martes, 24 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo VII

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Tras la visita a Beldar, mis escoltas y yo nos dirigimos a la capilla de palacio, donde imaginé que podía encontrar al cardenal. Por el camino, sin embargo, me crucé con la doncella a la que dos noches antes vi vendando la herida de su señor después de que este hubiera recibido una puñalada. Al percatarse de la mancha de ciruela en la manga de mi camisa, me preguntó si quería que me la limpiara, pues, según afirmaba, la tarea no requeriría mucho tiempo ni esfuerzo. Accedí y la seguimos hasta el sótano, donde se lavaba la ropa. Por el camino, me dijo que su nombre era Clodevinta. Supe entonces que ese encuentro no había sido fortuito, ni tan simple el ofrecimiento de lavar mi mancha. Se trataba de la mujer con la que Beldar afirmaba haber estado la mañana en la que mataron a su hermano. ¿Hasta qué punto estaría unida a él?
    Una vez en el sótano, me despojé de la camisa para entregársela a la sirvienta. Ella mojó la manga y la frotó. Pude notar cómo las demás doncellas presentes se ruborizaban al ver mi torso desnudo. Aproveché el pudor de las mujeres para acercarme a Clodevinta y susurrarle. De esa forma, despistaríamos tanto a ellas como a los guardias.
    – Sé que el verdadero motivo por el que me has traído aquí es para decirme algo.
    – Quería hablaros de la mañana en que murió el heredero del Conde.
    – Estoy al tanto de todo. Acabo de hablar con Beldar.
    Ella se mostró apurada ante mi revelación.
    – ¿Os lo ha contado?
    – Dice que el cardenal Baptiste os vio. Puedes estar tranquila, no diré nada al Conde e intentaré que el clérigo tampoco os delate. Si es un romance lo que intentáis ocultar, os ayudaré en lo que pueda.
    A pesar de mis palabras, no la vi menos intranquila. Sin embargo, eso fue todo lo que pudimos hablar. El cardenal irrumpió en el sótano. Debían haberle informado de mis andanzas por palacio. Me halló descamisado y muy cerca de una de las sirvientas. Aquella de cuyos escarceos con el General había sido testigo, nada menos. Clodevinta pareció comprender la situación y se apresuró a devolverme la camisa, ya limpia. Aun con la manga mojada, me la puse y le di las gracias, antes de saludar a Baptiste. A pesar de que intenté sonar todo lo cordial que me fue posible, él no hizo lo mismo, utilizando palabras ambiguas.
    – Capitán Van Croff. ¿Traicionando la confianza de vuestro general?
    Por sí misma, su acusación ya resultaba ofensiva, ¿pero a qué se refería realmente? ¿Pensaba que mis intenciones hacia la doncella eran indecentes, pretendiendo yacer con la amante de mi superior, o que la estaba interrogando sobre lo que hizo con este la mañana del domingo, lo cual delataba mis sospechas hacia él? En ambos casos, esa pregunta era la confirmación que necesitaba. El cardenal conocía el motivo de la tardanza de Beldar al acudir a misa. Sin quererlo, me había abierto la posibilidad de hablar del asunto. Pero sería yo quien elegiría el momento, no él.
    – Lo único que tengo contra mi general es que me ofreció una ciruela y acabé manchándome con ella. He bajado aquí a que me limpiaran la camisa. Mis escoltas podrán daros testimonio de ello. ¿Acaso he abusado de la hospitalidad de palacio?
    – Siendo así, en absoluto. Soy yo quien ha abusado, dejándose llevar por las apariencias. Os pido disculpas si os he ofendido.
    – No tiene importancia. Estoy más que acostumbrado. ¿Puedo ayudaros en algo?
    – Ciertamente. Nuestra conversación de ayer fue breve debido a las circunstancias. Confiaba en que hoy, en cambio, pudiéramos hablar con más tranquilidad. Si habéis tenido tiempo de bajar a donde las sirvientas lavan la ropa, es obvio que también lo tendréis para intercambiar unas palabras.
    Preferí no comentar que era yo quien tenía la intención de buscarle a él antes de que me interceptara Clodevinta. En lugar de ello, le seguí la corriente, acompañándolo a la capilla. No soportaba oírle referirse a esta como suya, pues él no era su legítimo dueño, sino el Conde y su familia. Ya estaba ahí antes de que llegara a Villesainte, y lo estaría después de que se marchara. Pero debía medir mis palabras si quería sacar algo provechoso de ese encuentro. Tenía que usar su propia artimaña contra él: dar para ganarme el derecho a pedir.
    Al igual que cuando hablé con Beldar, me valí del inofensivo pretexto de saber dónde estaban todos la mañana del domingo para interrogar al cardenal. Como su paradero durante el crimen era evidente, allí mismo haciendo preparativos para la misa y luego oficiándola, le pregunté si había encontrado a Vargas entre los feligreses, pues me resultaba extraña la forma en que el hispano se ausentaba durante largos periodos de tiempo sin que nadie conociera su paradero. El cardenal parecía no haber reparado antes en ello, pero afirmó que, en efecto, ni él ni su escudero habían acudido al rito religioso. Algo desconcertante, pues no solían faltar ningún domingo.
    – De modo que es a Vargas a quien pensáis culpar por la muerte de Cristian. Una jugada inteligente. Nadie le debe nada en esta ciudad, más bien al contrario. Y nadie le echaría de menos si el Conde lo mandara ejecutar.
    – Por el momento no culpo a nadie, solo quiero averiguar la verdad. Hablar con él, saber dónde estuvo y si vio algo. Como hago con todos.
    – También con el General. Al Conde le disgustará saber que contempláis incriminar a uno de sus hijo del asesinato del otro.
    – Eso es falso. Sé lo unidos que estaban los hermanos y lo poco que a Beldar le interesa la política, así como heredar el título de su padre. Lo considero totalmente incapaz de algo tan miserable. Además, tiene una coartada que le exculpa, como bien sabéis. ¿Por qué no informáis de ello al Conde? ¿Cuál es el motivo?
    – Quien me conozca lo suficiente sabe que hay un momento para hablar y otro para callarse. Creo que lo mejor será que demos por terminada esta conversación.
    Sin más, el cardenal me dio la espalda y abandonó la estancia, dejándome a solas frente al mural de su dios mutilado. Cuando el padre Evelio me habló de Jesucristo, le comenté que su calvario me recordaba al de Loki, a quien los demás dioses mantenían atado y sobre cuya cabeza derramaban constantemente el doloroso veneno de una serpiente. Si bien el castigo que recibió el æsir era merecido, el de Jesús no, pues el párroco lo describía como un hombre bueno y justo que optó por el sacrificio para pagar por la culpa de toda la humanidad. El embaucador, usurero y mezquino cardenal Baptiste parecía más próximo a Loki que a Jesucristo, en nombre de quien afirmaba predicar. Y no era la única contradicción del clérigo. ¿Por qué tanta codicia y soberbia? ¿Qué escondía? No lo averiguaría esa mañana. Sería más fructífero centrarme en hallar a Lucio Vargas, quien se ajustaba a las características que requería el autor de la muerte de Cristian. Sin medios para huir, sin haber conseguido lo que había ido a buscar en Villesainte y sin su escudero, dudaba que el hispano se hubiera marchado de la ciudad. Debía continuar allí, oculto en alguna parte.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

sábado, 21 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo VI

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Para ahorrar complicaciones tanto a mis escoltas como a mí mismo, decidí regresar a la choza. Allí encontré a Aelis trabajando en el huerto. Normalmente yo también participaba en esas labores, pero la mañana había sido ajetreada y no pude acompañarla. Cerca de ella, uno de los hombres de Vaughan permanecía en pie, imperturbable. Era de corta estatua y tenía una expresión perpetua como si acabara de despertar, con los ojos entrecerrados. Su espada podía parecer demasiado fina y ligera, pero cuando la empuñaban era mejor no interponerse en su camino. Apenas hablaba nuestra lengua, nadie sabía su nombre. Le llamaban Gato por sus rasgos y porque, en contra de lo que podían dar a entender su talla y el arma de aspecto endeble que portaba, era rápido y fiero como un felino acorralado. Le saludé y le di las gracias. No estaba seguro de que me hubiera entendido, pero me respondió algo en su idioma y, tras una reverencia, se marchó.
