viernes, 17 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XV

0


La luz era tenue, procedente de una única vela encendida. Las sombras bailaban a mi alrededor con el temblor de la llama. Una figura, en cambio, se mantenía inmóvil, sentada en un taburete, a los pies de la cama sobre la que desperté. Era Vaughan. Supe entonces que me encontraba en la posada. A través de una ventana, vi que en el exterior había anochecido ya, y llovía. Me apresuré en incorporarme, pese a que aún no me había recuperado.
    – Tú… ¿Qué has hecho?
    – Sé que no me creerás, pero ha sido por tu bien. Ibas a conseguir que os mataran a los dos. Te he traído aquí para que no sufras enfriamiento, necesitarás fuerzas para lo que está por llegar.
    – ¡¿Qué has hecho?!
    – Cállate o tus malditos escoltas se enterarán de que has despertado y vendrán a meter sus narices.
– ¿Que me calle? ¡Van a matarla por tu culpa!
    Tal y como predijo Vaughan, los dos soldados entraron en la habitación. Opté demasiado tarde por guardar silencio y reflexionar. Era cierto que mi plan de huida, fruto de la desesperación, tenía pocas probabilidades de éxito. Pero en ese momento no era capaz de disculparme ni de agradecer su gesto. No cuando él mismo había provocado esa situación, permitiendo luego que se la llevaran. Si la condena a muerte de Aelis era su forma de demostrarme que no quería deshacerse de mí para quedarse con ella, Vaughan estaba más perturbado de lo que imaginaba. Me resistí a creer que fuera así. Lo más que deseaba después de salvarla era estar equivocado respecto a él, pero esa esperanza se disipaba al recordar la conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me levanté, furioso. Encontré mis botas junto a la cama.
    – Iré a ver al Conde – dije, más a los soldados que a Vaughan. Fueron las últimas palabras que pronuncié antes de salir de allí.
    Atravesé la lluvia hasta llegar a palacio. Me alegré de que a mis escoltas les resultara molesto seguirme. A pesar de que el Conde, Beldar y el cardenal estaban cenando, seguía siendo el Capitán, de modo que los guardias no pudieron negarme el paso. Insistí en hablar a solas con el Conde. Este se disculpó ante los otros dos comensales y abandonó la mesa. También ordenó a sus hombres que mantuvieran la distancia para que nuestra conversación fuera privada.
    – Te comprendo muy bien, Van Croff. Sé lo doloroso que es perder a un ser querido. Pero esta vez no puedo ofrecerte ninguna alternativa.
    – Mi señor, la acusación es absurda. ¿Cómo iba ella a poder llegar hasta la capilla, matar al padre Evelio y regresar al mismo tiempo que mi escolta y yo nos dirigíamos allí? Sin ser vista, además, por nadie. Ni siquiera por alguno de nosotros.
    – Del mismo modo en el que el hombre enviado por mi tío para matar a Beldar pudo esquivar a tantos guardias antes de huir.
    – Ella nunca ha pertenecido a Covenant.
    – Estaban en su poder la cabeza y el arma con que esta fue cortada.
    – Alguien las colocaría en su cesta.
    – Eso puedo creérmelo una vez, no dos.
    – ¿A qué os referís?
    – No sólo se le acusa de la muerte del padre Evelio.
    Con asombro y horror a partes iguales, comprendí lo que quería decirme.
    – ¿De verdad pensáis que una sola mujer podría sacar fuerzas para asesinar a cuatro hombres, tres de ellos adiestrados en las armas?
    – ¿Quién despertó antes la mañana del domingo? ¿Tú o ella?
    – Fue ella quien me alertó. Su sueño es muy ligero y el caballo estaba agitado.
    – Según dices, el asesino portaba tu armadura. ¿Cómo explicas que se agitara cuando la devolvió a su lugar pero no cuando la sustrajo?
    Para aquello me quedé sin respuesta, aunque sabía perfectamente que no tenía por qué significar nada. En lugar de responder a su cuestión, le dije lo único que sabía con certeza.
    – Ella no puede ser una esclava de Covenant. No se ha separado de mí ni un solo día durante años y sus padres murieron por culpa de él, directa o indirectamente.
    – ¿Qué edad tenía ella cuando la conociste?
    – Quince años, mi señor.
    – Tiempo más que suficiente. Pero tienes razón, puede que no fuera una esclava de mi tío. Puede que simplemente ayudara a alguien.
    – Eso lo averiguaremos mañana – importunó a mi espalda el cardenal Baptiste –, cuando le extraigamos su confesión. Suplicará por el perdón de su alma.
    Tuve que contener mi furia para no golpearle hasta quedar con los nudillos en carne viva. Me aproximé al clérigo, obligándole a paladear mi aliento.
– Os hice una advertencia anoche, cuando aún me quedaba algo que perder. Ahora os hago otra muy distinta. Como volváis siquiera a insinuar que pretendéis torturarla, juro por los dioses que mataros será lo último que haga. Es una insensatez provocar a un hombre desesperado.
El clérigo no volvió a abrir la boca. Yo, por mi parte, lo ignoré como debería haber hecho desde el principio, y me dirigí de nuevo al Conde. Aún me quedaba algo por intentar.
    – Mi señor. Si ahora es ella la sospechosa y no yo, os ruego que, al menos, me despojéis de la vigilancia a la que estoy sometido. Al fin y al cabo, ayer pude haber huido y no lo hice. Eso debería serviros como muestra de mi entrega y obediencia.
    – No dudo de ti, Van Croff. Pero en este momento y tal como están las cosas, no es posible. Créeme que lo lamento.
Estaba claro que de aquella conversación no iba a sacar nada de provecho, y mucho menos estando presente el cardenal. Me despedí del Conde todo lo respetuosamente que pude y me dirigí a la salida. Por el camino encontré a Beldar, quien llevaba una prenda arrugada en la mano.
    – Capitán, fuera está diluviando. Ya que no puedo hacer otra cosa por ayudaros, al menos quisiera obsequiaros con esta capucha para que os proteja. Es mía, así que probablemente os esté grande. Pero os aseguro que, gracias a su tela gruesa, llegaréis completamente seco a vuestro destino.
    Además de su trato formal, desconcertante para la circunstancia en que nos encontrábamos, percibí en él una mirada de complicidad. Cogí la capucha.
    – Gracias, mi general.
    – Y otra cosa. He dado orden a los guardias para que os permitan visitar a la prisionera en privado durante toda la noche.
    – Sois muy amable, mi general. De nuevo, gratitud.
    Me puse la capucha y salí al exterior. Mis escoltas volvían a mojarse. Yo, en menor medida, también. La prenda que me había dado Beldar no era tan buena como decía. Entendí entonces que su verdadero regalo era otro. Gracias a él, al menos tenía una oportunidad de salvar a Aelis. Esa vez pude tomarme mi tiempo para trazar un plan.
    A medida que caminaba bajo la lluvia, me fui encorvando gradualmente para fingir que mi estatura era menor. No hablé durante todo el trayecto a la prisión y oculté mi rostro. Únicamente me retiré la capucha al presentarme ante los guardias, para identificarme y demostrarles que iba desarmado. Después afirmé sufrir enfriamiento y volví a llevarla incluso dentro del calabozo. Un vigilante me acompañó hasta la celda en la que Aelis se encontraba prisionera. Abrió la puerta y me dejó entrar, volviendo a cerrarla con llave tras mi paso. Los escoltas quedaron fuera. Tal y como les había ordenado su general, todos se retiraron y nos dejaron a solas.
    Aelis estaba acurrucada en el suelo, tendida sobre una manta. Nunca la había visto así. Ensimismada, como si no se hubiera percatado de mi presencia, aunque era imposible que no me hubiera oído entrar. Me acerqué despacio para no asustarla. Miré sus manos; cerraba los puños con fuerza. No me dio tiempo de decirle nada cuando se giró hacia mí al tiempo que se levantaba rápidamente, asestándome varios golpes en la cara. Debía estar confundiéndome con algún indeseable que pretendía abusar de una condenada a muerte. Cuando me despojé de la capucha y dejé que me viera, su expresión cambió drásticamente. Me abrazó y me besó mientras se deshacía en disculpas.
