Por la posición del sol, sabíamos que era ya mediodía. Quería ver a Aelis y, además, el ayuno me estaba debilitando, así que nos dirigimos a la choza. Ya que íbamos allí, Vaughan sugirió echar un vistazo a mi armadura. Tal vez pudiéramos averiguar por dónde había andado el asesino o cualquier otra pista. «Puede que el muy cobarde sufriera incontinencia fruto de los nervios y no le diera tiempo ni de quitársela», bromeó. Hugo le rio la gracia, y secretamente yo también. Cuando llegamos a la choza, recordé por qué siempre le perdonaba ese tipo de comentarios impertinentes. Para proteger a Aelis había enviado al más leal y correcto de sus hombres, Eduardo. Mi viejo amigo confiaba en todos ellos, era requisito indispensable para ingresar en los Doce de Vaughan, pero especialmente en él. Permanecía sentado junto a la puerta. Aparentemente tranquilo, pero atento. Avisó de nuestra llegada a Aelis, quien se apresuró en salir a recibirnos. En cuanto me vio, corrió a mis brazos. Al parecer, ya le habían puesto al corriente sobre el veredicto del Conde.
– No pasa nada – le dije para tranquilizarla –. Si he salido con vida de mil batallas, saldré también de esta.
– Más te vale – me susurró, apretándome contra sí todo lo que sus fuerzas le permitían. No podía culparla, ambos éramos para el otro toda la familia que teníamos. La guerra empezó cuando ella era pequeña y sus padres decidieron no buscar más hijos mientras durara, así que nunca le dieron hermanos. Quedó huérfana en condiciones similares a las mías, pero en orden inverso. Primero su padre cayó en la batalla y después su madre enfermó de melancolía hasta morir. Desde entonces, el mayor temor de Aelis había sido sufrir de forma similar algún día.
Al igual que yo, ella también seguía en ayunas. La sangre y la incertidumbre habían mermado su apetito. Le pedí que pusiera a calentar el caldero; yo pelé y deshuesé dos conejos que teníamos en la despensa. Sabía que con el olor del guiso le asaltaría la misma hambre que yo sentía.
En agradecimiento por su ayuda, invité a comer a Eduardo, así como a Vaughan. Hugo y Sigberto quedaron fuera, esperando. El primero permaneció en la puerta, el segundo fue a vigilar la parte trasera. Mientras esperábamos que se hiciera la comida, fingí dirigirme a la letrina y pasé por el establo para echar un rápido vistazo a la armadura. Aelis parecía menos tensa ahora que contaba con mi presencia y la de los invitados, así que no quería darle motivos para que volviera a pensar en el crimen. Hugo me vio y decidió seguirme, aunque no prestó demasiada atención a lo que hacía. Le dije de antemano que, si sentía la necesidad de tocar algo, se limitara a sus propias partes.
Como ya esperaba, mi vieja protección presentaba algunas salpicaduras de sangre en el pectoral y las extremidades derechas, algo difícil de percibir a simple vista, dado el color de la armadura y el rincón oscuro en el que ésta se encontraba. En la suela de las botas no había nada destacable, sólo fango y hierba. En cuanto al interior, no hallé ningún rastro del que me había sugerido Vaughan. Sí que encontré reveladoras, en cambio, unas manchas de tierra en el yelmo que tampoco percibí en un primer momento, pues se encontraban en la parte trasera e izquierda. En la pluma roja que lo coronaba también había trazas de fango seco. No obstante, apenas las descubrí, Aelis me llamó desde la choza, así que tuve que volver. Ya pensaría en ello más tarde.
Servimos aguamiel a los invitados y yo también tomé un poco. La bebida, la comida y la buena compañía me ayudaron a tomarme un breve descanso de mis preocupaciones. Incluso Aelis pareció disfrutar de la tertulia, a pesar de las circunstancias.