    Me dirigí a Aelis, quien fingía no darse cuenta de mi presencia. Era un juego habitual entre nosotros y me alivió saber que, a pesar de las preocupaciones que nos asaltaban, se encontraba con ánimos para ello. Le quité el azadón de las manos, dejándolo caer al suelo, y por un instante simulamos un forcejeo que se convirtió en abrazo. Un gesto de cariño que ambos necesitábamos. El resto del día lo pasé con ella. Al fin y al cabo, era posible que fuera mi última semana con vida. Debía aprovechar cada instante de buenos momentos. Además, hasta entonces no había sido consciente de lo agotado que estaba. Necesitaba y merecía un pequeño descanso.
    A la mañana siguiente, mientras esperaba la llegada de algún hombre de Vaughan, terminé con la labor en el huerto que estuvo realizando ella cuando la interrumpí. Algo me decía que el martes iba a ser largo, así que, mientras trabajaba, intenté avanzar mentalmente con la búsqueda del asesino. Eran cuatro los posibles culpables que contemplaba. Cuatro opciones para resolver ese cruento crimen y salvar la vida.
    En primer lugar estaba Beldar. Seguramente, tras la muerte de su hermano acabaría heredando el condado de Villesainte. Tal vez el cardenal Baptiste se atribuyera el mérito de haber impedido su asesinato cuando en realidad esa intervención no fue necesaria. El soldado que se hacía pasar por hombre de Covenant podía en realidad cumplir órdenes de su propio general, de ahí que le hiriera sin llegar a matarlo. Pero, si solo estaba fingiendo y no era realmente un enviado del Barón, ¿cómo consiguió huir? Además, podía ser que Beldar tuviera astucia para tramar aquello, pero no paciencia. Ese plan habría requerido meses de preparación, justo el tiempo en que no se había visto por Villesainte a ese soldado. De cualquier modo, aún estaba por comprobar dónde se encontraba él en el momento en que murió su hermano.
    La segunda opción era el cardenal Baptiste. Obviamente, la mano ejecutora de Cristian y las otras tres víctimas no había sido la suya, pero eso no significaba que no pudiera estar implicado. Ese plan de contratar a un soldado de moral dudosa y ocultarlo durante meses para hacerlo pasar por desaparecido sí era algo digno del clérigo. Pudo haberlo enviado a matar al primer hijo del Conde y posteriormente a apuñalar al segundo, interviniendo él en el instante preciso para convertirse en héroe a ojos de todos. Sin contar con su tentativa de incriminar a alguien a quien no tenía en mucha estima, como era yo mismo, para quedar libre de sospecha. Una estrategia no menos propia de él. Con Baptiste, sin embargo, se presentaba de nuevo el dilema del falso hombre de Covenant y su inexplicable habilidad para esquivar a nuestros soldados, además del interrogante de sus motivaciones. ¿Ambición? ¿Hacerse con el control de la ciudad? No era tan perverso como el Barón, aunque no distaba mucho de serlo.
El tercer lugar lo ocupaba Lucio Vargas, el cual tenía aptitudes para la batalla y, quien todos sabían, estaba interesado en que la guerra terminase para que los Doce de Vaughan quedaran libres. No era ningún secreto en Villesainte que se había convertido en poco más que un mendigo, circunstancia indigna para un caballero. Podía haber tomado partido por el bando contrario para acelerar los acontecimientos que le sacaran de esa situación.
    Por último quedaba, cómo no, el Barón Covenant. Si, además de matar al heredero del Conde, lograba también deshacerse de su otro hijo y principal adversario en el campo de batalla, nuestro gobernante acabaría desmoralizarlo. La victoria sería total, en caso de que fuera eso lo que buscaba. A pesar de las palabras con Ludovico el día anterior, no conseguía despojarme del todo de esa teoría. ¿Habrían sido dos hombres diferentes los enviados, uno para cada víctima? ¿Un esclavo y un hombre libre? En ello pensaba cuando, casi al mismo tiempo que aparecía el relevo para mi escolta, Eduardo llegó para suplirme en la protección de la choza.
    El enviado de Vaughan quiso hablar conmigo en intimidad, aprovechando que los guardias eran cuatro y en ese momento no parecía que considerasen necesario vigilarnos muy de cerca. Mencionó el pasado de Ludo, como él lo llamaba, y que me sabía conocedor del mismo. Lo que quería decirme era algo que ya me quedó claro cuando le interrogué. Que el muchacho no suponía ningún peligro para nadie en Villesainte. Pude apreciar en su tono una preocupación nacida, tal vez, de un afecto paternal. Vaughan me había contado que cuando conoció a Eduardo lo vio desolado por la tragedia. Acababa de enterrar a su esposa e hijos, quienes habían muerto por enfermedad. No era difícil deducir que el remedio para su pesar fue encariñarse con ese joven que también había perdido a los suyos, pues a veces los lazos de sangre no eran lo único que unía a las familias. Le tranquilicé explicándole que mi impresión acerca de Ludovico estaba en concordancia con lo que me decía, y que hasta el momento nada me había dado motivos para que eso cambiara.
    Tras la breve conversación, dejé a Aelis a su cargo. Me despedí de ella con un beso y marché a la ciudad seguido por mis nuevos escoltas. Estos, al parecer, habían sido puestos sobre aviso de mi repentina fuga el día anterior, por lo que no me quitaban ojo de encima. Me propuse, pues, destinar el martes a visitar palacio, un lugar cerrado del que no era fácil escapar. Al menos, a plena luz del día. Eso me ayudaría a mantener lejos los oídos indeseados, como acababa de comprobar con Eduardo, pues asumía que los guardias informarían al Conde sobre con quién había hablado y de qué asuntos. Si podía, al menos, evitar que conocieran esto último, así lo haría.
    Para dirigirnos a palacio, me valí de la excusa de hablar con mi general para preguntarle por su estado, tanto de ánimo como físico. En ambos casos, afirmó que aún se estaba recuperando. Por orden de su padre, desayunaba frente a una abundante mesa de comida. Afortunadamente para ambos, el Conde no se encontraba allí en ese momento. Beldar afirmaba estar más que saciado y me pidió que le ayudara a acabar con la fruta. Si no, tendría que tirarla. Me acordé del padre Evelio, a quien le disgustaba mucho presenciar semejante derroche de alimentos, así que tomé una ciruela que resultó ser más caldosa de lo que aparentaba. Su jugo cayó por mi mano y manchó la manga de mi camisa. Aquello me sirvió para bromear sobre mi torpeza e iniciar una conversación cordial. Quería averiguar el motivo por el que llegó tarde a misa el domingo, pero no podía preguntárselo sin bordear el tema. Mencioné que estaba intentando saber dónde se encontraba cada cual en la mañana del crimen, con el fin de descartar lugares por donde podría haber pasado el asesino. Pese a que no parecía dispuesto a contarme el porqué de su retraso, finalmente lo hizo tras ordenar a mis escoltas que esperaran tras la puerta de la sala.