    – ¿Te han hecho daño?
    – No se han atrevido.
    – El cardenal quiere arrancarte una confesión, pero no voy a permitir que eso pase. He venido a sacarte de aquí.
    Por un momento, me miró con el rostro iluminado.
    – ¿Vamos a huir? Abandonémoslo todo. Vámonos a donde nunca nos encuentren.
    – Escúchame con atención – la interrumpí –. Vas a ponerte esta capucha y fingir que eres yo. No hables ni te expongas en ningún momento, ni siquiera les dejes ver tus manos. No hagas nada que te delate. Mis escoltas te acompañarán hasta la choza. Allí permanecerás mientras ellos quedan fuera y buscarás el momento adecuado para huir. Pero debe ser antes de que amanezca. Si es necesario usa tu espada, pero asegúrate de que no vuelvan a capturarte y de que nadie en la ciudad sepa dónde estás. No vayas a casa de Gilsa y Otilia, seguramente te busquen allí. Dirígete a la herrería de Yeray y pídele refugio. Dile que es mi último deseo.
    – ¿Y qué pasará contigo?
    – Yo me quedaré aquí. Me ocultaré y fingiré que ser tú. Para cuando descubran el cambio ya será por la mañana y tú estarás fuera de su alcance.
    – Pero te matarán.
    – No hasta el domingo, con suerte.
    – Entonces no acudiré al herrero, sino a Vaughan. Él me ayudará a rescatarte.
    – Ya no podemos confiar en él, es peligroso. ¿Viste que me atacó cuando me disponía a librarte de los guardias? Estamos solos.
    Dos cascadas de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Sus labios temblaban.
    – Pero, amor. Aunque consiguiera hacer lo que dices, ¿qué vida me esperaría sabiendo que he huido para que mueras en mi lugar?
    – ¿Qué vida crees que me espera a mí después de contemplar cómo te queman viva, sabiendo que tuve en mis manos la oportunidad de salvarte de ese horror y no la aproveché?
    – Sé que soy fuerte, pero tú lo eres más. Durante un tiempo te hundirás y llorarás mi muerte, luego te recuperarás y buscarás venganza. Cuando te la hayas cobrado, serás un hombre proscrito aquí, pero podrás regresar a tu tierra y empezar una nueva vida. Tal vez con otra mujer.
    – No es eso lo que quiero. Nunca habrá otra.
    – Lo que los dos queremos ya no es posible. Seguramente nunca lo fue.
    Me quedé sin palabras. Era cierto que nuestro amor había sufrido trabas desde prácticamente su inicio. Hizo falta mucho tiempo, demasiado, hasta que sus progenitores acabaron aceptándome, pues sabían quién era yo y no me consideraban buen partido para su hija. Dada mi condición de soldado, pensaban que acabaría abandonándola en cuanto terminara la guerra, o que moriría pronto. Luego, como una losa, nos cayó encima la prohibición del cardenal Baptiste para contraer matrimonio. Tal vez a causa de los temores que nos asaltaban, fruto de la inestable situación de la ciudad, todos nuestros intentos por concebir habían sido en vano. Como colofón, parecía que estábamos destinados a que uno de los dos no llegara con vida al final de la semana. Tenía razón. Lo nuestro había sido un sueño hermoso pero imposible. Reconocerlo resultaba demasiado duro para lo que podía soportar en ese momento. Quería mantenerme firme para, al menos, insuflarle valor, pero ni siquiera de eso fui capaz. Acabé bajando la cabeza y sollozando.
    – Nuestra vida juntos se reduce a esta noche – me susurró ella con voz calmada –, y no quiero pasarla entre lágrimas.
Me secó las mejillas con sus manos. Después me miró de forma reconfortante, casi sonriendo, y me besó. Nos besamos. Moriría al día siguiente. La arrancarían de mis brazos o sería yo el que caería intentando impedirlo. O ambos. Pero esa noche era nuestra. Ella era mía y yo era suyo. Nos tendimos sobre la manta, revolviéndonos. Nos despojamos de nuestras ropas y nos vestimos el uno con el otro. Al igual que en la batalla, decidí no pensar en el después, sólo vivir el instante. Una parte de mí se sentía agradecida por tener la ocasión de compartir ese momento sabiendo que sería el último, de saborearlo con la intensidad que merecía. Cuando la pasión acabó, nos cobijamos bajo la ropa. Abrazados como si durmiéramos, con los ojos abiertos. Sin hablar, sólo disfrutando de ambos del calor que el otro desprendía.
    Fueron muchos los pensamientos que me asaltaron en ese momento de aparente tranquilidad. De haber sabido que por mi culpa acabaría muerta, jamás me habría acercado a ella. Volvió a mi memoria la desconfianza que sus padres mostraban hacia mí al principio. El momento en el que empezó a cambiar fue después de que las valquirias se llevaran a Padre y yo acabara bajo la tutela de Evelio. Pocos días antes de morir, la madre de Aelis me confesó que había llegado a quererme como a un segundo hijo y me pidió que cuidara de ella cuando faltara. Por eso no podía permitir que la mataran. La culpa acabaría también conmigo. Si el intercambio no era posible, no debía perder el tiempo, sino buscar otra estrategia. Pensé entonces en delatar a Vaughan y entregarle. Su traición había sido tal que ni siquiera le pondría sobre aviso, como dije que haría. Había tenido más tiempo del que merecía, si no lo había aprovechado era cosa suya.
    Me levanté. Prometí a Aelis que la sacaría de allí; a ambos. No me creía, de modo que me hizo jurárselo mientras nos vestíamos. Llamé a los guardias para que me dejaran salir y mis escoltas me acompañaron. No quise despedirme de ella. Dejé la capucha en la celda, pues mojaba más que resguardar.
    Las calles estaban vacías, nada se escuchaba en toda la ciudad salvo el sonido de miles de gotas chocando contra el empedrado y los tejados. Me extrañé al sentir a mi espalda dos golpes secos y algo parecido a un chapoteo. Me volví. Los dos guardias que me vigilaban yacían sobre un charco de agua. No parecían muertos, los habían dejado inconscientes del mismo modo que a mí esa misma tarde. Tras ellos, vi a Vaughan en pie junto a Gato, el más letal de sus hombres. ¿Conocía mis intenciones y se había anticipado? ¿Había decidido ir a por mí en el momento más vulnerable? Si ese era su plan, se equivocaba. Ataqué con todas mis fuerzas al que hasta un día antes había sido mi hermano. Su secuaz me interceptó, tirándome al suelo. Sorprendentemente, no me había hecho tanto daño como podía parecer. Volví a levantarme y repetí la acción con similar resultado. Gato me golpeó con su rodilla en el pecho para asegurarse de que no hubiera más intentos. Esa vez, durante un instante sentí que no podía respirar, no sabía si a causa del golpe o por desasosiego, como después de haber decapitado a Covenant. La idea de faltar a las promesas que hice a la madre de Aelis y a ella misma me aterraba. Sentí como si Padre estuviera observándome no desde Valhalla, sino allí mismo, lamentándose por mi fracaso. Me incorporé mientras recuperaba el aliento, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. Lo más a que alcanzaba era a ponerme de rodillas. Así lo hice. Por primera vez en mi vida, había dejado que mi propio miedo me derrotase. Lo había perdido todo.
     – Termina – dije a Vaughan con dificultad –. Era lo que querías, ¿no?
    Vaughan no pronunció palabra. Ni siquiera hizo un gesto con el que ordenar a Gato que desenfundara su fina espada y acabara con lo poco que quedaba de mí. Sólo permanecía ahí, impasible, mirándome.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

