Mataste a tu propio hermano, a un valioso aliado como Hereward y a más gente que no se lo merecía. Hiciste ver que Aelis y yo éramos los culpables. A ella casi la queman viva ayer mismo. ¡Claro que soy quién para juzgarte! No sé si fue Covenant u otra cosa, pero es evidente que algo te ha corrompido. Ya no eres el Beldar que conocía, te has convertido en algo diferente.
– Comprendo tu decepción, pero no podía dejar que mi padre supiera lo que había hecho. Necesitaba incriminar a alguien que viviera en extramuros, tuviera armas y resultara creíble que saliera indemne de un enfrentamiento contra cuatro hombres. Que reuniera todas esas cualidades, no se me ocurría otro que no fueras tú.
– Ahórrate los intentos, eso sí que no te servirá. Acabo de gastar las pocas fuerzas que me quedaban para perdonar justo antes de venir a apresarte, pero será diferente con el Conde. Dudo que él te mande ejecutar a pesar de todo. Haber perdido a un hijo a manos del otro ya es suficiente dolor como para, además, soportar esa carga. Hasta ahora siempre te había tenido por un hombre valiente. Selo una vez más. Afronta tus errores. Exponle a tu padre lo que me has contado a mí.
Esa vez mis palabras parecieron calmarle. Bajó su espada.
– ¿Cómo afrontarlo lo que hice sin volverme loco? Es demasiada la culpa.
– Creías obrar correctamente, tal y como has dicho. Cuando te diste cuenta de tu equivocación, ya era tarde. Intentaste borrar tu rastro para, al menos, no defraudar a tu padre.
– Sí. Era lo único que me quedaba, que nadie llegara a descubrirlo. Pero he fracasado. ¡Y ha sido por tu culpa!
Algo dentro de él volvió a despertar su actitud amenazante. Levantó de nuevo su espada e intentó golpearme con ella. Le esquivé, cayendo al suelo.
– ¡Tras la muerte de mi hermano, mi máximo anhelo era acabar con Covenant para vengarlo, y ni eso me has dejado!
Continuó atacándome. Rodé hasta uno de los cadáveres. Extraje el arma de su mano muerta y recogí el escudo de madera que yacía junto a él. Por su parte, mis soldados desenvainaron y se interpusieron entre el General y los caballos. Al igual que yo, debieron entender que el combate era ya inevitable. Me levanté, mirando fijamente al que se había convertido en mi adversario.
– Confiaba en ti. No solo eras mi superior, también mi amigo. Pero has cometido crímenes horribles y has intentado ocultarlos de la forma más ruin y miserable. Has puesto además a Aelis en peligro. No voy a permitir que escapes.
Beldar corrió hacia mí blandiendo su hoja.
– ¡¿Y por qué no has muerto como los demás?! ¡¿Por qué has tenido que descubrirlo todo?!
Me protegí y ataqué, pero cada golpe de mi espada era desviado por la suya. El escudo que él usaba era de metal, cuando acertaba a darle no conseguía sino hacerle una nueva muesca. Beldar, en cambio, cada vez que chocaba su arma contra el mío lo quebraba, aumentando sus grietas. Llegó un momento en que el acero atravesó la madera y mi piel, produciéndome un corte en el brazo. Tuve que despojarme de mi destrozada protección, de nada servía ya. Volvió a atacarme. Me agaché para esquivar su hoja. Alcancé el otro escudo que aún sostenía el cadáver decapitado. Lo tomé, pero no me dio tiempo a terminar de colocármelo cuando Beldar volvió a golpearme. Caí al suelo. Intentó clavarme su espada sin lograrlo. En lugar de en mi cara, se hundió en el barro. Me levanté para alejarme de él un par de pasos. Choqué dos veces mi arma contra mi escudo, ya bien sujeto, para indicarle que estaba listo para continuar. Él replicó mi gesto.
Volvimos a intercambiar espadazos bajo una torrencial lluvia. El segundo escudo de madera también acabó destrozado, pero no me lo quité. Era mejor que no tener nada. Una estaca puntiaguda, que fuera una de las tablas que formaban mi protección, colgaba de mi brazo ensangrentado. Beldar atacó entonces con todas sus fuerzas. Intercepté su espada con la mía y, tras desviarla, alcé el brazo izquierdo, clavándole la estaca por la barbilla hasta que sentí el crujir de su cráneo. Me escupió sangre en la cara. Su mirada se nubló. Sus manos temblaron, dejando caer al suelo la pesada arma y el escudo que portaba. Después se derrumbó de rodillas, desplomándose finalmente sobre el barro. Los soldados empezaron a murmurar entre sí, horrorizados por lo que acababan de presenciar.
Lejos de remitir, la lluvia no hacía más que aumentar su intensidad. Volví el cuerpo de Beldar para que se le limpiara el rostro de sangre y de fango. Lo contemplé con alivio y pesar a partes iguales, comparando mi recuerdo de lo que fue con lo que tenía frente a mí, la bestia ya ajusticiada en la que había llegado a convertirse. Un buen general enloquecido por la guerra, caído en desgracia. Alcé la vista y cerré los ojos para que la caricia de Frey me limpiara a mí también, por fuera y por dentro. Sentí cómo el suelo retumbaba. Un jinete cabalgaba apresuradamente hacia nosotros, deteniéndose luego en seco, seguramente al comprobar que todo había terminado. Miré y vi a Vaughan portando mi Slicer. Aunque tarde, agradecí su ayuda con una sonrisa.
– No sólo las bienvenidas – le dije, en referencia a lo que comentó tras sobrevivir a nuestra primera batalla en Villesainte –. Todo en esta tierra es roja, pequeño hermano. Pero no lo vemos.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