    Entre los soldados solía comentarse que el general Beldar se desfogaba con sus sirvientas, por mucho que este se esforzara en ocultarlo por respeto al honor de ellas y para evitar a su padre el pudor que le provocaba ese tipo de conductas. Sobre todo, tras la llegada del cardenal Baptiste, quien imponía sobre la familia una moralidad basada en la devoción y rectitud extremas. Yo, por supuesto, estaba al tanto del asunto, y él lo sabía. Tal vez por eso acabó confesándome, entrecortadamente y lleno de remordimientos, lo que hacía cuando empezó la misa. Mientras su hermano necesitaba ayuda, tal vez en el mismo instante en el que moría, él se encontraba encerrado en la despensa con Clodevinta, una doncella de palacio, ajeno a todo.
    – No sé cuánto tiempo podré ocultárselo mi padre, pues hubo alguien que me vio entrar ahí con ella. Alguien sobre quien no tengo autoridad, que podría delatarme, pero hasta ahora no lo ha hecho. Ignoro el motivo.
    – Dime de quién se trata. Podría sonsacárselo y hacértelo saber.
    – Dudo que te lo diga. Es ese cardenal que tan poco aprecio te tiene.
    No pude manifestar mucha sorpresa, pues Baptiste residía en palacio y le resultaba fácil vigilar al Conde y a sus hijos. Ser el único conocedor del furtivo encuentro, además de los implicados, era algo de lo que podía sacar beneficio. Bien para ganarse el favor de Beldar en caso de no delatarle, bien para ganarse el de su padre en caso de hacerlo. Imaginé que, si aún no había revelado su intención, era porque seguía sopesando a quién de los dos le convenía más beneficiar.
    Agradecí al general su franqueza y me despedí, asegurándole que, como siempre, su secreto estaría a salvo conmigo. Aunque por dentro, una parte de mí estaba decepcionada. Esperaba que no fuera Beldar el asesino de su propio hermano, pero al mismo tiempo, eso significaba que tendría que continuar con la búsqueda del culpable, con todo lo que ello implicaba. El segundo sospechoso estaba ahí mismo, en palacio, y además acababa de comprometerme a hablar con él para ver qué podía averiguar. Sin ninguna excusa a mi alcance para demorarlo, tenía que intentar algo que hasta el momento había sido imposible, tanto por su parte como por la mía. Mantener una conversación sosegada con el cardenal Baptiste.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

miércoles, 18 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo V

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No sabíamos de cuánto tiempo disponíamos. Aprovechando una distracción de mi escolta, nos dirigíamos la posada de Pierre sin que nos siguieran, aún a riesgo de la sanción que podía recibir más adelante. Allí era donde se hospedaban los Doce de Vaughan. Como pago por el alojamiento de los mercenarios, el Conde proveía gratuitamente al propietario de pan y cerveza, que dicho sea de paso, era lo que más consumían los variopintos inquilinos. Pese a que sus modales eran toscos y de cuando en cuando ocasionaban desperfectos, como sucedió en la víspera del crimen, Pierre y su esposa consentían tenerlos en el local y darles de comer por lo eficaces que resultaban ser en la defensa de la ciudad. Y porque, aun con todo, se sentían protegidos con ellos cerca.
    Mientras caminábamos a toda prisa, mi amigo me hablaba en voz baja de ese misterioso hombre que una vez fue prisionero de Covenant. Su nombre era Ludovico, lo cual no me decía mucho. En cambio, cuando me lo describió, logré ubicarlo con facilidad. Nunca había tratado con él, pero le conocía de vista. En alguna ocasión lo había tenido cerca mientras luchábamos contra la gente del Barón. Era uno de los Doce de Vaughan, el más joven. Casi siempre acompañado de Eduardo, el mismo que había protegido a Aelis durante mi ausencia el día anterior.
    En la entada a la posada nos recibió Anna-Marine, una mujer de pelo rojizo que pagaba su estancia cobrando a los hombres a cambio de sus favores. Era ella misma quien elegía a sus clientes y no a la inversa. Siempre llevaba encima una daga que no dudaba en usar contra quien intentara algo sin haber llegado antes a un acuerdo. Muy apreciada y respetada por los Doce de Vaughan, podía decirse que pertenecía al grupo. Aunque no en calidad de guerrera, sino de informante. En ocasiones ofrecía sus servicios a los soldados del Conde, estando bien enterada de lo que sucedía dentro de palacio. Al pasar por su lado, Anna-Marine ofreció a Vaughan su primer beso del día a cambio de la promesa de una jarra de cerveza. Este, a pesar de la premura, se detuvo un instante para tomar la parte del trato que le correspondía. Siempre percibí que había algo entre ellos, aunque mi amigo parecía reticente a confirmarme si estaba o no equivocado. A mí, en cambio, me saludó a desgana, como ya estaba acostumbrado a que hiciera. Nunca pretendí ser uno de sus clientes ni recordaba haberme dirigido a ella de manera que pudiera resultar ofensiva, por lo que no comprendía por qué mi presencia parecía despertar en ella cierta incomodidad. Sin embargo, no era momento de averiguarlo. Había cosas más apremiantes.
    – Ludo – llamó Vaughan entre su grupo de guerreros. Solían conversar y reír escandalosamente mientras bebían, pero ese día era diferente. En cuando nos vieron entrar se hizo un silencio solamente roto por el sonido de las brasas y el burbujeante caldero que siempre estaba encendido. El obediente muchacho se levantó y, tras un gesto de su superior con la cabeza, cogió su jarra para acompañarnos a otra mesa más apartada. Allí nos sentamos los tres. Una vez se retomaron las conversaciones en el lugar, mi amigo me presentó al joven.
    – Puedes confiar en mí, guardaré tu secreto – le dije para tranquilizarlo y que le costaba menos hablar –. Vaughan responde por ti, así que supongo que yo también puedo confiar.
    – Podéis, Capitán. Deseo ver al Barón muerto tanto como vos.
    – Lo sé. Te he visto luchar a nuestro lado. ¿Por qué cambiaste de bando?
    – No lo habría hecho de no ser por Vaughan y sus hombres. Ellos me capturaron, devolviéndome la cordura que me había sido arrebatada.
    – ¿Cuánto tiempo estuviste bajo la influencia de Covenant?
    – Desde que era niño. Asaltaron mi aldea y, a los que sobrevivimos, nos llevaron a la fuerza a ese castillo. Toda mi familia pereció. Yo, en cambio, tuve la desgracia de sobrevivir.
    – Puedo imaginar tu angustia y lo lamento. Debió ser insoportable para haber deseado la muerte.
    – La Condenación Eterna no puede ser peor. Se divertían conmigo. Me torturaban y me obligaban a hacer cosas inefables. A beber sangre. Hasta que me volví como ellos. Como el Barón.
    – ¿A qué te refieres? ¿Llegaste a matar?
    – No. Pero... comí y bebí. Y disfruté.
    El joven estaba claramente perturbado al recordar su experiencia. Preferí dejar ese asunto y centrarme en el que urgía.
    – Dicen que quien atacó al general Beldar fue un hombre de Covenant. ¿Crees que es posible que también fuera quien asesinó a Cristian?
    Ludovico negó con la cabeza.
    – Explícate.
    – Según he oído, el crimen tuvo lugar por la mañana, recién salida el alba. A un siervo del Barón le hubiera resultado imposible luchar en esas condiciones.