martes, 14 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XIV

0


Las recientes tribulaciones me habían llevado a descuidar cosas importantes. Había mostrado en todo momento preocupación por la seguridad de Aelis, pero no por cómo se sentía. Cuando esa larga semana hubiera terminado, si todo se resolvía de forma satisfactoria, ningún peligro nos seguiría perturbando. Ninguna guerra. Ninguna condena a muerte. Sólo estaríamos ella, yo y el tiempo que nos quedara por delante. El padre Evelio tenía razón cuando dijo que la juventud no se perdía con la edad. Podríamos vivir como un matrimonio corriente, aun sin serlo. O incluso casarnos en secreto, a espaldas de Baptiste, y criar hijos sin miedo a perderlos en un ataque de Coventant. Todo eso compartí con Aelis mientras desayunábamos, cuando volví a disculparme por mi actitud de la noche anterior. Me alivió descubrir que esa vez no ponía condiciones para perdonarme. Fue una buena forma de empezar un día que, esperaba, resultara de provecho.
    Tendría un encuentro de gran utilidad. Exponerle mis dilemas e inquietudes a Evelio me ayudaría a compartir esa pesada carga. Como siempre, me daría su sabio consejo, del que también estaba necesitado. Por otra parte, al fin podría hablar con Lucio Vargas. No me serviría de mucho, pues ya había desenmascarado a Vaughan, pero tal vez pudiera revelarme algún detalle que desconociera. Le preguntaría si la noche del sábado, cuando él y su sobrino se acercaron a la posada buscando alojamiento, encontró allí algo inusual. Pero aún faltaba un buen rato, de modo que intenté darme un descanso de todos esos asuntos. Ayudé a Aelis a recolectar hortalizas del huerto, pues el viernes era día de mercado en Villesainte y pensaba vender algunas de ellas, como cualquier otra semana. Aunque si por algo era conocida Aelis era por los frutos de su manzano, plantado años atrás en la parte trasera de la choza. Fue justamente ahí, junto al árbol, donde nos conocimos. Ella me sorprendió a punto de robar uno de sus frutos. Yo tenía diecisiete años, ella quince. Cuando vi a aquella muchacha de pelo dorado me olvidé por completo de las manzanas. Le dediqué los pocos elogios que conocía en su idioma. Ella intentó esquivarlos, poniendo en duda la salud de mis ojos. Al interpretar que mi interés no era correspondido, desistí y me despedí de ella. Entonces me detuvo y arrancó una de las manzanas de su padre, aun sabiendo que este la reprendería por ello, para entregármela como obsequio en agradecimiento por mis torpes halagos. Jamás había probado un sabor semejante. Desde entonces, cada vez que volvía a sentirlo en mi boca recordaba ese momento. Una anécdota que nos ayudaba a vender las manzanas en el mercado, que solíamos anunciar con el título de «fruto del amor».
    A lomos de Glissant, transportamos la mercancía hasta la calle donde se instalaba el mercado. Mis escoltas se limitaron a mirar a pesar de vernos apurados. Habíamos llegado tarde y los mejores sitios estaban ya cogidos, de modo que tuvimos que alojar el puesto de manzanas y verduras en un extremo poco visible. Al menos allí se encontraría más segura y distraída que en la soledad de la choza, pues ni contábamos con la protección de los hombres de Vaughan, ni yo la deseaba. Habiendo gente cerca, Aelis no tendría más que gritar para que acudieran en su ayuda. Me despedí de ella con un cálido beso y, aunque era demasiado pronto para empezar siquiera a esperar a Vargas, me dirigí con mis escoltas a la capilla del padre Evelio. Así tendría tiempo para conversar con mi viejo maestro sin miedo a ser interrumpidos. Ya buscaría la forma de esquivar los oídos no deseados. Cuando llegara el hispano, podía simular que nuestro encuentro allí era fortuito.
    Antes incluso de atravesar el portón, saludé al padre Evelio para ponerle sobre aviso de mi presencia, pero no recibí respuesta. Cuando eché un vistazo al interior, confirmé que algo iba mal. Había un cuerpo tendido en el suelo. No podía tratarse de uno de los caídos en la batalla que hubieran dejado allí olvidado, enterrando a todos sus compañeros menos a él. Además de que tal descuido resultara impensable, el cadáver era mucho más reciente. Su sangre estaba aún fresca, esparcida por el suelo, esperando convertirse en un repugnante estanque para las moscas. Al acercarme un poco más, descubrí que al cuerpo le faltaba la cabeza. No obstante, por sus dimensiones y la ropa que vestía, sabía perfectamente de quién se trataba. Era el padre Evelio quien yacía muerto.
Debió haber sucedido justo antes de que llegáramos. De inmediato, los guardias y yo registramos la estancia. No había ninguna huella en el suelo de piedra, nada que delatara al responsable de aquella atrocidad. Si se trataba de Vaughan, su crueldad había llegado demasiado lejos. ¿Qué daño podía haber hecho esa víctima a él o a quien fuera? Su cabeza había sido cortada de un solo tajo, igual que la de Cristian. Del mismo modo, el ejecutor se había llevado la parte amputada, seguramente para incriminar a alguien inocente. A mí.
    Me volví hacia mis escoltas.
    – Sois testigos de que no he podido ser yo. Si vamos a mi choza y encontramos allí la cabeza, declararéis que alguien comete crímenes pretendiendo hacerme responsable de ellos.
    Los guardias estaban tan horrorizados que no articularon palabra, sólo asintieron estúpidamente. Al menos, esa vez contaba con quien pudiera respaldar mi inocencia. Uno de los soldados corrió a dar el aviso, el otro permaneció conmigo. Examinamos más detenidamente el cadáver. Nada en las manos, ni siquiera un leño. Ninguna improvisada arma con la que oponer resistencia a su atacante. Estuvo completamente indefenso en el momento de su muerte. Un crimen atroz al que, por mucho que lo intentaba, no conseguía encontrarle sentido.
    El soldado que se había ido regresó con refuerzos.
– Ha aparecido la cabeza – informó uno de sus compañeros.
    – ¿Dónde? – le pregunté. Me miró sin contestar. Tuve que repetir furioso la pregunta.
    – En el mercado.
    – ¡Aparta! – exclamé mientras, de un empujón, le hacía a un lado y me apresuraba a salir de la capilla. Mientras corría por la calle pude oír el clamor de la muchedumbre. «Bruja», gritaban. No quería ni imaginar de quién se trataba, pero lo hice, y no tardé en descubrir que mis temores eran ciertos. Cuando llegué, vi a dos soldados llevándose a Aelis a la fuerza mientras ella se retorcía y clamaba su inocencia. Dos hombres no eran nada, incluso sin estar yo armado. Podía correr hacia ellos, derribar a uno, quitarle la espada y matar al otro si no soltaba la suya. Después correríamos hacia el puesto, donde estaba atado Glissant. Atacaría al soldado que sostenía la cabeza del padre Evelio, recién extraída de la cesta de manzanas. Estaría distraído observando el fruto del amor mancillado con sangre, y no tendría tiempo ni para desenvainar. Entonces Aelis y yo montaríamos en el caballo y huiríamos tan lejos como sus fuerzas nos permitieran. Hasta Götaland si hacía falta, o hasta los dominios de Hel. Ese fue el plan que tracé a toda prisa cuando la vi en apuros, pero no pude ejecutarlo.
Oí unos pasos rápidos a mi espalda. No parecían de mis escoltas, aunque seguramente estos me habían seguido. Antes de que pudiera girarme, alguien me atacó y me golpeó en la cabeza con algo duro, posiblemente la empuñadura de su espada, dejándome a mí sin sentido y a Aelis a merced de aquellos hombres.

