En víspera del funeral, la plaza frente a palacio fue el lugar elegido para un amplio velatorio. Aquello no sólo era la conmemoración de los caídos, también un festejo por la victoria alcanzada y el fin de la guerra. Según se comentaba, Villesainte no había vivido un evento de semejante magnitud desde la boda del Conde con su difunta esposa. Había cerdo asado, vino de Borgoña y música. Aelis y yo pudimos acudir con cierta tranquilidad, sin sentirnos observados, pues nadie se había encargado de suplir a mi última escolta. Pese al esfuerzo de todos por que el festejo resultara tan alegre como pudiera ser, el hedor a muerte estaba presente para recordarnos el precio que habíamos pagado. Por fortuna, el viento soplaba hacia el Este, por lo que no nos llegaba también el olor de la fosa ardiente, siendo arrastrado en dirección contraria, hacia el castillo de Covenant. Si no envenenaba los pulmones de los siervos de nuestro difunto enemigo, serviría para desmoralizarlos.
En la plaza atisbé a Vaughan y sus hombres brindando por su compañero caído. Al verme, mi amigo me entregó una copa. Chocó la suya con la mía y me indicó dónde se encontraba Lucio Vargas entre los asistentes. No obstante, para una vez que lo tenía a mi disposición, consideré que no era momento adecuado para interrogarlo, pues acababa de enterarme de que su escudero caído era, además, hijo de su hermana. Tras saberlo, entendí lo afligido que podía estar, de modo que me dirigí al hispano limitándome a darle el pésame y a citarle tras el funeral, cuando hubiera podido llorar a su sobrino, en la parroquia del padre Evelio. Pese a que temía algún reproche por su parte, pues fui yo quien insistió en que tanto él como Tadeo me acompañaran en la batalla, el trato fue todo lo cordial que cabía esperar, dadas las circunstancias. No puso objeción a nuestro encuentro del día siguiente. Incluso me felicitó por la victoria, como tantos otros hicieron esa noche.
Lejos del concepto que algunos parecían tener de mí días atrás, todos me consideraban un héroe. Ciertamente, el panorama había cambiado desde entonces. Tanto, que incluso tuve la idea de dirigirme al Conde y repetirle las últimas palabras que había pronunciado Covenant, con la intención de que se replanteara la responsabilidad que se me atribuía sobre las muertes del pasado domingo. Pero el cardenal Baptiste no se separaba de él ni un instante. Seguramente, aprovecharía la celebración para ponerle al corriente sobre las indiscreciones de Beldar, quien, dicho sea de paso, me dijeron que había estado presente durante la apertura del festejo, ausentándose poco después. Podía imaginarme con quién se encontraba celebrando la victoria en privado.
Su padre el Conde también celebraba a su manera. Observé la rapidez con la que bebía una copa tras otra, y supuse que en algún momento tendría que ir a hacer sus necesidades, para lo cual el cardenal no tendría más remedio que respetar su intimidad. Dado su estado, consideré que abordar a mi señor no sería fructífero esa noche. No así a Baptiste, quien parecía tener intenciones ocultas. Hice rellenar mi copa de vino unas cuantas veces mientras esperaba la ocasión. Cuando al fin la hallé, dejé a Aelis con sus amigas y los hombres de Vaughan, los cuales intentaban en vano cortejar a Gilsa y Otilia, para dirigirme al cardenal, quien me saludó con su falsa calidez cuando vio que me aproximaba.
– Capitán Van Croff. Hoy debo ser yo quien os felicite a vos por vuestra heroica hazaña. Y también por vuestro ascenso. Ha llegado hasta mis oídos que ahora sois el preferido del Conde para sustituir a Beldar como general, una vez este haya abandonado su cargo para dedicarse a las tareas propias de un heredero del título. Todo esto resulta conveniente.
– Resultaría, si no acabo ejecutado en de tres días. Llevo desde el domingo conviviendo con esa amenaza y, hasta donde sé, aún se cierne sobre mí. Ese ascenso al que nunca aspiré y del que no tenía noticia, ¿es algo que os convenga de alguna forma o lo ha decidido el Conde al margen de vuestra influencia?
– No os entiendo.
– ¿Qué tramáis, cardenal? Desde que llegasteis a Villesainte no habéis hecho más que envenenar el oído de nuestro gobernante. Es obvio que, positiva o negativamente, los últimos acontecimientos han afectado a vuestro propósito.
– Para ser pagano, habéis bebido suficiente sangre de Cristo, ¿no os parece?
– ¡De ningún modo! – exclamó el Conde Cristian a nuestra espalda – En una noche como esta es imposible beber suficiente.
Su habla se retorcía como un pez recién capturado. Al ver que era conmigo con quien conversaba el cardenal, me miró con ojos de alegría y tristeza por igual.
– Ah, Van Croff… Últimamente has estado muy presente en mis pensamientos. He llegado a la conclusión de que creo en ti. Realmente espero que seas inocente. Incluso he dado orden de que te dejen descansar el día de hoy. Era lo menos que podía hacer tras habernos librado al fin de nuestro enemigo.
– Os lo agradezco, mi señor. Tan sólo cumplía con mi deber.
– Pero si no eres el asesino de mi hijo, estás tardando demasiado en decirme quién lo mató, y eso no me gusta.
– Mi señor, precisamente quería comentaros…
– ¿De quién sospechas? – preguntó alzando la voz – ¿De Covenant? ¿De Vargas? ¡Habla de una vez!
– Aún no creo que sea certero mencionar a nadie, pues hasta el momento sólo tengo conjeturas. Pero os contaré una cosa. Lo último que dijo nuestro enemigo fue que sometería a Villesainte y nos empujaría a matarnos unos a otros. Que así fue como se deshizo del heredero. Esas fueron sus palabras, lo que me lleva a pensar que embaucó a alguien para que cometiera los crímenes. Alguien que aún se encuentra entre nosotros.
El Conde pareció calmarse y reflexionar, mientras se mordía el labio y paladeaba.
– Así que eso dijo. Dudo mucho que ese alguien sea uno de nosotros tres. Si Covenant tenía aquí un enemigo mayor que tú y que yo, sin duda es el cardenal Baptiste – se dirigió a este –. Creo que ya es tiempo de que lo sepa.
– ¿Qué debo saber? – pregunté, aun a riesgo de que el clérigo encontrara mi ignorancia motivo de crítica o de mofa. Pese a mostrarse traicionado por el Conde y acorralado por mí, empezó a hablar con resignación.
– La importancia de la abadía de Saint Benoît reside en ser la primera de muchas con una misión muy específica: Maellus Maleficarum. Servir a Dios todopoderoso expulsando y exterminando a los demonios. Tanto los que toman posesión de los hombres como los que se mueven libremente por la tierra, así como a los siervos de Satanás. Y para ese propósito llevamos años contando con el apoyo de Villesainte, ciudad que pretendemos se convierta en nuestra capital.
– ¿A los demonios? Entonces, ¿es cierto que Covenant era un draugr?
– Nadie sabe lo que era, pero su alma estaba corrompida por una maldad antinatural. Debemos asegurarnos de que no haya más como él.
– ¿Me estáis diciendo que si Covenant hostigaba a esta ciudad no era por conquistar sus tierras, sino porque nos consideraba su enemigo? Son muchos los que han muerto por culpa de esa abadía y por la vuestra, cardenal.
– Os equivocáis. Nuestro enemigo la emprendió contra Villesainte mucho antes de mi llegada, pero no hallamos forma de hacerle salir de la protección de su castillo, donde era demasiado poderoso. Al menos la guerra le mantenía ocupado mientras buscábamos una solución. De no ser así, habría secuestrando y torturando a muchos más inocentes de la zona. Podría haber reunido a un ejército lo suficientemente numeroso para acabar tomando la capital y extendiendo su mal por todo el país.
– Un mal del que no sabéis nada, si es que realmente existe. ¡Ridículo!
– Vos lo habéis visto cara a cara y habéis logrado acabar con él. No debió ser tarea fácil, ¿me equivoco?
No contesté a Baptiste, aunque ambos conocíamos la respuesta. Él continuó hablando.
– Y en relación a lo que me preguntabais sobre vuestro ascenso: es deseo directo del Conde, en efecto, pero tampoco está reñido con mis intereses. Vuestra experiencia podría resultar muy útil para la causa. Soy consciente de que hasta hace no mucho hemos tenido diferencias, pero tal vez, ahora que la guerra ha terminado, queráis uniros como fuerza militar. Si de verdad sois inocente, claro.
– Lo soy y lo demostraré. Y si el lunes mi cabeza no está clavada en una lanza, haciendo compañía a la que yo mismo coloqué esta mañana a las puertas de la ciudad, es posible que considere vuestra oferta. Hasta entonces, tengo cosas más apremiantes en las que pensar.
Me despedí del Conde respetuosamente y les di la espalda para regresar con Aelis. El cardenal me siguió, esa vez no había dado la conversación por terminada. Me posó la mano sobre un hombro. Mi primer impulso fue el de rechazarlo, pero me contuve. Quería verle desesperado, suplicándome sin éxito. Pronto me arrepentiría de haber oído sus palabras.
– Capitán, insisto en que no empezamos con buen pie y comprendo los motivos por los que os cuesta confiar en mí. Pero creedme cuando os digo que no soy vuestro enemigo. Hace unos días me hablasteis de vuestras sospechabais sobre el hispano. En agradecimiento por esa muestra de confianza, os obsequiaré con mi teoría. Algo que es muy posible que no os hayáis planteado hasta ahora. Si bien es cierto que Vargas podría estar interesado en que acabara esta guerra, fuera quien fuera su vencedor, no tiene por qué ser el único que piense de tal forma. La desventaja de contar con mercenarios es que en cualquier momento pueden ser comprados por otro, y a lo largo de esta guerra ha habido infinidad de ocasiones para ello.
La furia tensó todo mi cuerpo al comprender lo que me decía. ¿Cómo osaba ese malnacido apuntar hacia Vaughan como sospechoso? Él jamás me hubiera traicionado, y mucho menos de aquella forma. Pero, al mismo tiempo, también sentí furia contra mí mismo, por no haber detenido la conversación cuando pude, y por permitir que un pensamiento miserable me abrasara por dentro. ¿Y si el cardenal estaba en lo cierto? ¿Y si todo había sido orquestado por Vaughan?
Desde la distancia vi a Aelis junto a él, hablando con Eduardo. Seguramente, dándole sus condolencias por la muerte de Ludovico. Hermosa, valiente y de buen corazón. Ella podía ser un motivo por el que Vaughan hubiera decidido incriminarme a mí. No contaría con la decisión que tomó el Conde, pensando que me ejecutarían de inmediato al saberse que la cabeza de Cristian estaba en mi establo. En ese caso, yo mismo le habría pedido que me prometiera cuidar de ella, y así lo habría hecho. Eso podía explicar la falta de preocupación que había manifestado en todo momento. No para evitar que le viese alterado y contagiarme su inquietud, sino porque dicha inquietud no era tal. Y tal vez, de ahí venia su insistencia en señalar a Beldar como culpable. Quería que, al exponer mi conclusión al Conde, este no la aceptase y prefiriera ejecutarme a mí. Pero, ¿quién podía haber ofrecido tanto oro a Vaughan como para que nos traicionara de esa forma? Con toda probabilidad, el rey de Aragón a través de Lucio Vargas. O peor aún, el propio Covenant. Quizá Vaughan envió a Ludovico durante la batalla para que acabara con el Barón y así silenciarlo cuando estaba a punto de revelarme su secreto.
Algo dentro de mí murió ahogado bajo esa avalancha de pensamientos. Tenía que interrogar al que hasta ese momento había considerado mi amigo más leal, poco menos que un hermano, para estar seguro de que no me hubiera traicionado.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