    – Sé cuánto les merma la luz del sol. Gritan, se retuercen y tiemblan como si tuvieran fiebre. Pero tú no sufres tales efectos.
    – Los sufrí. Era la primera vez que me enviaban con un grupo para atacar Villesainte, y me quedé atrás. Entonces fui capturado por el jefe Vaughan y sus entonces dos acompañantes.
    – Uno de ellos era Eduardo– me aclaró Vaughan –, al que bien conoces. El otro era Deveraux.
    – ¿El desertor de las tropas del Rey Enrique?
    – Él fue quien me propuso capturar con vida a un hombre de Covenant para conocer mejor al enemigo. Resultó ser una buena idea, aunque requiere de mucha paciencia. Por eso el terco de Beldar nunca ha hecho algo similar, a pesar de que se lo sugerí varias veces.
    – ¿Es pasajero, entonces? ¿Después de la fiebre, vuelven a la normalidad?
    – No del todo – respondió el joven –. Me encontraba débil y aturdido. Por dentro seguía oyendo la voz de mi amo llamándome. Le necesitaba como un borracho a la bebida. Ese anhelo no desapareció hasta la tercera noche.
    –Covenant podría, entonces, haber entrenado a uno de sus guerreros para que desarrolle resistencia a la luz.
    – Por lo que sé, no lo creo. La oscuridad, la sangre, la influencia del Barón... Son como afluentes que convergen en el mismo río. En una fuerza que te arrastra y te somete. Renunciar a ella es un proceso largo y doloroso, no puedes hacerlo sólo en parte. O estás en la sombra, o no lo estás.
    – Entiendo. ¿No hay entonces ninguna posibilidad?
    – Aunque así fuera, lo considero un plan demasiado elaborado para el Barón. El ataque de anoche, en cambio, es más propio de él. Pero actuar con tanta premeditación, con tanto sigilo…
    – Coincido. Si fuera tan astuto, ya hace tiempo que habría tomado Villesainte.
    Durante un momento guardé silencio. Estaba algo molesto, aunque no con el muchacho. Empezaba a cansarme la idea de que tal o cual sospechoso del crimen fuera demasiado necio para cometerlo. Me quedé pensando en lo que había dicho el antiguo siervo de Covenant sobre su dominio. El frustrado asesino de Beldar antes había sido soldado de Villesainte. Según el testimonio de Ludovico, aunque lograra exponerse al sol, se encontraría demasiado débil para hacer todo lo que hizo el asesino de Cristian el domingo en la mañana. De lo contrario, habría recuperado también su cordura, y en tal caso hubiera optado por desobedecer a su amo. Había acertado, pues, en darle al Cardenal una pista errónea. El asesino de Cristian y el atacante de Beldar eran dos personas diferentes, como ya me figuraba.
    Tal vez a causa de los malos recuerdos que le había despertado la conversación, o tal vez por mi ausencia de preguntas, Ludovico aprovechó para terminarse su jarra. Vaughan le dio una palmada en la espalda que casi le hizo derramar la poca cerveza que le quedaba, y le autorizó a marcharse si yo estaba de acuerdo. El encuentro había sido breve pero útil. Ya habría más ocasiones. El chico se despidió respetuosamente y, en cuanto se alejó un poco, Vaughan se apresuró a hablarme de nuevo.
    – Antes de que aparezcan los cretinos que te vigilan hoy, tengo que decirte otra cosa. Entre los guardias se comenta que no solo Cristian se ausentó en la misa. Beldar llegó tarde y, al parecer, algo sofocado.
    De nuevo guardé silencio durante un instante, intentando asimilar lo que Vaughan acababa de decirme. Esa información, seguramente, la habría conseguido a través de su espía de pelo rojizo. Pero cuanto más averiguaba, más dudas tenía. Si Beldar no estaba en misa cuando murió su hermano, ¿dónde se encontraba?
    Antes de alcanzar a pensar en alguna posible respuesta, apareció mi escolta. Anna-Marine intentaba distraerlos, sin duda confabulada con Vaughan. Suerte tuvieron de que no sacara su daga tras la brusquedad con que la apartaron. Se les veía furiosos, tal vez asustados por las consecuencias que habrían sufrido si yo hubiera llegado a fugarme. Parecieron tranquilizarse al descubrir que no era así, pero a partir de entonces su vigilancia se volvería más dura.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

domingo, 15 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo IV

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Aelis me alertó sobresaltada, pero yo ya estaba despierto. Esa noche solo había conseguido dormir un par de instantes. Incluso tuve la extraña sensación de que todo había sido un sueño. Que Cristian y Hereward seguían vivos y yo no había sido acusado de sus muertes. Pero tuve que volver a la realidad cuando sonaron las campanas de las torres de vigilancia. Empuñé mi Slicer y salí de la choza, encontrando firmes a los dos guardias. Les ordené que desataran los caballos, pero me instaron a calmarme. Decían que no se trataba de un ataque y parecía cierto. A pesar de las campanadas, no se percibía el habitual ajetreo que solía indicar cuándo se aproximaban las tropas de Covenant, sólo había unos pocos soldados en actitud de búsqueda. Uno de ellos cabalgó a toda prisa hacia nosotros.
    – ¿Ha estado vigilado todo el tiempo? – preguntó a mis escoltas.
    – No se ha movido de aquí. ¿Qué sucede?
    – Han atacado al General durante el velatorio de su hermano.
    Por mi parte, tenía motivos para sentir alivio al escuchar esa mala noticia. De haberse tratado de otra batalla contra el Barón, tal vez no se me habría permitido luchar. Además, si el ataque a Beldar había tenido lugar durante el velatorio, habría sido presenciado por más personas que podrían dar testimonio de mi inocencia. Pero aquello iba mucho más allá de mis intereses. En el mismo día en que el Conde había perdido a un hijo, le habían estado a punto de matar también al otro. Si era Covenant quien estaba detrás de todo, se había vuelto más certero que nunca. La ciudad entera corría peligro.
    Pese a la mirada de desaprobación de los guardias, Aelis y yo montamos sobre Glissant para acudir rápidamente a la ciudad. Cuando avisaban de un ataque solíamos dirigirnos a la casa de Gilsa y Otilia, las dos mujeres acusadas falsamente de brujería por el cardenal Baptiste. La dejaba con ellas y yo partía para cumplir con mis obligaciones como capitán. Aunque la situación de esa noche era diferente, seguimos el mismo proceder. Tras asegurarme de que Aelis estaría bien con sus amigas, fui a palacio con mis escoltas para averiguar lo que había sucedido. Al llegar encontré a Beldar consciente, sin apenas inmutarse mientras una sirvienta le limpiaba la herida. Afortunadamente, no parecía grave. Siendo un hombre fuerte, tardaría poco en recuperarse. Parecía más dolido en el orgullo. Según me contó el padre Evelio, el General había sido apuñalado por la espalda mientras se despedía del cuerpo de su hermano. El responsable era uno de nuestros soldados, que fingía aproximarse para presentar también sus respetos. Al parecer, el cardenal Baptiste advirtió que el hombre portaba un puñal y alertó a la víctima, quien esquivó el golpe lo suficiente para recibirlo en el hombro izquierdo en lugar de en mitad de la espalda, como parecía ser la intención del atacante. Después, y sin que me quedara claro cómo, pues estaba rodeado, el frustrado asesino consiguió escapar. Fue por ello que hicieron sonar las alarmas que despertaron a toda la ciudad.