 

SEGUIR LEYENDO

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

sábado, 11 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XIII

0


Pese a que hasta ese momento había procurado contener a mi lengua, el resentimiento y la bebida me llevaron a desatarla sin temer las consecuencias. Bastante había soportado ya a lo largo de la semana, y lo peor estaba aún por llegar.
– Más os vale ser puro y tener la conciencia limpia, como ese hombre santo cuya fe afirmáis predicar. Pienso destapar cada mala acción que se cometa a escondidas en esta ciudad. Nadie, por muy alta que sea su posición, va a estar a salvo de la verdad. Nos veremos el domingo.
    Debí sonar amenazante, pues mi respuesta dejó mundo al cardenal. Hubiera sido honesto diciéndome lo que pensaba o simplemente estuviera tratando de embaucarme, sabía que disfrutaba con el sufrimiento que había despertado en mi interior. No obstante, marchó sin decir nada. A muy alto precio, por fin había conseguido deshacerme de él para el resto de la noche.
    Mi primera intención entonces fue acudir directamente a Vaughan, pero pude imaginar al clérigo siguiéndome con la mirada, satisfecho de sí mismo. Mientras caminaba encontré a Beldar, quien no parecía mucho más entusiasmado que yo.
    – ¿Cómo ha ido? – le pregunté. No hizo falta que le aclarase a qué me refería.
    – Esa mujer no me ha traído más que mala suerte. Voy a tener que dejarla.
    – No sé si Baptiste ha bebido o no, pero esta noche está más hablador que de costumbre. Sé prudente, no me extrañaría que se lo hubiera contado todo a tu padre.
    – Es un maldito entrometido. Olvidémonos de él. Brindemos.
    Buscó una copa de vino para él y yo hice que rellenaran la mía. Después, Beldar subió a un taburete y alzó su bebida. Todo el mundo calló.
    – A los villesaintos. A mis compañeros de batalla, los únicos hermanos que me quedan. Un brindis por los que cayeron. Por nosotros. Por la vida. ¡Por la victoria!
    – ¡Por la victoria! – exclamaron todos antes de chocar sus copas y jarras. Beldar y yo hicimos lo propio. La rabia, la insatisfacción y un cúmulo de emociones que ni siquiera yo mismo sabía describir me llevaron a beber demasiado rápido, casi de un trago. Empezaba a sentirme mareado. Me alegré de que el cardenal supiera que estaba celebrando con el General en lugar de haber ido a interrogar a mi viejo amigo, pero una vez se retomaron las conversaciones interrumpidas por el brindis, me despedí de Beldar.
Tras avanzar unos pasos que se me hicieron interminables, llegué hasta Vaughan. Era como si ya me esperase. Como si supiera de antemano que algo no iba bien.
    – ¿Qué tal la velada, “hermano”? – le dije en un tono recriminatorio que no debió costarle percibir.
    – ¿Y tú? Te veo alterado. Deberías disfrutar, es tu noche.
    – Cierto, debería, si no fuera por las cosas que he oído.
    Vaughan se aproximó para hablarme en voz baja. Mostraba cierta preocupación.
    – Maldito insensato. ¡Estás borracho!
    – Lo suficientemente sobrio para reconocer una traición.
    – ¿A qué te refieres?
    – Podrías al menos tener el valor de reconocerlo.
    – No es momento. Dejémoslo para cuando nadie nos oiga.
    – De modo que realmente hay algo que ocultar. Desearía estar equivocado, te lo juro por los dioses.
    – ¿Te has vuelto loco?
    – Tus esfuerzos por fingir no hacen más que ofenderme.
    – Dejemos pasar la noche. Mañana iré a verte y te lo cuento todo.
    – ¿De verdad esperas que confíe en ti después de lo que has hecho?
    – Tenía mis motivos. Mañana hablaremos, te doy mi palabra. Pero no aquí.
    – ¡Ya sé cuáles son esos motivos! Querías que yo desapareciera para que ella buscara consuelo en ti. Por no mencionar otros, aún más oscuros y mezquinos.
    Debió ser un golpe certero, pues Vaughan dejó de contenerse y se mostró tan furioso como yo.
    – ¿Que ella buscara consuelo en mí? ¿Crees que quiero arrebatarte a Aelis? ¡Qué poco me conoces! ¿Cuántas veces me has preguntado si hay algo entre Anna-Marine y yo?
    – ¿Y cuántas veces lo has negado? Por eso tu informante no me soporta. Fui yo quien te presentó a Aelis, a la que considera su rival. Tienes razón, creía que te conocía bien.
    – ¿Cómo puedes verme capaz de algo semejante? Somos amigos desde antes de que aprendiéramos a hablar.
    – Y por eso mismo no te entregaré al Conde sin haberte dado antes ventaja para que puedas huir. Pero tranquilo, no será esta noche. Disfruta de tus últimas horas en Villesainte.
– ¡Después de todo lo que he hecho por ti y por esta ciudad!
    Al oírnos discutir, Aelis se aproximó a nosotros.
    – Nos vamos – le dije agarrándola de la mano. Confundida y contrariada, intentó despedirse apresuradamente de los presentes mientras yo tiraba de ella. Oí lo que Vaughan le respondía:
    – Por favor, asegúrate de que no siga bebiendo. Maldito insensato…

