Aelis me alertó sobresaltada, pero yo ya estaba despierto. Esa noche solo había conseguido dormir un par de instantes. Incluso tuve la extraña sensación de que todo había sido un sueño. Que Cristian y Hereward seguían vivos y yo no había sido acusado de sus muertes. Pero tuve que volver a la realidad cuando sonaron las campanas de las torres de vigilancia. Empuñé mi Slicer y salí de la choza, encontrando firmes a los dos guardias. Les ordené que desataran los caballos, pero me instaron a calmarme. Decían que no se trataba de un ataque y parecía cierto. A pesar de las campanadas, no se percibía el habitual ajetreo que solía indicar cuándo se aproximaban las tropas de Covenant, sólo había unos pocos soldados en actitud de búsqueda. Uno de ellos cabalgó a toda prisa hacia nosotros.
– ¿Ha estado vigilado todo el tiempo? – preguntó a mis escoltas.
– No se ha movido de aquí. ¿Qué sucede?
– Han atacado al General durante el velatorio de su hermano.
Por mi parte, tenía motivos para sentir alivio al escuchar esa mala noticia. De haberse tratado de otra batalla contra el Barón, tal vez no se me habría permitido luchar. Además, si el ataque a Beldar había tenido lugar durante el velatorio, habría sido presenciado por más personas que podrían dar testimonio de mi inocencia. Pero aquello iba mucho más allá de mis intereses. En el mismo día en que el Conde había perdido a un hijo, le habían estado a punto de matar también al otro. Si era Covenant quien estaba detrás de todo, se había vuelto más certero que nunca. La ciudad entera corría peligro.
Pese a la mirada de desaprobación de los guardias, Aelis y yo montamos sobre Glissant para acudir rápidamente a la ciudad. Cuando avisaban de un ataque solíamos dirigirnos a la casa de Gilsa y Otilia, las dos mujeres acusadas falsamente de brujería por el cardenal Baptiste. La dejaba con ellas y yo partía para cumplir con mis obligaciones como capitán. Aunque la situación de esa noche era diferente, seguimos el mismo proceder. Tras asegurarme de que Aelis estaría bien con sus amigas, fui a palacio con mis escoltas para averiguar lo que había sucedido. Al llegar encontré a Beldar consciente, sin apenas inmutarse mientras una sirvienta le limpiaba la herida. Afortunadamente, no parecía grave. Siendo un hombre fuerte, tardaría poco en recuperarse. Parecía más dolido en el orgullo. Según me contó el padre Evelio, el General había sido apuñalado por la espalda mientras se despedía del cuerpo de su hermano. El responsable era uno de nuestros soldados, que fingía aproximarse para presentar también sus respetos. Al parecer, el cardenal Baptiste advirtió que el hombre portaba un puñal y alertó a la víctima, quien esquivó el golpe lo suficiente para recibirlo en el hombro izquierdo en lugar de en mitad de la espalda, como parecía ser la intención del atacante. Después, y sin que me quedara claro cómo, pues estaba rodeado, el frustrado asesino consiguió escapar. Fue por ello que hicieron sonar las alarmas que despertaron a toda la ciudad.
El propio General ratificó lo que decía el padre Evelio mientras la sirvienta terminaba de colocarle el vendaje. Me contó, además, que el soldado que intentó asesinarle era uno de los hombres caídos en una infructuosa misión de tomar el castillo de Covenant, por lo que se le había dado por muerto. No pudimos seguir hablando de ello, pues el Conde pidió a Beldar que se retirase a sus aposentos para descansar. Parecía que la pérdida de su primogénito había llevado al padre a redescubrir el amor, o al menos la preocupación, por su segundo hijo.
Era probable que el hombre que había intentado matar a Beldar fuera el mismo que asesinó a Cristian. Había sido enviado por el Barón, sin duda, por lo que tendría la mente tan perturbada como su nuevo amo. Arrancarle una confesión para demostrar mi inocencia iba a ser más que difícil. Aun así, no debía decantarme todavía por una sola posibilidad.
A la mañana siguiente, tras la sentida misa, el cuerpo del difunto fue llevado en cortejo al panteón familiar para que descansara junto a su madre. A pesar de su reciente herida, Beldar fue uno de los cuatro hombres que cargaron con el féretro. Yo también quise ayudar, en parte para disipar en lo posible las sospechas que se cernían sobre mí. Junto con Vaughan y mis dos escoltas, portamos el ataúd de Hereward, a quien también se le dio digna sepultura, aunque de mucha menor relevancia. Posteriormente, en el banquete, me arrepentiría de haberme prestado a ello, pues durante la marcha divisé a Lucio Vargas y al su escudero Tadeo entre la multitud que seguía el cortejo. Pensé en interrogarles más tarde, pero no hubo otra ocasión en todo el día. No volví a ver al hispano y nadie sabía dónde localizarlo, ni siquiera su joven ayudante. Con este último sí pude tener unas palabras, aunque solo sirvieron para corroborar lo que me dijo Aelis que le habían contado sus amigas la noche anterior. El sábado, víspera de los crímenes, su señor y él quedaron sin hospedaje en la posada por culpa de los hombres de Vaughan, que habían destrozado la única habitación disponible. De modo que fueron a hablar con la hermana de Gilsa, Elfrida, una muchacha de la edad de Tadeo con la que entendí que este tenía cercanía. Tanto él como su señor fueron invitados a pasar la noche en casa de las mujeres. Vargas autorizó a su escudero a dormir allí, pero declinó la oferta de quedarse él, alegando que no quería causar molestia. Aunque ciertamente, el motivo debía ser otro. Cuando el caballero y su acompañante llegaron a la ciudad, no tenían intención de quedarse por mucho tiempo. Vargas decía haber oído hablar sobre los Doce de Vaughan y pretendía contratarlos, en representación de su señor Sancho Ramírez, para su lucha en la Reconquista. No obstante, sus planes acabaron torciéndose. Pese a que mi amigo estaba interesado en la misión que le ofrecía, no podría aceptarla hasta haber terminado la que tenía con el Conde. El hispano decidió, pues, permanecer allí a la espera. Poco a poco, fueron gastando el oro que portaban hasta que su cofre quedó vacío, volviéndose su condición claramente precaria. Por eso, no era de extrañar que fuera la incomodidad de verse aceptando caridad de unas plebeyas lo que hubiera llevado a Vargas a rechazarla. Tadeo ignoraba dónde había pernoctado su señor aquella noche, dejándome con un nuevo interrogante.
Hasta el momento, nada me había llevado a pensar que el hispano fuera un hombre malicioso o deshonesto, pero la desesperación podría haberle empujado a cambiar. De ser el asesino del heredero del Conde, él tenía una motivación que lo justificaba. Inclinar la balanza a favor de Covenant para poner fin a la guerra, pues la otra opción no parecía haberle dado resultado, de forma que los Doce de Vaughan estarían disponibles para ser contratados por él. En ese caso, era posible que incluso hubiera hecho un pacto con el propio Covenant y gozara de su protección, de ahí sus repentinas desapariciones.
Tras hablar con el joven, me dirigí hacia Vaughan para averiguar si había recibido alguna oferta extraña por parte de Vargas. Tal vez, este le hubiera preguntado cuál sería su proceder si finalmente el Conde perdiera la guerra. No obstante, en mi camino me crucé con el cardenal Baptiste, quien inesperadamente se dirigió a mí con mejores formas que la mañana anterior.
– Capitán. Quisiera hablar con vos un momento – me dijo posándome la mano en el pecho para detenerme.
– Conforme, cardenal. Decid – aunque no era de mi agrado, pensé que la conversación podría resultar reveladora.
– No puedo afirmar que esté convencido de vuestra inocencia, pero creo que me precipité al presionado al Conde en su veredicto. Me queda claro que, al menos, el ataque al General no fue cosa vuestra.
– Sé que sois un hombre astuto. Aprovecho de paso para felicitaros. Se comenta que si Beldar salvó la vida fue gracias a vos, y que tanto él como el Conde os están muy agradecidos. En cambio, otras cosas se os escapan, como el engaño perpetrado por el verdadero culpable.
– Hablando de ese posible culpable, ¿cómo avanza vuestra búsqueda? ¿Hay alguien a quien tengáis pensado señalar? Cuidad dónde ponéis el dedo.
Ya me lo figuraba. El usurero cardenal Baptiste jamás hacía algo que no desembocara en su propio beneficio, y al fin delató su verdadera intención. Quería provocarme para que hablara más de lo debido. Pero no iba a caer en su treta para sonsacarme.
– Hasta ahora, la opción que más considero es la de un hombre enviado por el Barón Covenant. El mismo que anoche atacó al General. Encontrarle a él es encontrar al asesino de Cristian.
– Estoy en desacuerdo con eso, pero coincido en vuestro deseo de atrapar al atacante. Si en algún momento necesitáis de mi ayuda en ese menester, no dudéis en contar con ella.
Expresé agradecimiento con la misma falsedad con la que él había formulado esa oferta, y reanudé mi camino hacia Vaughan. No quería dar a ese encuentro más importancia de la que merecía. Cuando por fin alcancé a mi amigo, le pregunté si había visto a Vargas o si este le había comentado algo inusual. Su respuesta en ambos casos fue negativa.
– Pero tengo algo importante – me dijo en voz baja –. Puedo arreglarte un encuentro con un hombre que, algunos años atrás, fue siervo de Covenant.
Me resultó imposible ocultar mi asombro. Él prosiguió.
– Hasta ahora hemos guardado su secreto por temor a que llegara a oídos del cardenal y éste ordenara su tortura y ejecución.
– ¿Cómo? ¿Lo tenéis aquí mismo, dentro de los muros? ¿Habéis pensado en los estragos que podría causar si escapa?
– Créeme, es inofensivo para la gente de esta ciudad.
– Has matado a muchos de esos salvajes, sabes cómo son. ¿Qué le hace a este diferente?
– Que ahora obedece a un nuevo amo, y ese soy yo.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