    El propio General ratificó lo que decía el padre Evelio mientras la sirvienta terminaba de colocarle el vendaje. Me contó, además, que el soldado que intentó asesinarle era uno de los hombres caídos en una infructuosa misión de tomar el castillo de Covenant, por lo que se le había dado por muerto. No pudimos seguir hablando de ello, pues el Conde pidió a Beldar que se retirase a sus aposentos para descansar. Parecía que la pérdida de su primogénito había llevado al padre a redescubrir el amor, o al menos la preocupación, por su segundo hijo.
    Era probable que el hombre que había intentado matar a Beldar fuera el mismo que asesinó a Cristian. Había sido enviado por el Barón, sin duda, por lo que tendría la mente tan perturbada como su nuevo amo. Arrancarle una confesión para demostrar mi inocencia iba a ser más que difícil. Aun así, no debía decantarme todavía por una sola posibilidad.

    A la mañana siguiente, tras la sentida misa, el cuerpo del difunto fue llevado en cortejo al panteón familiar para que descansara junto a su madre. A pesar de su reciente herida, Beldar fue uno de los cuatro hombres que cargaron con el féretro. Yo también quise ayudar, en parte para disipar en lo posible las sospechas que se cernían sobre mí. Junto con Vaughan y mis dos escoltas, portamos el ataúd de Hereward, a quien también se le dio digna sepultura, aunque de mucha menor relevancia. Posteriormente, en el banquete, me arrepentiría de haberme prestado a ello, pues durante la marcha divisé a Lucio Vargas y al su escudero Tadeo entre la multitud que seguía el cortejo. Pensé en interrogarles más tarde, pero no hubo otra ocasión en todo el día. No volví a ver al hispano y nadie sabía dónde localizarlo, ni siquiera su joven ayudante. Con este último sí pude tener unas palabras, aunque solo sirvieron para corroborar lo que me dijo Aelis que le habían contado sus amigas la noche anterior. El sábado, víspera de los crímenes, su señor y él quedaron sin hospedaje en la posada por culpa de los hombres de Vaughan, que habían destrozado la única habitación disponible. De modo que fueron a hablar con la hermana de Gilsa, Elfrida, una muchacha de la edad de Tadeo con la que entendí que este tenía cercanía. Tanto él como su señor fueron invitados a pasar la noche en casa de las mujeres. Vargas autorizó a su escudero a dormir allí, pero declinó la oferta de quedarse él, alegando que no quería causar molestia. Aunque ciertamente, el motivo debía ser otro. Cuando el caballero y su acompañante llegaron a la ciudad, no tenían intención de quedarse por mucho tiempo. Vargas decía haber oído hablar sobre los Doce de Vaughan y pretendía contratarlos, en representación de su señor Sancho Ramírez, para su lucha en la Reconquista. No obstante, sus planes acabaron torciéndose. Pese a que mi amigo estaba interesado en la misión que le ofrecía, no podría aceptarla hasta haber terminado la que tenía con el Conde. El hispano decidió, pues, permanecer allí a la espera. Poco a poco, fueron gastando el oro que portaban hasta que su cofre quedó vacío, volviéndose su condición claramente precaria. Por eso, no era de extrañar que fuera la incomodidad de verse aceptando caridad de unas plebeyas lo que hubiera llevado a Vargas a rechazarla. Tadeo ignoraba dónde había pernoctado su señor aquella noche, dejándome con un nuevo interrogante.
    Hasta el momento, nada me había llevado a pensar que el hispano fuera un hombre malicioso o deshonesto, pero la desesperación podría haberle empujado a cambiar. De ser el asesino del heredero del Conde, él tenía una motivación que lo justificaba. Inclinar la balanza a favor de Covenant para poner fin a la guerra, pues la otra opción no parecía haberle dado resultado, de forma que los Doce de Vaughan estarían disponibles para ser contratados por él. En ese caso, era posible que incluso hubiera hecho un pacto con el propio Covenant y gozara de su protección, de ahí sus repentinas desapariciones.
    Tras hablar con el joven, me dirigí hacia Vaughan para averiguar si había recibido alguna oferta extraña por parte de Vargas. Tal vez, este le hubiera preguntado cuál sería su proceder si finalmente el Conde perdiera la guerra. No obstante, en mi camino me crucé con el cardenal Baptiste, quien inesperadamente se dirigió a mí con mejores formas que la mañana anterior.
    – Capitán. Quisiera hablar con vos un momento – me dijo posándome la mano en el pecho para detenerme.
    – Conforme, cardenal. Decid – aunque no era de mi agrado, pensé que la conversación podría resultar reveladora.
    – No puedo afirmar que esté convencido de vuestra inocencia, pero creo que me precipité al presionado al Conde en su veredicto. Me queda claro que, al menos, el ataque al General no fue cosa vuestra.
    – Sé que sois un hombre astuto. Aprovecho de paso para felicitaros. Se comenta que si Beldar salvó la vida fue gracias a vos, y que tanto él como el Conde os están muy agradecidos. En cambio, otras cosas se os escapan, como el engaño perpetrado por el verdadero culpable.
    – Hablando de ese posible culpable, ¿cómo avanza vuestra búsqueda? ¿Hay alguien a quien tengáis pensado señalar? Cuidad dónde ponéis el dedo.
    Ya me lo figuraba. El usurero cardenal Baptiste jamás hacía algo que no desembocara en su propio beneficio, y al fin delató su verdadera intención. Quería provocarme para que hablara más de lo debido. Pero no iba a caer en su treta para sonsacarme.
    – Hasta ahora, la opción que más considero es la de un hombre enviado por el Barón Covenant. El mismo que anoche atacó al General. Encontrarle a él es encontrar al asesino de Cristian.
    – Estoy en desacuerdo con eso, pero coincido en vuestro deseo de atrapar al atacante. Si en algún momento necesitáis de mi ayuda en ese menester, no dudéis en contar con ella.
    Expresé agradecimiento con la misma falsedad con la que él había formulado esa oferta, y reanudé mi camino hacia Vaughan. No quería dar a ese encuentro más importancia de la que merecía. Cuando por fin alcancé a mi amigo, le pregunté si había visto a Vargas o si este le había comentado algo inusual. Su respuesta en ambos casos fue negativa.
    – Pero tengo algo importante – me dijo en voz baja –. Puedo arreglarte un encuentro con un hombre que, algunos años atrás, fue siervo de Covenant.
    Me resultó imposible ocultar mi asombro. Él prosiguió.
    – Hasta ahora hemos guardado su secreto por temor a que llegara a oídos del cardenal y éste ordenara su tortura y ejecución.
    – ¿Cómo? ¿Lo tenéis aquí mismo, dentro de los muros? ¿Habéis pensado en los estragos que podría causar si escapa?
– Créeme, es inofensivo para la gente de esta ciudad.
– Has matado a muchos de esos salvajes, sabes cómo son. ¿Qué le hace a este diferente?
    – Que ahora obedece a un nuevo amo, y ese soy yo.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

jueves, 12 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo III

0


Por la posición del sol, sabíamos que era ya mediodía. Quería ver a Aelis y, además, el ayuno me estaba debilitando, así que nos dirigimos a la choza. Ya que íbamos allí, Vaughan sugirió echar un vistazo a mi armadura. Tal vez pudiéramos averiguar por dónde había andado el asesino o cualquier otra pista. «Puede que el muy cobarde sufriera incontinencia fruto de los nervios y no le diera tiempo ni de quitársela», bromeó. Hugo le rio la gracia, y secretamente yo también. Cuando llegamos a la choza, recordé por qué siempre le perdonaba ese tipo de comentarios impertinentes. Para proteger a Aelis había enviado al más leal y correcto de sus hombres, Eduardo. Mi viejo amigo confiaba en todos ellos, era requisito indispensable para ingresar en los Doce de Vaughan, pero especialmente en él. Permanecía sentado junto a la puerta. Aparentemente tranquilo, pero atento. Avisó de nuestra llegada a Aelis, quien se apresuró en salir a recibirnos. En cuanto me vio, corrió a mis brazos. Al parecer, ya le habían puesto al corriente sobre el veredicto del Conde.
    – No pasa nada – le dije para tranquilizarla –. Si he salido con vida de mil batallas, saldré también de esta.
    – Más te vale – me susurró, apretándome contra sí todo lo que sus fuerzas le permitían. No podía culparla, ambos éramos para el otro toda la familia que teníamos. La guerra empezó cuando ella era pequeña y sus padres decidieron no buscar más hijos mientras durara, así que nunca le dieron hermanos. Quedó huérfana en condiciones similares a las mías, pero en orden inverso. Primero su padre cayó en la batalla y después su madre enfermó de melancolía hasta morir. Desde entonces, el mayor temor de Aelis había sido sufrir de forma similar algún día.
    Al igual que yo, ella también seguía en ayunas. La sangre y la incertidumbre habían mermado su apetito. Le pedí que pusiera a calentar el caldero; yo pelé y deshuesé dos conejos que teníamos en la despensa. Sabía que con el olor del guiso le asaltaría la misma hambre que yo sentía.
    En agradecimiento por su ayuda, invité a comer a Eduardo, así como a Vaughan. Hugo y Sigberto quedaron fuera, esperando. El primero permaneció en la puerta, el segundo fue a vigilar la parte trasera. Mientras esperábamos que se hiciera la comida, fingí dirigirme a la letrina y pasé por el establo para echar un rápido vistazo a la armadura. Aelis parecía menos tensa ahora que contaba con mi presencia y la de los invitados, así que no quería darle motivos para que volviera a pensar en el crimen. Hugo me vio y decidió seguirme, aunque no prestó demasiada atención a lo que hacía. Le dije de antemano que, si sentía la necesidad de tocar algo, se limitara a sus propias partes.
    Como ya esperaba, mi vieja protección presentaba algunas salpicaduras de sangre en el pectoral y las extremidades derechas, algo difícil de percibir a simple vista, dado el color de la armadura y el rincón oscuro en el que ésta se encontraba. En la suela de las botas no había nada destacable, sólo fango y hierba. En cuanto al interior, no hallé ningún rastro del que me había sugerido Vaughan. Sí que encontré reveladoras, en cambio, unas manchas de tierra en el yelmo que tampoco percibí en un primer momento, pues se encontraban en la parte trasera e izquierda. En la pluma roja que lo coronaba también había trazas de fango seco. No obstante, apenas las descubrí, Aelis me llamó desde la choza, así que tuve que volver. Ya pensaría en ello más tarde.
    Servimos aguamiel a los invitados y yo también tomé un poco. La bebida, la comida y la buena compañía me ayudaron a tomarme un breve descanso de mis preocupaciones. Incluso Aelis pareció disfrutar de la tertulia, a pesar de las circunstancias.
    Faltaba poco para que anocheciera cuando Eduardo decidió volver a la posada, donde se hospedaban Vaughan y sus doce hombres. En el exterior de la choza aún permanecía Sigberto custodiando la puerta. Al ver su expresión cansada y hambrienta, se me ocurrió una forma de librarme de ellos durante un rato. Le dije que me apetecía dar un breve paseo para despejarme un poco, y que estaba seguro de que tanto a él como a su compañero le gustaría probar las sobras del guiso que habían podido oler. El guardia no era muy despierto, así que tuve que darle unos instantes para que comprendiera el trato que le estaba sugiriendo. Cuando por fin lo hizo, aceptó sin dudar. Hugo le reprimió por dejarse embaucar a cambio de comida, pero en el fondo también debía agradecerlo.
    Los escoltas quedaron en la choza, saboreando su almuerzo tardío. Mientras Vaughan, Aelis y yo caminamos hacia el manzano. Nos encontrábamos casi en los límites de Villesainte, desde allí se divisaba en la lejanía el castillo del Barón Covenant. Habían encendido alguna hoguera y hasta nosotros llegaba su brillo, en forma de luz parpadeante. La presencia del ojo de Dios se iba volviendo más notoria en el cielo, cada vez más oscuro. Durante un instante, ninguno de los tres dijo nada. Nos limitamos a contemplar el paisaje y las estrellas. Finalmente, rompí el silencio.
    – ¿Recuerdas la primera noche, Vaughan? Aquella bienvenida teñida de rojo, como así las llamaste.
    – ¿Cómo olvidarla?
    – Arrebaté treinta y nueve vidas en mi primera batalla. Treinta y nueve. Cualquier otro muchacho de nuestra edad no habría conseguido ni una cuarta parte, amaneciendo con el pecho abierto, los pantalones sucios y expresión de espanto.
    – Tu padre nos adiestró bien.
    – En gran parte fue gracias a Padre, sí. Pero hubo algo que él nunca me enseñó. Lo aprendí yo solo, y creo que es lo que me ha mantenido vivo todos estos años. El primer enemigo al que debes vencer siempre eres tú mismo. Tu propio miedo. Debes seguir luchando sin mirar atrás, sin detenerte a pensar en si verás o no la luz del siguiente día. Así es como se vence.
    Aelis me miró con orgullo, mientras Vaughan asentía a mis palabras. Ambos parecieron entender. En ese momento, aunque no había ninguna batalla, me encontraba en una situación similar. Mi vida podía llegar a su fin en siete días, pero no debía limitarme a ver solo hasta ese punto. Tenía que mirar más allá, seguir adelante sin importar el peligro. Y, sin duda, la idea de dejar sola a Aelis había impulsado mi perspicacia.
    – Dicen que el hambre agudiza el ingenio – comentó Aelis.
    – Muy cierto – agregó Vaughan –. Hoy mismo lo has demostrado. Has sido capaz de sacar muchas conclusiones sobre lo ocurrido.
    – Tú me has ayudado – respondí.
    – No estaba cuando examinaste los cuerpos, ni tampoco cuando has ido a ver tu armadura.
    A Aelis pareció incomodarle esa mención a los cadáveres, así que prefirió dejarnos solos con nuestros asuntos para ir a comprobaba el estado del manzano, herencia de su padre. Aproveché la ocasión para hablar a Vaughan de los restos de tierra que encontré en el yelmo. No cabía duda de que había estado en contacto con el suelo. ¿El asesino se despojó de él antes de enfrentarse a Cristian? Tal vez lo hiciera por simple comodidad, pues, además de restar visión, el calor que se formaba durante la actividad podía llegar a ser molesto. Su oponente no era especialmente diestro, por lo que tal protección era innecesaria. Pero había otra posibilidad que me llenaba de desasosiego, y que, por algún motivo, me resultaba más probable. Que lo hubiera hecho por crueldad. Que la víctima conociera a su verdugo, y éste quisiera que aquél supiera quién estaba a punto de darle muerte. Tras hablarle de ello, mi teoría coincidió con la de Vaughan.
    – Piensas en su hermano, ¿verdad? – le pregunté, aunque ciertamente ya conocía la respuesta. Mi viejo amigo era un guerrero honorable, pero siempre había tenido problemas con la disciplina. Le costaba someterse a las órdenes del general Beldar, lo cual a menudo había desembocado en disputas entre ambos.