    Durante el camino de regreso no dijimos nada. Aelis parecía molesta conmigo por esa situación que no entendería y que yo no quería explicarle. «No es momento.» «Mañana te lo cuento todo.» «Tenía mis motivos.» No podían haberme dolido más esas palabras aunque a cada sílaba la hubiera acompañado un latigazo. En conjunto con lo último que había dicho Covenant antes de morir, no había mucho margen para la duda.
     Cuando llegamos a la choza, Aelis y yo nos tendimos en la oscuridad, en completo silencio. Fui incapaz de dormir a pesar del cansancio. El odio y la bebida en mi estómago no se extinguían, haciéndome sentir como si dentro de mi cabeza retumbaran los martillazos de una fragua. Odiaba a Vaughan, al cardenal Baptiste y a mí mismo. Odiaba incluso a Covenant, a pesar de estar muerto, y me alegré de que su cabeza estuviera clavada en una lanza, convertida en un nido de moscas. Tuve la impresión de poder oír el zumbido de sus alas en el silencio de la noche. Aelis era lo único puro y verdadero que me quedaba, lo único por lo que merecía la pena morir o vivir. Ni siquiera podía confiar en los dioses, quienes habían mostrado un cruel sentido del humor al tejer mi destino.
    Finalmente caí, presa del agotamiento. Cuando desperté, descubrí que la claridad se hacía cada vez más evidente, sepultando a las estrellas del firmamento. Me había ausentado del velatorio por los caídos tras la disputa con Vaughan, pero no debía perderme el entierro. Tampoco quería dejar sola a Aelis, de modo que la besé para que ella también despertara. Me alivió sentir cómo me devolvió el beso.
    – ¿Vuelves a ser tú o sigue aquí ese loco ebrio que ocupó tu lugar? – me preguntó, aún adormilada.
    – Ni una cosa, ni la otra.
    – Eso dice tu aliento.
    – Mi actitud anoche fue deplorable. Entenderé si te cuesta perdonarme.
    – Tal vez lo considere cuando te hayas enjuagado la boca.
    – Me enjuagaré después de que te hayas levantado.
    Ambos cumplimos nuestra parte del trato y nos dirigimos con premura al lugar donde se celebraba el entierro. Ya habían colocado los cadáveres en sus respectivas tumbas, sólo faltaba cubrirlos de tierra. El padre Evelio recitaba unos versos de la Biblia cuando llegamos.
Aelis fue a consolar a Elfrida, a quien, pese a haber llorado todo el día anterior, aún parecían quedarle algunas lágrimas por derramar frente a la tumba de Tadeo. Yo me acerqué al herrero Yeray y su familia para darles mis condolencias. Muchos otros estaban presentes, aunque no tantos como los que habían acudido a la celebración. Como era de esperar, no faltaron las principales figuras de Villesainte: el Conde Cristian, su hijo el General, y su sombra el cardenal Baptiste. En el otro extremo se encontraban los Once de Vaughan, mostrando sus respetos al difunto Ludovico y a los demás caídos. El líder del grupo fingió no verme cuando llegué; yo hice lo mismo. Incluso el padre Evelio, aun sin interrumpir su la oración, pudo darse cuenta de nuestro mutuo desdén. Cuando finalizó el ritual, mi viejo maestro y consejero me pidió que me acercara llamándome, como era costumbre, «muchacho».
    – Hace ya algunos años que dejé de ser eso.
    – Es el pesar lo que gasta la juventud, no el tiempo.
    – Más a mi favor, entonces.
    – ¿Qué ha sucedido entre tu hermano y tú?
    Me aseguré de que nadie nos escuchara y bajé la voz.
– Me temo que es largo de contar, padre. Y peligroso. Esta tarde pasaré por tu capilla, me he citado allí con el hispano. Puedo acudir un poco antes y hablarte de ello mientras le espero.
– Sí, creo que será bueno. Yo también quería hablar contigo. Hasta entonces, hazme el favor de no reñir con tu hermano. Os conocéis desde niños, no me gusta veros enemistados.
– Ojalá fuera tan sencillo. Lo intentaré.
    Aelis volvió a mi lado para saludarlo. De habérsenos permitido nuestra unión, a los tres nos habría complacido que fuera él quien la oficiase. No hablamos mucho más, pues dos soldados se nos acercaron también. Eran la misma pareja que me había estado vigilando el lunes, durante el entierro de Cristian. El respiro que me concedió el Conde había llegado a su fin. A ojos de todos, volvían a ser Van Croff el criminal. Aunque esperaba que fuera por poco tiempo.