Faltaba poco para que anocheciera cuando Eduardo decidió volver a la posada, donde se hospedaban Vaughan y sus doce hombres. En el exterior de la choza aún permanecía Sigberto custodiando la puerta. Al ver su expresión cansada y hambrienta, se me ocurrió una forma de librarme de ellos durante un rato. Le dije que me apetecía dar un breve paseo para despejarme un poco, y que estaba seguro de que tanto a él como a su compañero le gustaría probar las sobras del guiso que habían podido oler. El guardia no era muy despierto, así que tuve que darle unos instantes para que comprendiera el trato que le estaba sugiriendo. Cuando por fin lo hizo, aceptó sin dudar. Hugo le reprimió por dejarse embaucar a cambio de comida, pero en el fondo también debía agradecerlo.
Los escoltas quedaron en la choza, saboreando su almuerzo tardío. Mientras Vaughan, Aelis y yo caminamos hacia el manzano. Nos encontrábamos casi en los límites de Villesainte, desde allí se divisaba en la lejanía el castillo del Barón Covenant. Habían encendido alguna hoguera y hasta nosotros llegaba su brillo, en forma de luz parpadeante. La presencia del ojo de Dios se iba volviendo más notoria en el cielo, cada vez más oscuro. Durante un instante, ninguno de los tres dijo nada. Nos limitamos a contemplar el paisaje y las estrellas. Finalmente, rompí el silencio.
– ¿Recuerdas la primera noche, Vaughan? Aquella bienvenida teñida de rojo, como así las llamaste.
– ¿Cómo olvidarla?
– Arrebaté treinta y nueve vidas en mi primera batalla. Treinta y nueve. Cualquier otro muchacho de nuestra edad no habría conseguido ni una cuarta parte, amaneciendo con el pecho abierto, los pantalones sucios y expresión de espanto.
– Tu padre nos adiestró bien.
– En gran parte fue gracias a Padre, sí. Pero hubo algo que él nunca me enseñó. Lo aprendí yo solo, y creo que es lo que me ha mantenido vivo todos estos años. El primer enemigo al que debes vencer siempre eres tú mismo. Tu propio miedo. Debes seguir luchando sin mirar atrás, sin detenerte a pensar en si verás o no la luz del siguiente día. Así es como se vence.
Aelis me miró con orgullo, mientras Vaughan asentía a mis palabras. Ambos parecieron entender. En ese momento, aunque no había ninguna batalla, me encontraba en una situación similar. Mi vida podía llegar a su fin en siete días, pero no debía limitarme a ver solo hasta ese punto. Tenía que mirar más allá, seguir adelante sin importar el peligro. Y, sin duda, la idea de dejar sola a Aelis había impulsado mi perspicacia.
– Dicen que el hambre agudiza el ingenio – comentó Aelis.
– Muy cierto – agregó Vaughan –. Hoy mismo lo has demostrado. Has sido capaz de sacar muchas conclusiones sobre lo ocurrido.
– Tú me has ayudado – respondí.
– No estaba cuando examinaste los cuerpos, ni tampoco cuando has ido a ver tu armadura.
A Aelis pareció incomodarle esa mención a los cadáveres, así que prefirió dejarnos solos con nuestros asuntos para ir a comprobaba el estado del manzano, herencia de su padre. Aproveché la ocasión para hablar a Vaughan de los restos de tierra que encontré en el yelmo. No cabía duda de que había estado en contacto con el suelo. ¿El asesino se despojó de él antes de enfrentarse a Cristian? Tal vez lo hiciera por simple comodidad, pues, además de restar visión, el calor que se formaba durante la actividad podía llegar a ser molesto. Su oponente no era especialmente diestro, por lo que tal protección era innecesaria. Pero había otra posibilidad que me llenaba de desasosiego, y que, por algún motivo, me resultaba más probable. Que lo hubiera hecho por crueldad. Que la víctima conociera a su verdugo, y éste quisiera que aquél supiera quién estaba a punto de darle muerte. Tras hablarle de ello, mi teoría coincidió con la de Vaughan.
– Piensas en su hermano, ¿verdad? – le pregunté, aunque ciertamente ya conocía la respuesta. Mi viejo amigo era un guerrero honorable, pero siempre había tenido problemas con la disciplina. Le costaba someterse a las órdenes del general Beldar, lo cual a menudo había desembocado en disputas entre ambos.
– Imagino que tú también te lo has planteado. De un golpe se convierte en heredero del Conde de Villesainte al tiempo que incrimina a otro, quedando él libre de culpa. Una jugada maestra.
– ¿Y por qué hacerle eso a su capitán, habiendo en la ciudad otras personas a las que no tiene ningún aprecio? Tú, por ejemplo.
– Porque yo duermo en la posada, rodeado de gente, y tú aquí, fuera de los muros de la ciudad.
– Eso explicaría por qué me han elegido a mí, pero sigo sin tener claro que haya sido obra de Beldar.
– Confías demasiado, pequeño hermano.
– Que quede entre nosotros lo que voy a decirte. No es más que un perro de guerra. Tiene valor, pero no le creo con astucia suficiente como para trazar un plan semejante.
– En eso te doy la razón – Vaughan volvió a mirar al castillo que brillaba en la lejanía.
– ¿Y qué me dices de él? ¿Crees que se ha cansado de su macabro juego?
– Han sido tantos los que hemos perdido intentando entrar en esa fortaleza maldita… Alguno podría haber regresado, convertido en siervo de Covenant. Sabría cómo moverse y qué caminos coger para no ser descubierto.
– Ese general estúpido. Le dije no sé cuántas veces que nos lo dejara a mí y a mis hombres, pero nunca cedió. Si no fuera por él, esta maldita guerra ya podría estar ganada.
– O perdida, si hubierais caído todos. O algo peor. Dadas las circunstancias, es más importante la defensa.
Ese había sido uno de los motivos por los que Beldar y Vaughan habían discutido. En un principio, el Conde pagaba a los mercenarios por su servicio. Bastante bien, por cierto. Pero después, llegaron a un acuerdo diferente. Si ayudaban a aniquilar a Covenant, Vaughan y los suyos podrían quedarse con el castillo y las tierras del Barón. Por eso al General no le parecía buena idea dejar que se adentraran en la fortaleza. Consideraba que la posibilidad de apropiarse de ella podía despertar su codicia, y que ésta les nublara en un terreno que se sabía peligroso.
Aelis volvió a nosotros para recordarnos que debían estar a punto de cerrar las puertas de la ciudad. No quisimos seguir prologando el paseo, pues Vaughan tenía que volver con sus hombres. Tras llegar a la choza y despedirnos de él, apareció a caballo el relevo de mis guardias. De haberme demorado un poco más, los habrían encontrado a ellos comiendo y a mí ausente sin vigilancia alguna. Hugo y Sigberto se fueron a descansar o a cumplir con otra orden y los dos nuevos soldados se quedaron conmigo. Ataron sus caballos en el establo junto a Glissant, el cual siempre agradecía la compañía de sus congéneres. A esos hombres también los conocía de vista, parecían mucho más estrictos que los que me habían acompañado durante el día. Hablaron lo justo y ni siquiera se presentaron. Cerré la puerta de la choza, dejándoles fuera. Por fin pude estar a solas con Aelis, aunque la conversación fue breve, sabiendo que había dos hombres cerca pendientes de todo.
No había sido un día de gran actividad física, pero necesitaba algo de oscuridad y silencio. Además, quería aprovechar la mañana siguiente para seguir haciendo averiguaciones. Tendría lugar el entierro de Cristian. Yo debía estar despejado para prestar atención a las reacciones y detalles de los asistentes. Así pues, nos fuimos temprano a dormir. Por desgracia, no descansaría mucho. En mitad de la noche, campanas de alarma interrumpieron mi sueño.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