    – Imagino que tú también te lo has planteado. De un golpe se convierte en heredero del Conde de Villesainte al tiempo que incrimina a otro, quedando él libre de culpa. Una jugada maestra.
    – ¿Y por qué hacerle eso a su capitán, habiendo en la ciudad otras personas a las que no tiene ningún aprecio? Tú, por ejemplo.
    – Porque yo duermo en la posada, rodeado de gente, y tú aquí, fuera de los muros de la ciudad.
    – Eso explicaría por qué me han elegido a mí, pero sigo sin tener claro que haya sido obra de Beldar.
    – Confías demasiado, pequeño hermano.
    – Que quede entre nosotros lo que voy a decirte. No es más que un perro de guerra. Tiene valor, pero no le creo con astucia suficiente como para trazar un plan semejante.
    – En eso te doy la razón – Vaughan volvió a mirar al castillo que brillaba en la lejanía.
    – ¿Y qué me dices de él? ¿Crees que se ha cansado de su macabro juego?
    – Han sido tantos los que hemos perdido intentando entrar en esa fortaleza maldita… Alguno podría haber regresado, convertido en siervo de Covenant. Sabría cómo moverse y qué caminos coger para no ser descubierto.
    – Ese general estúpido. Le dije no sé cuántas veces que nos lo dejara a mí y a mis hombres, pero nunca cedió. Si no fuera por él, esta maldita guerra ya podría estar ganada.
    – O perdida, si hubierais caído todos. O algo peor. Dadas las circunstancias, es más importante la defensa.
    Ese había sido uno de los motivos por los que Beldar y Vaughan habían discutido. En un principio, el Conde pagaba a los mercenarios por su servicio. Bastante bien, por cierto. Pero después, llegaron a un acuerdo diferente. Si ayudaban a aniquilar a Covenant, Vaughan y los suyos podrían quedarse con el castillo y las tierras del Barón. Por eso al General no le parecía buena idea dejar que se adentraran en la fortaleza. Consideraba que la posibilidad de apropiarse de ella podía despertar su codicia, y que ésta les nublara en un terreno que se sabía peligroso.
    Aelis volvió a nosotros para recordarnos que debían estar a punto de cerrar las puertas de la ciudad. No quisimos seguir prologando el paseo, pues Vaughan tenía que volver con sus hombres. Tras llegar a la choza y despedirnos de él, apareció a caballo el relevo de mis guardias. De haberme demorado un poco más, los habrían encontrado a ellos comiendo y a mí ausente sin vigilancia alguna. Hugo y Sigberto se fueron a descansar o a cumplir con otra orden y los dos nuevos soldados se quedaron conmigo. Ataron sus caballos en el establo junto a Glissant, el cual siempre agradecía la compañía de sus congéneres. A esos hombres también los conocía de vista, parecían mucho más estrictos que los que me habían acompañado durante el día. Hablaron lo justo y ni siquiera se presentaron. Cerré la puerta de la choza, dejándoles fuera. Por fin pude estar a solas con Aelis, aunque la conversación fue breve, sabiendo que había dos hombres cerca pendientes de todo.
    No había sido un día de gran actividad física, pero necesitaba algo de oscuridad y silencio. Además, quería aprovechar la mañana siguiente para seguir haciendo averiguaciones. Tendría lugar el entierro de Cristian. Yo debía estar despejado para prestar atención a las reacciones y detalles de los asistentes. Así pues, nos fuimos temprano a dormir. Por desgracia, no descansaría mucho. En mitad de la noche, campanas de alarma interrumpieron mi sueño.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

lunes, 9 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo II

0


Puesto que fueron Hugo y Sigberto quienes me apresaron, suyo fue el primer turno de mi custodia. Sus órdenes eran no perderme de vista a lo largo del día e impedir una posible huida. También recaía sobre ellos la responsabilidad de que no me sucediera nada mientras me encontrara bajo su vigilancia. Debía llegar al domingo con vida para ser ejecutado públicamente, en caso de no haber dado para entonces con el asesino de Cristian. Tras explicarnos a los tres esas condiciones, los hombres del Conde nos dejaron ir.
    Preferí salir de palacio por una puerta lateral para evitar a la muchedumbre. Antes de que llegáramos al exterior, oí que alguien me llamaba «muchacho». Una voz que conocía muy bien. Hasta la innecesaria llegada del cardenal Baptiste, el padre Evelio era el único clérigo de la ciudad. A poco de morir Padre, el párroco me acogió, enseñándome el arte de la letra escrita y acercándome a la Santa Biblia. Según él, no para influir en mis creencias, sino para ayudarme a comprender y desenvolverme en ese mundo tan diferente al mío. De un modo u otro, sus lecciones siempre me fueron de utilidad.
Tras abrazarme y lamentar lo terrible de los acontecimientos, el padre Evelio me pidió que le acompañara. Los cuatro cuerpos sin vida habían sido trasladados a su capilla, como era habitual. El cardenal Baptiste había suplido varias de las funciones del párroco, pero esa en particular no debía interesarle. Mi viejo maestro, en cambio, no mostraba reparos en ayudar siempre que se le solicitara. Gracias a su inamovible ánimo por resultar útil, había tenido una sagaz idea que podía ayudarme. Permitir que examinara los cadáveres antes de que fueran limpiados y cubiertos por el sudario, para que pudiera estimar la fuerza y precisión de la mano ejecutora.
    Seguí al padre Evelio y mis escoltas me siguieron a mí, inevitablemente. En ese momento no me importaba que estuvieran al tanto de mis progresos, pero resultaron ser una molestia más que otra cosa. Sobre todo Hugo, para quien limitarse a observar no era suficiente. El muy necio cogió un pequeño frasco que resbaló de entre sus torpes dedos y acabó reventando contra el suelo. El aire de la estancia se impregnó de un aroma dulce. «Ya no será necesario perfumar a los difuntos», dijo el padre Evelio sonriendo compasivamente. Siempre sabía buscar el lado bueno de los infortunios. Tras el desliz, intenté concentrarme en analizar a los fallecidos. Empecé por el más relevante, Cristian. El corte en su cuello era bastante certero. El asesino necesitó un único golpe para despojarle de su cabeza. Tenía sangre alrededor de su cuello, lo cual indicaba que murió en pie y no tendido en el suelo. La herida de Hereward también era reveladora. Si la mano de su verdugo hubiera estado desprovista de fuerza, los pinchos del mangual únicamente se habrían clavado en su sien izquierda. Sin embargo, el arma no solo le perforó el cráneo, también lo quebró por arriba, como si quien le golpeó lo hubiera hecho desde una posición superior, seguramente a caballo. En cuanto a los dos guardias, presentaban heridas sorprendentemente similares entre sí. Ambas eran de lanza, y ambas en el pecho. Pero en un caso se encontraba a la derecha y en el otro más a la izquierda. En ese momento no supe qué sentido darle a ese hallazgo.
    Incapaz de sacarle más partido a la observación de los cadáveres, agradecí al padre Evelio su favor y le autoricé a que procediera con los preparativos funerarios. Después me dirigí, junto a mis ineptas sombras, al claro donde habían tenido lugar los crímenes. Sabía que debía hablar con Aelis para tranquilizarla, pero aquello era más urgente. Cuanto más lo pospusiera, mayor era el riesgo de que acabara extraviado o dañado cualquier rastro que pudiera encontrar allí.