SEGUIR LEYENDO


Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

miércoles, 8 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XII

0


En víspera del funeral, la plaza frente a palacio fue el lugar elegido para un amplio velatorio. Aquello no sólo era la conmemoración de los caídos, también un festejo por la victoria alcanzada y el fin de la guerra. Según se comentaba, Villesainte no había vivido un evento de semejante magnitud desde la boda del Conde con su difunta esposa. Había cerdo asado, vino de Borgoña y música. Aelis y yo pudimos acudir con cierta tranquilidad, sin sentirnos observados, pues nadie se había encargado de suplir a mi última escolta. Pese al esfuerzo de todos por que el festejo resultara tan alegre como pudiera ser, el hedor a muerte estaba presente para recordarnos el precio que habíamos pagado. Por fortuna, el viento soplaba hacia el Este, por lo que no nos llegaba también el olor de la fosa ardiente, siendo arrastrado en dirección contraria, hacia el castillo de Covenant. Si no envenenaba los pulmones de los siervos de nuestro difunto enemigo, serviría para desmoralizarlos.
    En la plaza atisbé a Vaughan y sus hombres brindando por su compañero caído. Al verme, mi amigo me entregó una copa. Chocó la suya con la mía y me indicó dónde se encontraba Lucio Vargas entre los asistentes. No obstante, para una vez que lo tenía a mi disposición, consideré que no era momento adecuado para interrogarlo, pues acababa de enterarme de que su escudero caído era, además, hijo de su hermana. Tras saberlo, entendí lo afligido que podía estar, de modo que me dirigí al hispano limitándome a darle el pésame y a citarle tras el funeral, cuando hubiera podido llorar a su sobrino, en la parroquia del padre Evelio. Pese a que temía algún reproche por su parte, pues fui yo quien insistió en que tanto él como Tadeo me acompañaran en la batalla, el trato fue todo lo cordial que cabía esperar, dadas las circunstancias. No puso objeción a nuestro encuentro del día siguiente. Incluso me felicitó por la victoria, como tantos otros hicieron esa noche.
    Lejos del concepto que algunos parecían tener de mí días atrás, todos me consideraban un héroe. Ciertamente, el panorama había cambiado desde entonces. Tanto, que incluso tuve la idea de dirigirme al Conde y repetirle las últimas palabras que había pronunciado Covenant, con la intención de que se replanteara la responsabilidad que se me atribuía sobre las muertes del pasado domingo. Pero el cardenal Baptiste no se separaba de él ni un instante. Seguramente, aprovecharía la celebración para ponerle al corriente sobre las indiscreciones de Beldar, quien, dicho sea de paso, me dijeron que había estado presente durante la apertura del festejo, ausentándose poco después. Podía imaginarme con quién se encontraba celebrando la victoria en privado.
Su padre el Conde también celebraba a su manera. Observé la rapidez con la que bebía una copa tras otra, y supuse que en algún momento tendría que ir a hacer sus necesidades, para lo cual el cardenal no tendría más remedio que respetar su intimidad. Dado su estado, consideré que abordar a mi señor no sería fructífero esa noche. No así a Baptiste, quien parecía tener intenciones ocultas. Hice rellenar mi copa de vino unas cuantas veces mientras esperaba la ocasión. Cuando al fin la hallé, dejé a Aelis con sus amigas y los hombres de Vaughan, los cuales intentaban en vano cortejar a Gilsa y Otilia, para dirigirme al cardenal, quien me saludó con su falsa calidez cuando vio que me aproximaba.
    – Capitán Van Croff. Hoy debo ser yo quien os felicite a vos por vuestra heroica hazaña. Y también por vuestro ascenso. Ha llegado hasta mis oídos que ahora sois el preferido del Conde para sustituir a Beldar como general, una vez este haya abandonado su cargo para dedicarse a las tareas propias de un heredero del título. Todo esto resulta conveniente.
– Resultaría, si no acabo ejecutado en de tres días. Llevo desde el domingo conviviendo con esa amenaza y, hasta donde sé, aún se cierne sobre mí. Ese ascenso al que nunca aspiré y del que no tenía noticia, ¿es algo que os convenga de alguna forma o lo ha decidido el Conde al margen de vuestra influencia?
    – No os entiendo.
    – ¿Qué tramáis, cardenal? Desde que llegasteis a Villesainte no habéis hecho más que envenenar el oído de nuestro gobernante. Es obvio que, positiva o negativamente, los últimos acontecimientos han afectado a vuestro propósito.
    – Para ser pagano, habéis bebido suficiente sangre de Cristo, ¿no os parece?
    – ¡De ningún modo! – exclamó el Conde Cristian a nuestra espalda – En una noche como esta es imposible beber suficiente.
    Su habla se retorcía como un pez recién capturado. Al ver que era conmigo con quien conversaba el cardenal, me miró con ojos de alegría y tristeza por igual.
    – Ah, Van Croff… Últimamente has estado muy presente en mis pensamientos. He llegado a la conclusión de que creo en ti. Realmente espero que seas inocente. Incluso he dado orden de que te dejen descansar el día de hoy. Era lo menos que podía hacer tras habernos librado al fin de nuestro enemigo.
    – Os lo agradezco, mi señor. Tan sólo cumplía con mi deber.
– Pero si no eres el asesino de mi hijo, estás tardando demasiado en decirme quién lo mató, y eso no me gusta.
– Mi señor, precisamente quería comentaros…
– ¿De quién sospechas? – preguntó alzando la voz – ¿De Covenant? ¿De Vargas? ¡Habla de una vez!
– Aún no creo que sea certero mencionar a nadie, pues hasta el momento sólo tengo conjeturas. Pero os contaré una cosa. Lo último que dijo nuestro enemigo fue que sometería a Villesainte y nos empujaría a matarnos unos a otros. Que así fue como se deshizo del heredero. Esas fueron sus palabras, lo que me lleva a pensar que embaucó a alguien para que cometiera los crímenes. Alguien que aún se encuentra entre nosotros.
El Conde pareció calmarse y reflexionar, mientras se mordía el labio y paladeaba.
– Así que eso dijo. Dudo mucho que ese alguien sea uno de nosotros tres. Si Covenant tenía aquí un enemigo mayor que tú y que yo, sin duda es el cardenal Baptiste – se dirigió a este –. Creo que ya es tiempo de que lo sepa.
    – ¿Qué debo saber? – pregunté, aun a riesgo de que el clérigo encontrara mi ignorancia motivo de crítica o de mofa. Pese a mostrarse traicionado por el Conde y acorralado por mí, empezó a hablar con resignación.
    – La importancia de la abadía de Saint Benoît reside en ser la primera de muchas con una misión muy específica: Maellus Maleficarum. Servir a Dios todopoderoso expulsando y exterminando a los demonios. Tanto los que toman posesión de los hombres como los que se mueven libremente por la tierra, así como a los siervos de Satanás. Y para ese propósito llevamos años contando con el apoyo de Villesainte, ciudad que pretendemos se convierta en nuestra capital.
    – ¿A los demonios? Entonces, ¿es cierto que Covenant era un draugr?
    – Nadie sabe lo que era, pero su alma estaba corrompida por una maldad antinatural. Debemos asegurarnos de que no haya más como él.
    – ¿Me estáis diciendo que si Covenant hostigaba a esta ciudad no era por conquistar sus tierras, sino porque nos consideraba su enemigo? Son muchos los que han muerto por culpa de esa abadía y por la vuestra, cardenal.
    – Os equivocáis. Nuestro enemigo la emprendió contra Villesainte mucho antes de mi llegada, pero no hallamos forma de hacerle salir de la protección de su castillo, donde era demasiado poderoso. Al menos la guerra le mantenía ocupado mientras buscábamos una solución. De no ser así, habría secuestrando y torturando a muchos más inocentes de la zona. Podría haber reunido a un ejército lo suficientemente numeroso para acabar tomando la capital y extendiendo su mal por todo el país.
    – Un mal del que no sabéis nada, si es que realmente existe. ¡Ridículo!
    – Vos lo habéis visto cara a cara y habéis logrado acabar con él. No debió ser tarea fácil, ¿me equivoco?
    No contesté a Baptiste, aunque ambos conocíamos la respuesta. Él continuó hablando.
– Y en relación a lo que me preguntabais sobre vuestro ascenso: es deseo directo del Conde, en efecto, pero tampoco está reñido con mis intereses. Vuestra experiencia podría resultar muy útil para la causa. Soy consciente de que hasta hace no mucho hemos tenido diferencias, pero tal vez, ahora que la guerra ha terminado, queráis uniros como fuerza militar. Si de verdad sois inocente, claro.
–  Lo soy y lo demostraré. Y si el lunes mi cabeza no está clavada en una lanza, haciendo compañía a la que yo mismo coloqué esta mañana a las puertas de la ciudad, es posible que considere vuestra oferta. Hasta entonces, tengo cosas más apremiantes en las que pensar.
Me despedí del Conde respetuosamente y les di la espalda para regresar con Aelis. El cardenal me siguió, esa vez no había dado la conversación por terminada. Me posó la mano sobre un hombro. Mi primer impulso fue el de rechazarlo, pero me contuve. Quería verle desesperado, suplicándome sin éxito. Pronto me arrepentiría de haber oído sus palabras.
– Capitán, insisto en que no empezamos con buen pie y comprendo los motivos por los que os cuesta confiar en mí. Pero creedme cuando os digo que no soy vuestro enemigo. Hace unos días me hablasteis de vuestras sospechabais sobre el hispano. En agradecimiento por esa muestra de confianza, os obsequiaré con mi teoría. Algo que es muy posible que no os hayáis planteado hasta ahora. Si bien es cierto que Vargas podría estar interesado en que acabara esta guerra, fuera quien fuera su vencedor, no tiene por qué ser el único que piense de tal forma. La desventaja de contar con mercenarios es que en cualquier momento pueden ser comprados por otro, y a lo largo de esta guerra ha habido infinidad de ocasiones para ello.
    La furia tensó todo mi cuerpo al comprender lo que me decía. ¿Cómo osaba ese malnacido apuntar hacia Vaughan como sospechoso? Él jamás me hubiera traicionado, y mucho menos de aquella forma. Pero, al mismo tiempo, también sentí furia contra mí mismo, por no haber detenido la conversación cuando pude, y por permitir que un pensamiento miserable me abrasara por dentro. ¿Y si el cardenal estaba en lo cierto? ¿Y si todo había sido orquestado por Vaughan?
    Desde la distancia vi a Aelis junto a él, hablando con Eduardo. Seguramente, dándole sus condolencias por la muerte de Ludovico. Hermosa, valiente y de buen corazón. Ella podía ser un motivo por el que Vaughan hubiera decidido incriminarme a mí. No contaría con la decisión que tomó el Conde, pensando que me ejecutarían de inmediato al saberse que la cabeza de Cristian estaba en mi establo. En ese caso, yo mismo le habría pedido que me prometiera cuidar de ella, y así lo habría hecho. Eso podía explicar la falta de preocupación que había manifestado en todo momento. No para evitar que le viese alterado y contagiarme su inquietud, sino porque dicha inquietud no era tal. Y tal vez, de ahí venia su insistencia en señalar a Beldar como culpable. Quería que, al exponer mi conclusión al Conde, este no la aceptase y prefiriera ejecutarme a mí. Pero, ¿quién podía haber ofrecido tanto oro a Vaughan como para que nos traicionara de esa forma? Con toda probabilidad, el rey de Aragón a través de Lucio Vargas. O peor aún, el propio Covenant. Quizá Vaughan envió a Ludovico durante la batalla para que acabara con el Barón y así silenciarlo cuando estaba a punto de revelarme su secreto.
    Algo dentro de mí murió ahogado bajo esa avalancha de pensamientos. Tenía que interrogar al que hasta ese momento había considerado mi amigo más leal, poco menos que un hermano, para estar seguro de que no me hubiera traicionado.

 

SEGUIR LEYENDO


Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

domingo, 5 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XI

0


De haberse prologando la batalla, muy posiblemente el enemigo habría acabado superándonos. Pero tras ver la cabeza de su señor, la gente de Covenant se retiró sin más. Era como si con él hubieran perdido todo su valor. Toda su fuerza. Mejor así, pues yo también me sentía incapaz de seguir luchando. Mareado por el esfuerzo y el cúmulo de emociones, sentí que me faltaba el aire. No pude hacer otra cosa que sentarme sobre la roca en la que me encontraba, como un islote rodeado por un mar de cadáveres. En cambio, Beldar parecía más exaltado que nunca. Él y unos cuantos que le acompañaban se dedicaron a dar caza a algunos de los enemigos que huían. Aquello había degenerado en una masacre de la que yo no quería formar parte. Ya había odiado y matado suficiente por una noche. En cierto momento se me acercó Vaughan, preguntándome si me habían herido. Debía ser esa la impresión que daba, con tanta sangre por encima, sin apenas moverme y respirando de forma dificultosa. Ni siquiera tuve fuerzas para responderle. Tras asegurarse de que estaba ileso, me trajo un cubo con agua para que bebiera y me limpiase. La cabeza de nuestro enemigo aún colgaba de mi mano. Se la llevó con el pretexto de guardarla a buen recaudo hasta que se decidiera qué hacer con ella. Tampoco le respondí. No fue sino al alba, con los primeros graznidos de cuervos, cuando logré salir del ensimismamiento. Al igual que yo, debían percibir el hedor del fango rojo.
    Hugo y Sigberto ya no me acompañaban, les habrían requerido para ayudar a retirar los cuerpos. La cantidad de caídos en ambos bandos era excesiva. Cuando Covenant atacaba con pequeñas escaramuzas, nuestras pérdidas solían alcanzar la veintena, pero esa última batalla debía haberse cobrado unas diez veces más. Mientras deambulaba por la planicie de muerte, no podía dejar de preguntarme sobre el porqué de todo aquello. Encontré a Eduardo ejerciendo de padre por última vez. Atendía a un agonizante Ludovico. Intercambiaron unas palabras que sólo ellos conocerían, justo antes de que las valquirias se lo llevaran. Estas parecían sentir predilección por las almas jóvenes. Yeray el herrero lloraba la muerte de su único hijo varón, mientras Lucio Vargas hacía lo propio junto al cadáver de Tadeo, su leal escudero. ¿Qué sentiría Elfrida cuando recibiera la fatal noticia? Esa angustia que podía figurarme me llevó a pensar en Aelis, que seguramente estaría a su lado. En su inquietud al no saber qué había sido de mí. Pese a que aún me faltaba el aliento, corrí hacia el interior de la ciudad, buscando la casa de Gilsa y Otilia. Al llegar, descubrí que esta última se me había adelantado, poniendo a las demás al corriente sobre lo sucedido durante la noche. Todas consolaban a Elfrida por su pérdida. Al verme, Aelis me abrazó. No parecía importarle que sus ropas quedaran manchadas de sangre. Habían caído muchos, sí, pero por fin la guerra había terminado, y ella y yo seguíamos con vida. Al menos, por unos días más. Pese a que sus amigas estaban presentes, lloré tras recibir su cariño. Sólo entonces me sentí de nuevo con fuerzas. Había perdido demasiado tiempo postrado en aquella roca. Era el capitán, debía ayudar atendiendo a los heridos y transportando a los muertos.
    Los enemigos estaban siendo arrojados a la fosa ardiente, la cual casi rebosaba. Cuando se apagaran las llamas, cubrirían ese agujero infecto con tierra para no volver a abrirlo jamás. Ahí yacerían por siglos, digeridos lentamente por la tierra y el olvido. Ese mismo destino fue el que compartió el Barón Covenant, al menos la mayor parte de él. Le pedí a Vaughan la cabeza para clavarla en una lanza, colocándola a las puertas de Villesainte a modo de trofeo y como advertencia para ahuyentar a los corazones impíos. Fueron varios los que me elogiaron por ello, a pesar de que yo mismo no lo veía oportuno. Me bastaba con saber de que nuestros caídos serían tratados con el respeto que merecían. Si había alguien en la ciudad a quien hubiera que rendir homenaje era a ellos. El Conde ordenó abrir un cementerio en extramuros. No quedaría mucho de este con el pasar de los años, pues no había tiempo para levantar a su alrededor ninguna barrera que lo delimitara ni para esculpir una a una ciento cuarenta y nueve lápidas de piedra. Sólo estarían las tumbas y unas endebles cruces con los nombres de sus ocupantes, escritos en una tinta que no aguantaría mucho si nadie se encargaba de cuidarlas. Todo ello debía estar listo para el amanecer del viernes, cuando se procediera al funeral. Lo único que resistiría el paso del tiempo sería una roca con una inscripción tallada:

Aquí yacen los últimos Valientes que lucharon y murieron
para proteger a Villesainte del blasfemo Barón Covenant
en el año MLXXIV de Nuestro Señor,
a quien rogamos acoja sus almas con orgullo,
pues fue testigo de su Sacrificio.

   
    Al leer esa inscripción, consideré insuficiente el calificativo que usarían para referirse a Covenant. Perverso tal vez. Depravado. Maligno. Pero su blasfemia era lo de menos. El cadenal Baptiste debía estar detrás de aquello. Nuestro gobernante vivía demasiado sometido a su influencia, tenía que hacerle entrar en razón. Sobre todo, siendo cuales fueron las últimas palabras de su enemigo, las cuales resonaban en mi cabeza como si aún las oyera. «Someteré a esta ciudad y a su Conde. Os empujaré a que os matéis unos a otros. Así me deshice del heredero, y así me desharé de ti.»

 

SEGUIR LEYENDO

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano


jueves, 2 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo X

0

 

Los hombres de Covenant continuaron golpeando la puerta con un ariete, a pesar de la lluvia de flechas ardientes que caía sobre ellos desde lo alto del muro. Cuando estaban a punto de destrozar el portón, la actividad de los arqueros cesó. Finalmente echaron abajo las puertas y los que estaban en primera línea penetraron en la ciudad blandiendo sus espadas, esperando encontrar resistencia. Pero no fue así. Una vez dentro, se detuvieron extrañados. No había nadie para impedirles el paso. Ningún vientre que perforar ni cuello que cortar, tan sólo una catapulta preparada con su carga, pero desprovista de una mano que la accionara y que, en cualquiera caso, no suponía peligro para ellos particularmente, pues parecía apuntar más allá de la puerta. Debieron pensar que en el último instante habíamos optado por huir, ofreciéndoles la ciudad entera como presente a cambio de nuestras vidas. No podían estar más equivocados.
    Antes de que entraran, no sólo dos veintenas de hombres, sino casi toda nuestra infantería se había descolgado en sigilo desde los muros y esperaba oculta, agazapada tras rocas y matorrales.
    – ¡Ahora! – grité desde el frente sur. Beldar, en el frente norte, pareció oírme y ambos atacamos al unísono, atrapando al ejército de Covenant como un cepo para lobos. Pero nuestro objetivo no era acabar con ellos. Al menos, no en ese momento. Sólo envolverlos y estrechar su formación.
Los arqueros, ocultos tendidos en el adarve, se incorporaron y acabaron desde arriba con los pocos hombres de Covenant que habían llegado a atravesar las puertas de Villesainte. Entonces, los Doce de Vaughan salieron a caballo de su escondite en los callejones y cargaron hacia la puerta de la ciudad. Al sobrepasarla, arrasaron al enemigo rompiendo su formación, no sin antes accionar la catapulta, lo cual les ayudó a abrirse paso. Tras los mercenarios, un grupo de hombres y mujeres de Villesainte, entre los que se encontraba Otilia, se aseguraban de no dejar atrás a ningún enemigo con vida. Algunos a lomos de los caballos del ejército, otros a pie. Pero todos armados con su valor y su impulso por sobrevivir a esa noche. Por proteger aquello que amaban. Ese era el momento, la señal para que los que conteníamos a las tropas de Covenant por sus laterales atacáramos con todas nuestras fuerzas. Golpeando. Cercenando. Aplastando. Les dejamos libre la retaguardia para que pudieran huir en caso de verse desesperados, aunque recé a los dioses para que no lo hicieran. Para que todo acabara esa misma noche.
Un chorro de sangre atravesó las rendijas de mi yelmo y golpeó mi rostro. Tuve que levantar la visera para poder ver, pero continué blandiendo mi Slicer. No tenía la certeza de que me siguieran mis cuatro sombras: Hugo, Sigberto, Vargas y Tadeo. Tal vez habían caído o tal vez se encontraban luchando contra otros enemigos, quedando atrás. En ese momento no podía girarme a comprobarlo, sólo avanzar. Asimismo, ignoraba cuál había sido la suerte del grupo liderado por Beldar.
No podía flaquear ni retroceder un solo paso. Prefería morir allí, empuñando mi espada, que agitando los pies en la horca cuatro días más tarde. Pero tampoco estaba dispuesto caer. Aunque todos mis hombres hubieran muerto y sólo quedara yo para defender Villesainte, aunque mil flechas atravesaran mi cuerpo, no me detendría mientras supiera que ese draugr seguía en pie. Cuando me repuse del frenesí, me di cuenta de que había acabado con todos los enemigos que me rodeaban. El ejército de Covenant estaba disperso, lo cual significaba que, a pesar de nuestra inferioridad, habíamos conseguido igualar la batalla. Me encontraba en el corazón de su formación.
    Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sentí como si alguien justo detrás de mí susurrara mi nombre. Me desprendí del yelmo y me volví. Encontré a Covenant sonriendo mientras me contemplaba en la lejanía. A pesar de la distancia, sabía que era él quien me había llamado. Debía confiar tanto en su victoria que había acudido a la batalla sin protección. Para ser quince años mayor que el Conde, parecía tener quince años menos que este. Su indumentaria oscura y entreabierta dejaba ver extraños tatuajes y marcas en su pecho. Me aproximé a él con cautela.
    – Tengo ante mí al célebre Caballero Oscuro de Villesainte.
    Su voz sonaba perversa, casi musical. Parecía disfrutar con todo el mal que generaban sus actos irracionales.
– Y yo al perturbado Barón Covenant. Esta noche por fin acaba tu macabro juego.
    – Nada se acaba en este mundo. Sólo cambia de forma.
    – ¿Y cómo sería? ¿Piensas tomar la ciudad para dominarla o aniquilarás a sus habitantes?
    – Todo a su tiempo. En este momento la camada ya estará huérfana. Lo próximo será adiestrar a los cachorros para convertirlos en mis perros. Y los que se resistan… les servirán de alimento.
    Exhaló una risa malévola. Debía pensar que me afectarían sus palabras, pero ignoraba que los Doce de Vaughan ya se habían encargado de amputar la mano con la que pretendía apuñalarnos.
    – Nada de eso. Los cinco hombres a los que enviaste para entrar a escondidas han caído, antes incluso de que llegaran a asomar la cabeza. Tu derrota será absoluta.
    Ante la noticia, el ser estalló en cólera, lanzándose sobre mí. Esquivé su golpe y nos batimos. Era rápido y, aunque lograba detener sus ataques, cada vez me costaba más. Durante un instante estuvo a punto de cortarme la cabeza. Frené su espada con la mía e hice lo posible por contenerla mientras la hoja se aproximaba cada vez más a mi cuello. Ni siquiera durante el forcejeo pudo dejar de hablar, intentando hacerme daño con palabras envenenadas.
    – Someteré a esta maldita ciudad y a su Conde, con ejército o sin ejército. Os empujaré a que os matéis unos a otros. Así me deshice del heredero, y así me desharé de ti.
    Sabía algo. Además de haber intentado matar a Beldar, aquel condenado tenía algo que ver con la muerte de Cristian. Me lo diría al tiempo que suplicaba, justo antes de que acabara con él. La rabia me ayudó a reunir fuerzas suficientes para quitármelo de encima. Lo empujé, obligándole a retroceder. Entonces sentí cómo la tierra se estremecía con un galope veloz que se aproximaba. El jinete saltó de su caballo sobre nosotros y atacó a mi oponente con fiereza.
    – ¡Regresa al Infierno, Covenant!
    Al principio no lo reconocí, pues iba protegido por una cota de mayas y un casco. Fue su voz lo que me indicó de quién se trataba. Era Ludovico quien, empujado por la ira, atacaba al draugr. Este se olvidó de mí para centrarse en su nuevo oponente, esquivando con destreza cada uno de sus golpes, pero el joven luchaba con fiereza y parecía que iba a conseguir derrotarlo. Quería interponerme para evitar que ese maldito ser muriera antes de haberle arrancado una confesión y cuantos gritos de dolor que me hubieran sido posibles, mas conociendo la historia de Ludo, no podía privarle de su venganza. Si alguien la merecía más que yo era él. Con toda probabilidad, quien más había perdido por su culpa en toda Villesainte. Por eso vacilé durante un instante, conteniéndome en lugar de unirme a la lucha. Ese instante, sin embargo, fue suficiente para que el destino se torciera a favor del Barón, ensartando con su espada el vientre del joven y llevándose luego la hoja sanguinolenta a la boca para lamerla. No fue tanto el acto lo que volvió a despertar mi frenesí, como la plácida expresión con que lo llevó a cabo, mirándome fijamente. Pude imaginarlo lamiendo de forma similar no sólo la sangre de su última víctima, sino la de todos los demás que habían caído por su mano, incluyendo a Padre. Un deseo de venganza se apoderó de mí también y, a pesar de saber que Covenant podía decirme quién había matado a Cristian, en ese momento tuve el impulso de acabar con el ser. Lo necesitaba.
    Retomé el combate de forma más enérgica y desesperada. Por todo lo que nos había hecho y todo lo que nos había arrebatado. Tras intercambiar varios fallidos golpes de espada, finalmente encontré la oportunidad de ensartar a mi adversario y no dudé en aprovecharla. El enloquecido Barón no sesgaría ninguna vida más. Hundí a Slicer en su pecho y la retorcí. Gritó, tanto que todos sus hombres lo oyeron. El clamor de la batalla se apagó. Yo aullé con él de forma diferente, dejando escapar la ira que hasta ese momento se había apoderado de mi cuerpo. Como un diálogo de bestia a bestia. Finalmente lo decapité, acabando de una vez por todas con su dolor y con el mío. Sentí que el viento arrastraba suspiros de Odín, de Padre, de Cristian y de todos los valientes que me observaban. Con un golpe de mi espada había conseguido poner fin a la guerra.
    Subí a una roca, mostrando la cabeza amputada a todos los allí presentes, tanto aliados como enemigos.
    – ¡Covenant ha caído! – les grité alzando mi repulsivo trofeo. – ¡Covenant ha caído!

 

SEGUIR LEYENDO

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano