Las recientes tribulaciones me habían llevado a descuidar cosas importantes. Había mostrado en todo momento preocupación por la seguridad de Aelis, pero no por cómo se sentía. Cuando esa larga semana hubiera terminado, si todo se resolvía de forma satisfactoria, ningún peligro nos seguiría perturbando. Ninguna guerra. Ninguna condena a muerte. Sólo estaríamos ella, yo y el tiempo que nos quedara por delante. El padre Evelio tenía razón cuando dijo que la juventud no se perdía con la edad. Podríamos vivir como un matrimonio corriente, aun sin serlo. O incluso casarnos en secreto, a espaldas de Baptiste, y criar hijos sin miedo a perderlos en un ataque de Coventant. Todo eso compartí con Aelis mientras desayunábamos, cuando volví a disculparme por mi actitud de la noche anterior. Me alivió descubrir que esa vez no ponía condiciones para perdonarme. Fue una buena forma de empezar un día que, esperaba, resultara de provecho.
Tendría un encuentro de gran utilidad. Exponerle mis dilemas e inquietudes a Evelio me ayudaría a compartir esa pesada carga. Como siempre, me daría su sabio consejo, del que también estaba necesitado. Por otra parte, al fin podría hablar con Lucio Vargas. No me serviría de mucho, pues ya había desenmascarado a Vaughan, pero tal vez pudiera revelarme algún detalle que desconociera. Le preguntaría si la noche del sábado, cuando él y su sobrino se acercaron a la posada buscando alojamiento, encontró allí algo inusual. Pero aún faltaba un buen rato, de modo que intenté darme un descanso de todos esos asuntos. Ayudé a Aelis a recolectar hortalizas del huerto, pues el viernes era día de mercado en Villesainte y pensaba vender algunas de ellas, como cualquier otra semana. Aunque si por algo era conocida Aelis era por los frutos de su manzano, plantado años atrás en la parte trasera de la choza. Fue justamente ahí, junto al árbol, donde nos conocimos. Ella me sorprendió a punto de robar uno de sus frutos. Yo tenía diecisiete años, ella quince. Cuando vi a aquella muchacha de pelo dorado me olvidé por completo de las manzanas. Le dediqué los pocos elogios que conocía en su idioma. Ella intentó esquivarlos, poniendo en duda la salud de mis ojos. Al interpretar que mi interés no era correspondido, desistí y me despedí de ella. Entonces me detuvo y arrancó una de las manzanas de su padre, aun sabiendo que este la reprendería por ello, para entregármela como obsequio en agradecimiento por mis torpes halagos. Jamás había probado un sabor semejante. Desde entonces, cada vez que volvía a sentirlo en mi boca recordaba ese momento. Una anécdota que nos ayudaba a vender las manzanas en el mercado, que solíamos anunciar con el título de «fruto del amor».
A lomos de Glissant, transportamos la mercancía hasta la calle donde se instalaba el mercado. Mis escoltas se limitaron a mirar a pesar de vernos apurados. Habíamos llegado tarde y los mejores sitios estaban ya cogidos, de modo que tuvimos que alojar el puesto de manzanas y verduras en un extremo poco visible. Al menos allí se encontraría más segura y distraída que en la soledad de la choza, pues ni contábamos con la protección de los hombres de Vaughan, ni yo la deseaba. Habiendo gente cerca, Aelis no tendría más que gritar para que acudieran en su ayuda. Me despedí de ella con un cálido beso y, aunque era demasiado pronto para empezar siquiera a esperar a Vargas, me dirigí con mis escoltas a la capilla del padre Evelio. Así tendría tiempo para conversar con mi viejo maestro sin miedo a ser interrumpidos. Ya buscaría la forma de esquivar los oídos no deseados. Cuando llegara el hispano, podía simular que nuestro encuentro allí era fortuito.
Antes incluso de atravesar el portón, saludé al padre Evelio para ponerle sobre aviso de mi presencia, pero no recibí respuesta. Cuando eché un vistazo al interior, confirmé que algo iba mal. Había un cuerpo tendido en el suelo. No podía tratarse de uno de los caídos en la batalla que hubieran dejado allí olvidado, enterrando a todos sus compañeros menos a él. Además de que tal descuido resultara impensable, el cadáver era mucho más reciente. Su sangre estaba aún fresca, esparcida por el suelo, esperando convertirse en un repugnante estanque para las moscas. Al acercarme un poco más, descubrí que al cuerpo le faltaba la cabeza. No obstante, por sus dimensiones y la ropa que vestía, sabía perfectamente de quién se trataba. Era el padre Evelio quien yacía muerto.
Debió haber sucedido justo antes de que llegáramos. De inmediato, los guardias y yo registramos la estancia. No había ninguna huella en el suelo de piedra, nada que delatara al responsable de aquella atrocidad. Si se trataba de Vaughan, su crueldad había llegado demasiado lejos. ¿Qué daño podía haber hecho esa víctima a él o a quien fuera? Su cabeza había sido cortada de un solo tajo, igual que la de Cristian. Del mismo modo, el ejecutor se había llevado la parte amputada, seguramente para incriminar a alguien inocente. A mí.
Me volví hacia mis escoltas.
– Sois testigos de que no he podido ser yo. Si vamos a mi choza y encontramos allí la cabeza, declararéis que alguien comete crímenes pretendiendo hacerme responsable de ellos.
Los guardias estaban tan horrorizados que no articularon palabra, sólo asintieron estúpidamente. Al menos, esa vez contaba con quien pudiera respaldar mi inocencia. Uno de los soldados corrió a dar el aviso, el otro permaneció conmigo. Examinamos más detenidamente el cadáver. Nada en las manos, ni siquiera un leño. Ninguna improvisada arma con la que oponer resistencia a su atacante. Estuvo completamente indefenso en el momento de su muerte. Un crimen atroz al que, por mucho que lo intentaba, no conseguía encontrarle sentido.
El soldado que se había ido regresó con refuerzos.
– Ha aparecido la cabeza – informó uno de sus compañeros.
– ¿Dónde? – le pregunté. Me miró sin contestar. Tuve que repetir furioso la pregunta.
– En el mercado.
– ¡Aparta! – exclamé mientras, de un empujón, le hacía a un lado y me apresuraba a salir de la capilla. Mientras corría por la calle pude oír el clamor de la muchedumbre. «Bruja», gritaban. No quería ni imaginar de quién se trataba, pero lo hice, y no tardé en descubrir que mis temores eran ciertos. Cuando llegué, vi a dos soldados llevándose a Aelis a la fuerza mientras ella se retorcía y clamaba su inocencia. Dos hombres no eran nada, incluso sin estar yo armado. Podía correr hacia ellos, derribar a uno, quitarle la espada y matar al otro si no soltaba la suya. Después correríamos hacia el puesto, donde estaba atado Glissant. Atacaría al soldado que sostenía la cabeza del padre Evelio, recién extraída de la cesta de manzanas. Estaría distraído observando el fruto del amor mancillado con sangre, y no tendría tiempo ni para desenvainar. Entonces Aelis y yo montaríamos en el caballo y huiríamos tan lejos como sus fuerzas nos permitieran. Hasta Götaland si hacía falta, o hasta los dominios de Hel. Ese fue el plan que tracé a toda prisa cuando la vi en apuros, pero no pude ejecutarlo.
Oí unos pasos rápidos a mi espalda. No parecían de mis escoltas, aunque seguramente estos me habían seguido. Antes de que pudiera girarme, alguien me atacó y me golpeó en la cabeza con algo duro, posiblemente la empuñadura de su espada, dejándome a mí sin sentido y a Aelis a merced de aquellos hombres.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