    Durante el camino, de nuevo a pie, reflexioné sobre lo que acababa de descubrir. Muy a mi pesar, lo averiguado hasta ese momento me obligaba a apartar al cardenal Baptiste de entre los potenciales culpables. Quien había dado muerte a esos cuatro hombres no era un anciano ni un enclenque, sino alguien con manos fuertes y diestras, seguramente un soldado. De inmediato, vino a mis pensamientos un hombre que se ajustaba a esa descripción, y que además podía encontrar algún beneficio en la muerte del heredero Cristian. Su hermano Beldar. Era pronto para que el Conde se pronunciara sobre quién le sucedería tras la pérdida de su primogénito, pero era evidente que elegiría a su segundo hijo, a pesar de que no lo tenía en tan alta estima como al primero. ¿Interés en el condado? ¿Celos de hermano? Cualquiera podía pensarlo. Yo, en cambio, conocía a mi general lo suficiente para saber que ambas cosas resultaban improbables. Beldar aborrecía la política y sus limitaciones. Opinaba que la reflexión y las buenas formas no salvarían a Villesainte, sólo la acción directa. Ni siquiera tenía aspecto de gobernante. Se dejaba crecer el pelo más de lo habitual por aquellas tierras. Muy a menudo prescindía de la parte superior de su indumentaria y protección, permaneciendo a pecho descubierto, mostrando su desarrollada musculatura. En Götaland hubiera sido un temible berserker. Y lo más importante: no estaba dispuesto a jurar lealtad a un duque que nos desproveía de soldados al tiempo que nos daba la espalda. Tampoco tenía motivos para pensar que sintiera celos de su hermano. Nunca había envidiado su posición como heredero. El profundo aprecio que le mostraba era recíproco. A menudo, solían aliarse en contra de su padre cuando uno de los dos discutía con este. Sin duda, Beldar no sería mi primera opción de quien sospechar. Aún así, era pronto para excluir a nadie.
Mis reflexiones hicieron que el camino hacia el lugar de los fatales hechos se me hiciera breve. Cuando llegamos, encontré a Vaughan hablando con un guardia, señalando algunas partes del claro. Al acercarme pude apreciar las manchas de sangre que había en el suelo.
    – Una mañana intensa, pequeño hermano – dijo Vaughan al verme. Siempre me había llamado de esa forma, y parecía que nada desmejorase su buen humor.
    – Toda la semana lo será.
    – Mi capitán – intervino el guardia –. Fui yo quien halló a los tres hombres muertos y al cuarto a punto de reunirse con el Creador.
    – ¿Cuáles fueron exactamente sus últimas palabras?
    – Me temo que fue bastante preciso. Dijo: «Nos ha atacado el Caballero Oscuro».
    Así era, en efecto, como solían llamarme los soldados de Villesainte, a causa de mi bien distinguible armadura. El hombre al que interrogaba no parecía mentir, y nada justificaba que me estuviera incriminando deliberadamente salvo la coacción. Preferí despojarme de toda duda al respecto.
    – ¿Qué viniste a hacer aquí cuando los encontraste?
    – El Conde me envió. Quería saber por qué su hijo y Lord Hereward no habían acudido a la misa del cardenal Baptiste. No habría sido la primera vez que desoían las campanas de la iglesia para continuar con su entrenamiento.
    – ¿Y qué hiciste tras atender al último hombre en morir?
    – Cabalgué a toda prisa para comunicárselo a mi señor, por supuesto. Éste me acompañó junto al general Beldar y otros dos hombres. Más tarde llegó un grupo en carro para que recoger los cuerpos.
    – Tanto el Conde como su hijo estarían muy afectados – indagué.
    – Naturalmente. Nunca había visto a nuestro general tan abatido.
    Por un momento, me quedé sin ideas sobre qué más preguntar a ese hombre. Vaughan debió darse cuenta, pues para ayudarme, le pidió que me repitiera lo que le había contado a él. Según la disposición de los cuerpos, el asesino parecía haber trazado una trayectoria. Empezaba en el granero, de donde, nos figuramos, cogió las dos lanzas con las que ensartó a los guardias, y terminaba en la posición de Cristian, el más alejado. Hugo y Sigberto así lo corroboraron, puesto que pertenecían al grupo que acudió en el carro. Fue Hugo quien recogió el mangual, que yacía en el suelo, no muy lejos de los restos de Hereward. Dejaron intactas las demás armas encontradas en el lugar, la mayoría pertenecientes a las víctimas. Salvo las lanzas, que fueron extraídas de los cuerpos de los guardias para facilitar su transporte.
    Después de dar permiso a mi informante para que volviera a sus obligaciones, me quedé en el lugar con Vaughan y mis dos escoltas, los cuales se limitaron a retirarse y observar. Había algo extraño en relación a los guardias muertos. Dada la posición en la que los encontraron, estaban de espaldas al asesino según el recorrido de este. Sin embargo, habían sido atacados frontalmente, como pude comprobar en la parroquia del padre Evelio. Ambos mostraban heridas más o menos a la misma altura del pecho, alineadas a diferentes lados. Examinamos las manchas de sangre y las huellas sobre esa tierra húmeda. Eran pisadas de caballos, orientadas en dirección al asesino. Éste también iría sobre su montura en el momento de atacarlos. Nuevamente, pensé que debía tratarse de alguien fuerte si, como era mi teoría, cargó contra los dos al mismo tiempo, empuñando una lanza para cada uno.
    Siguiendo las pisadas, el asesino continuó hacia Cristian y Hereward. Si estaban entrenando, se hallarían a ras de suelo. Además de esa desventaja, no encontré ningún escudo con el que hubieran podido cubrirse, sólo espadas. Seguramente tardarían en reaccionar, creyendo que era yo quien se había presentado en su lugar de entrenamiento para unirme a los ejercicios. Todo ello actuó en la contra de Hereward, el siguiente en morir según los restos que aún quedaban esparcidos por el suelo. Descubrimos aquí otro dato sobre el anónimo jinete: quería terminar lo antes posible. De haber tenido algo de honor, se habría bajado del caballo para combatir justamente contra Hereward. Pero, en lugar de eso, blandió mi mangual, colgado del cinturón que rodeaba la armadura robada, y con él reventó el cráneo de su oponente.
    Distinto fue su modo de actuar con Cristian, lo cual delataba quién era su verdadero objetivo. Esa vez sí abandonó la montura para luchar a ras de suelo. Quizá porque así resultaba más fácil decapitarle con un golpe limpio, manteniendo la cabeza intacta y, por tanto, fácilmente reconocible, para después dejarla en mi establo e incriminarme. Poco pudo haber hecho el inexperto Cristian contra su verdugo. Debió ser un combate desigual. Una victoria deshonrosa. Cuando el asesino hubo terminado su macabra tarea, clavó la espada sanguinolenta en la tierra, donde aún permanecía, y decidimos dejar tras examinarla. Al igual que las lanzas, debía haberla cogido del granero. Usó mi mangual contra Hereward. ¿Por qué no también mi Slicer para decapitar a Cristian? Aelis y yo la teníamos a buen recaudo dentro de la choza. Seguramente, habría encontrado demasiado arriesgado entrar a por ella. Ante todo, no se trataba de alguien impulsivo, sino prudente.
    Esas fueron mis conclusiones tras analizar el lugar. El granero no parecía esconder más secretos. Recogimos los utensilios desperdigados por el área que no estuvieran manchados de sangre y los guardamos. Era, al fin y al cabo, un buen depósito de armas. Mantenerlo como sus difuntos propietarios hubieran hecho era una manera más de honrarles.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano